Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El Prisionero Enmascarado - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 103
Перейти на страницу:

— Motteville.

¿Quién, si no? No quedaba más remedio que volver al Louvre por un tiempo indeterminado. Con un suspiro de cansancio, Sylvie despidió al joven negro diciéndole que le seguiría, llamó a Pierrot para que hiciese preparar el coche, y finalmente se volvió hacia su hija.

— Si no estás obligada a volver muy pronto, quédate aquí como yo deseaba hacerlo. Te hará bien.

— ¡Oh, no tengo prisa! Madame está con sus inhalaciones, y se ha encerrado con su querida Madame de La Fayette [22] y con la princesa de Mónaco. En cuanto a las doncellas de honor que quedan, tienen propensión a irritarme.

Al hablar de las que «quedaban», Marie se refería a que había perdido a sus compañeras más queridas: Montalais, exiliada desde el asunto de la carta española, había regresado a las orillas del Loira; en cuanto a Tonnay-Charente, después de la muerte de su prometido, el marqués de Noirmoutiers, junto al duque d'Antin en uno de esos duelos estúpidos que parecían batallas en toda regla, se había casado por amor con el hermano del difunto duque, el marqués de Montespan, un bravo soldado más rico en antepasados que en caudales, y que llevaba junto a ella una vida apasionada pero difícil.

— Intentad que se quede esta noche, padrino -murmuró Sylvie mientras besaba a Perceval-. No me gusta mucho que ande por las calles después de la puesta del sol. Ni siquiera en coche.

El la tranquilizó con un apretón de mano, y ella salió sin ocuparse más de su hija. Ahora sabía a qué atenerse respecto a su extraño comportamiento, y cualquier intento de aproximación, dado el estado crítico en que se encontraba Marie, no haría más que agravar las cosas. Era preciso contentarse con confiar en la elocuencia y el tacto del querido Perceval.

En el Louvre, la situación era peor de lo que había temido. Pensaba encontrar a María Teresa presa de una de las numerosas indigestiones que le valían su abuso del chocolate y su gusto exagerado por los platos fuertemente especiados, y en efecto eso había ocurrido. El olor agrio que llenaba la habitación y las criadas ocupadas en limpiar las alfombras lo atestiguaban, pero además la reina, envuelta en sus cabellos sueltos, sus lágrimas y sus sábanas arrugadas, padecía una crisis nerviosa que Molina y su hija parecían incapaces de controlar. El cuerpo de la infeliz, con su vientre enorme que apuntaba al dosel del lecho cuando se arqueaba apoyándose en sus talones, sufría de sacudidas convulsivas que las mujeres presentes en la habitación miraban con espanto, mientras se santiguaban y murmuraban plegarias apresuradas. ¿Qué diría el rey si se revelaba que la reina estaba poseída por el demonio? ¡Ni siquiera se atrevían a llamar a los médicos!

Sylvie recordó un caso parecido, de una mujer cerca del término de su embarazo a la que una especie de curandero de los alrededores de Fontsomme había conseguido calmar. Ordenó a Molina que preparara un baño templado y enviara a buscar un poco de abrótano a un boticario para preparar una tisana; luego pidió a Madame de Motteville, que aún estaba allí y la había recibido con visible alivio, que hiciera salir de la alcoba a todos los que no tenían nada que hacer en ella, y colocara guardias en la puerta.

Durante la noche, la crisis cedió y la reina pudo reposar con tranquilidad; y también Sylvie, para la que se preparó una cama en una de las habitaciones de los aposentos reales. Allí se quedó, por lo demás, hasta el parto, porque la reina la reclamaba con unos lamentos que llegaban al alma si no la veía a su lado. Bien es cierto que en los días venideros habría de sufrir muchos dolores.

