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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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A lo largo de la comida servida solamente por Berquin, el oficial evocó para ella el largo viaje de tres semanas que, pasando por Lyon, le había llevado hasta la fortaleza piamontesa, situada en la salida del valle del Chisone, a mitad de camino entre Briançon y Turín. Una plaza fuerte convertida en prisión, en el fin del mundo, de la que era imposible evadirse, guardada como estaba no sólo por sus torres y murallas, sino además por una naturaleza tan magnífica como brutal. Habló de la mansedumbre y la resignación de aquel hombre cuya salud siempre había sido frágil y al que el calvario padecido había quebrantado; y cómo, compadecido por su tos tenaz, lo había envuelto en pieles para llevarlo al corazón de las montañas.

— Todos sus amigos, y en particular Madame de Sévigné, con la que he coincidido muchas veces en la casa de él o en la de Madame du Plessis-Belliére, elogian el excelente trato que siempre habéis tenido para con él -observó Sylvie.

— Las consignas eran ya lo bastante severas. Habría sido indigno de mí agravarlas, sobre todo con un hombre tan generoso. ¿Sabéis?, nunca me gustó el oficio de carcelero que me fue impuesto, pero habría preferido ponerle fin llevando a Fouquet a cualquier lugar de exilio, que habría sido menos cruel que ese torreón de Pignerol. Al menos los suyos habrían podido reunirse con él.

— ¿Y vuestra propia familia, querido amigo? ¿Qué es de ella? Madame d'Artagnan debe de estar contenta de recuperaros. Yo esperaba que ella os acompañara hoy…

El capitán vació despacio su copa y dirigió a su anfitriona una mirada meditativa.

— Madame d'Artagnan ha abandonado nuestro hôtel del Quai Malaquais y a vuestro servidor, y no hay esperanza de que vuelva -declaró escuetamente-. Se ha cansado de un marido al que no podía vigilar.

Sylvie no pudo contener la risa, porque la actitud burlona del mosquetero no inspiraba precisamente compasión, pero se excusó.

— Perdón… Pero ¿qué más vigilancia podía desear? Estabais tan preso como el propio Fouquet.

Una leve sonrisa se insinuó bajo el mostacho del oficial.

— A pesar de todo yo tenía derecho a ciertas comodidades… El caso es que mi mujer no quiere verme más y me ha dejado una carta de despedida antes de irse a su castillo de La Clayette con mis dos hijos pequeños. Por el momento no pueden pasar sin ella, pero espero que llegue el día en que me los devuelva: los chicos no están hechos para vivir pegados a las faldas de las mujeres.

En realidad, eso era lo que más le importaba. Por lo demás, Sylvie estaba convencida de que D'Artagnan ya no amaba a su santurrona esposa porque, aparte de que desde hacía mucho tiempo le profesaba a ella misma una admiración que no sabría decir si era puramente platónica, algunos asociaban el nombre del seductor capitán al de una Madame de Virteville muy compasiva con las penalidades de una separación forzosa. Abría ya la boca para expresar esa opinión, cuando él murmuró con la mirada perdida en un punto situado encima de los hombros de su anfitriona, como si leyera en la pared:

— Doy gracias a Dios por haberle inspirado la honradez de no llevarse el retrato que me ha valido tantas escenas penosas.

— ¿Un retrato? -preguntó Sylvie.

— El de la reina. No la actual, la mía… la de los herretes de diamantes. Me lo había dado en prueba de su agradecimiento, y Madame d'Artagnan se permitió la ridiculez de sentir celos. Nunca entendió que, para mí, aquella imagen rubia era tan sagrada como la de la Virgen María. La quitó de mi habitación para ponerla en la suya, y tuve que batallar mucho antes de conseguir que por lo menos la colgara en el gabinete de conversación… Ahora ha vuelto a su primitivo lugar.