Al día siguiente, los médicos reunidos por el rey en torno a la cabecera de su mujer diagnosticaron doctamente una «fiebre terciana», cosa al alcance de cualquiera porque a simple vista la reina tenía temperatura alta; además, se quejaba de agudos dolores en las piernas. Le aplicaron entonces el gran remedio habitual, es decir, la sangría, con la liberalidad de costumbre. En pocos días, la pobre María Teresa se vio aligerada de una parte apreciable de su sangre española. Pronto tuvo grandes dolores en las piernas, y el partero François Boucher se mostró preocupado: «Temo que la reina no llegue hasta el término previsto, en la Navidad -confió al rey-. Sería mejor estar preparados para un parto prematuro.»Se tomaron de inmediato las disposiciones necesarias. Se bajó el lecho de operaciones que, siguiendo la costumbre, estaba colgado desde el comienzo del embarazo del techo de la habitación de respeto; se retiraron las fundas que lo protegían -sobre todo durante los desplazamientos, en los que nunca olvidaba llevarlo-, y fue colocado bajo una especie de tienda alrededor de la cual era posible circular para las necesidades del servicio sin molestar demasiado a la parturienta. Luego se instalaron los instrumentos de cirugía debajo de otro pabellón más pequeño. En el momento de la llegada de la criatura, se apartaban las cortinas a fin de que los príncipes, princesas y otros altos personajes reunidos en la amplia estancia no perdieran detalle del espectáculo y dieran testimonio, llegado el caso, de que no había habido sustitución del bebé.

Las precauciones habían sido prudentes: al amanecer del domingo 16 de noviembre la reina, que desde hacía varios días sufría contracciones episódicas, empezó a sentir intensos dolores. Fue llevada a la habitación de respeto, y el rey se reunió allí con la reina madre, que llevaba ya varios días pasando la mayor parte del tiempo a la cabecera de su nuera, olvidando sus propios dolores para intentar consolarla. Uno a uno, los miembros de la familia y los grandes del reino ocuparon su lugar junto a ellos. Finalmente, aproximadamente media hora antes del mediodía, María Teresa, destrozada por el dolor y la fatiga, exhaló un largo gemido y dio a luz una niña cuyo aspecto sorprendió a todo el mundo: era más pequeña que la mayoría de los bebés, cosa nada sorprendente porque llegaba con más de un mes de adelanto, y no tenía la habitual piel enrojecida, sino de un violeta casi negro que impresionó a los asistentes, y al rey más aún que a los otros.

— ¡Esta niña no respira! -declaró D'Aquin, el médico del rey, que se apoderó de ella y se la llevó a una estancia vecina donde estaba dispuesto un cojín delante del fuego para los primeros cuidados.

Con un dedo experto, liberó la nariz y la boca de los «humores viscosos y pegajosos» que las obstruían y luego, sujetando al bebé por los pies, palmeó las pequeñas nalgas hasta que dio su primer vagido. Pero una vez puesta de nuevo del derecho, siguió ofreciendo un color nada ortodoxo.

— No es nada -aseguró el médico al rey, que le había seguido-. Un efecto de la asfixia. La sangre privada de aire se ha ennegrecido. En unos días desaparecerá…

— Si vos lo decís…

A pesar del gran crédito que concedía a la medicina, el tono del rey no era precisamente amable, y D'Aquin apartó la vista para no ver el fulgor siniestro de la mirada de su amo. Sin embargo, se atuvo a su versión del suceso, y Luis XIV no insistió. Por lo demás, ni el uno ni el otro pensaban que una criatura así pudiera vivir mucho tiempo, y el mismo día su nodriza, acompañada por el padrino y la madrina -el príncipe de Condé y Madame-, la llevó a la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois, la parroquia real, para bautizarla con el nombre doble de Marie-Anne. Nunca se vio a un bebé recibir el agua lustral tan prodigiosamente envuelto: el capillo de encaje que ocultaba a medias su carita oscura y la penumbra de la iglesia disimularon bastante bien su extraño color, objeto ya de comentarios entre los más charlatanes de quienes habían asistido a la ceremonia. Se habló incluso de un «pequeño monstruo negro y peludo».

No hubo mucho tiempo que perder en conjeturas porque, poco después del parto, el estado de la reina inspiró la más viva inquietud. Volvieron a presentarse las convulsiones, hasta el punto de que el rey se instaló en la misma habitación de la que en el acto fue considerada moribunda, mandó distribuir dinero entre los pobres e hizo votos por el restablecimiento de una esposa tan dulce y amante. Al ver que se debilitaba cada vez más, ordenó que le trajeran el viático.

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 103
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)