Esta vez Sylvie no rió, e incluso dejó que se prolongara el silencio. En aquellas pocas palabras había adivinado el secreto de aquel hombre tan apasionadamente leal a sus reyes: como tantos otros, el joven D'Artagnan, cuando era aún cadete de Monsieur des Essarts, había sido cautivo de la radiante belleza de su soberana, y ya en la madurez seguía siéndolo aún. Nada significaba que se hubiera casado, que le hiciese la corte a ella, a Sylvie, ni que tuviese una querida. Llevaba en el corazón la cicatriz de una herida parecida a la sufrida tiempo atrás por el joven duque de Beaufort.

— ¿Sabéis?, creo que está gravemente enferma -murmuró Sylvie-. Los médicos la han declarado incurable.

La fugitiva crispación del rostro de su invitado, y el bufido de cólera que le siguió, confirmaron a Madame de Fontsomme lo que acababa de intuir.

— ¡Los médicos son idiotas! El difunto rey Luis XIII lo sabía muy bien. ¿De qué está enferma?

— Su pecho se gangrena, y sufre mil muertes con un ánimo admirable. El rey y Monsieur se turnan en su cabecera. A veces el rey ha dormido sobre la alfombra de su alcoba. Se siente tan desolada al verles en ese estado, que tiene intención de retirarse pronto al Val-de-Grâce. Únicamente la acompañarán Madame de Motteville y su camarera Madame de Beauvais, con el abate de Montagu, su confesor…

— ¿La Beauvais sigue ahí?

— ¡Oh, sí! A mí, como a vos, no me gusta en absoluto, pero la justicia me obliga a reconocer su abnegación. Cuida las llagas que se le abren de una forma que a más de una le repugnaría, y si la reina le ha dado mucho, hay que convenir en que sabe agradecérselo.

Los dos amigos conversaron aún un rato, en particular del próximo regreso del duque de Beaufort. Cuando ya se despedía, D'Artagnan añadió:

— Me doy cuenta de que al hablaros de Fouquet, no os he dicho nada del gobernador de Pignerol.

— En efecto. ¿Lo conozco?

— Más que eso. Salvasteis su honor y por consiguiente su vida el día de las bodas reales.

La sorpresa elevó las cejas de Sylvie hasta la mitad de su frente.

— ¿Estáis hablando de Monsieur de Saint-Mars?

— Efectivamente. Ahora se ha convertido en carcelero.

— ¿Cómo ha sido eso?

— Un poco gracias a mí. Después de la aventura de Saint-Jean-de-Luz se mostró tan exacto, tan brillante incluso, en el servicio, que fue ascendido a brigadier. Estaba al frente del pelotón con el que arresté a Fouquet en Nantes. Pero después se casó, y deseaba abandonar el servicio por un cargo más estable.

— ¿Se casó? ¿Con la bella Maitena Etcheverry?

— ¡Dios mío, no! Aún no había hecho fortuna, y por eso lo recomendé para el gobierno de Pignerol. Es un buen cargo desde el punto de vista financiero.

— A pesar de todo, una fortaleza en plena montaña no es un lugar agradable para una mujer. Me imagino que vive sola en algún lugar más o menos cercano…

— ¡De ninguna manera! Está allí con él, y muy contenta de su suerte. Es una pareja muy unida, y muy bien instalada además.

— ¿Y ella se acostumbra a esa clase de vida?

— Pues sí. Es una mujer muy bonita que sólo se interesa por su marido y por los bienes materiales. No es muy inteligente… pero no se puede tener todo.

Los dos rieron de buena gana, y luego Sylvie, pensativa, murmuró:

— ¡Qué lástima que Fouquet esté incomunicado! La vista de una mujer bonita le habría consolado un poco.

— No creo que sea tan sensible a esa clase de estímulo como antes. Su desgracia le ha hecho cambiar mucho. Sólo aspira a volver a ver a los suyos, y se vuelve continuamente a Dios. No espera nada sino de Él… y de la clemencia del rey.

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