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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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— Mucho habría de cambiar el rey… Habían llegado al vestíbulo, donde las lustrosas baldosas reflejaban las luces de los candelabros. D'Artagnan se llevaba a los labios la mano que le tendía su anfitriona, cuando las ruedas de una carroza quebraron el silencio de la calle y pusieron en movimiento al portero y los lacayos. El gran portal se abrió ante un vehículo manchado de barro y unos caballos espumeantes, hacia los que corrieron de inmediato los palafreneros.

— ¡Secadlos un poco y no hagáis nada más, sólo estoy de paso! -gritó una voz muy conocida.

François de Beaufort salió del vehículo empujando delante de él a un joven de pelo castaño al que Sylvie le costó reconocer, y en tres saltos subió la escalinata en que acababan de aparecer Madame de Fontsomme y su invitado.

— Os lo dejo dos días y vuelvo para llevármelo -clamó, como si tuviera intención de despertar a todo el barrio-. ¡Ah, Monsieur d'Artagnan! ¡Servidor! Es de buen augurio, y también un placer, que seáis vos la primera persona que encuentro en París. ¿Supongo que no habéis venido a arrestar a Madame de Fontsomme?

Y con una carcajada estentórea, apretó con vigor la mano del capitán.

— ¡Caramba, monseñor! ¡Qué fuerza… y qué voz! ¿Pensáis que os encontráis en medio de un tumulto?

— ¡No, perdonadme! Es la costumbre de vocear órdenes desde el puente de un navío y haga el tiempo que haga.

Se volvió hacia Sylvie, pero ella ni le oía ni le veía. Madre e hijo estaban estrechamente abrazados, demasiado emocionados para pronunciar una sola palabra. La alegría de Sylvie era tan fuerte que habría podido morir, pero morir feliz, y lágrimas silenciosas resbalaban por sus mejillas y humedecían la hombrera del atuendo azul que llevaba el muchacho. Los dos hombres les miraron un instante sin decir nada.

— Ahora es más alto que vos -observó en voz baja Beaufort.

Era la pura verdad. En tres años Philippe había crecido de una manera asombrosa. Ahora, apenas con dieciséis años, había alcanzado la estatura que ya anunciaba de niño; pero con la excepción del tamaño — ¡y también Jean de Fontsomme era un hombre alto!- y del brillo de sus ojos azules, nada podía recordar a su padre natural. El cabello moreno recorrido por mechas más claras, el corte triangular del rostro y la sonrisa eran los de su madre.

— ¡Qué muchacho tan guapo me habéis devuelto, François! -exclamó ella, al tiempo que extendía los brazos que lo sujetaban para verlo mejor.

— ¡Pero si no os lo devuelvo, querida! Tan sólo os lo presto, porque salimos pasado mañana para Tolón, donde tengo que reparar mis navíos para la próxima campaña.

— ¿Todo este camino para tan poco tiempo?

Él la miró al fondo de los ojos, y en esa única mirada puso todo su amor.

— Un instante de felicidad puede ayudar a vivir la eternidad -dijo-. Y yo tengo que ir a ver a ese patán de Colbert, que pretende quitarme la marina por culpa de ese feo asunto de Djigelli, donde fui desobedecido sin duda por culpa del espía que él hizo embarcar conmigo. Querría convertirme en un… gobernador de Guyena, ¡un hombre de tierra adentro! -escupió las palabras de un modo que reflejaba todo el desprecio del marino por esa clase de función sedentaria-. Pero yo quiero ver al rey. Fue él quien me dio el mando, y no ese Colbert a quien Dios maldiga. ¡Y conseguiré que me lo confirme! ¡Hasta la vista, capitán! Querida Sylvie…

Antes de que ella pudiera articular una palabra para retenerlo, había rozado su mejilla con el mostacho, subido a la carroza y gritado «¡En marcha!». En un instante el patio se vació, porque D'Artagnan había saltado sobre su caballo para seguir a Beaufort. Sylvie quiso entonces llevarse a su hijo, pero él estaba ya entre los brazos de Jeannette, de los que únicamente salió para encontrarse frente a la totalidad de los criados de la casa, apresuradamente reunidos por un Berquin que resoplaba tanto que su habitual majestad se resentía. Se adelantó entonces hacia su joven amo.

— Las gentes del señor duque consideran un honor saludarle con una inmensa alegría. ¡Es un gran día… o mejor una gran noche la que le devuelve a su hogar!

Casi tan emocionado como él, Philippe le estrechó las manos, abrazó a Javotte y tuvo una palabra amable para cada una de aquellas personas, casi todas las cuales le conocían desde siempre.

— Ahora -dijo con una amplia sonrisa-, me gustaría comer algo y sobre todo beber un poco de buen vino. ¡La última vez que cambiamos caballos fue en Melun, y estoy helado!

Se apresuraron a servirle. Aquella noche, Sylvie no durmió. Mucho después de convencer a Philippe de que fuera a descansar un poco a la habitación preparada para él desde hacía varias semanas y en la que sólo hubo que encender el fuego de la chimenea y las velas, siguió acurrucada con Jeannette frente al fuego de su propia alcoba, charlando con esa amiga de toda la vida, sobre las impresiones que les había dejado la vuelta del niño al que ambas tanto querían. A las dos les asombró el cambio físico, porque en su corazón Philippe seguía siendo el niño confiado un día al único hombre que podía protegerlo de forma eficaz del peligro mortal representado por Saint-Rémy. Y ahora habían encontrado a un joven con una voz distinta, y en cuyo labio superior una leve sombra anunciaba ya el bigote.

— Muy pronto será un hombre -suspiró Jeannette-, y no le hemos visto crecer…

— Es verdad. En sus cartas, el abate de Résigny -había tenido que quedarse en Tolón por culpa de un doble esguince padecido al desembarcar- hablaba de su inteligencia y sus grandes progresos, sin contar todas las alabanzas dedicadas al duque François, «que era como un padre para él», pero nunca había mencionado los cambios en su persona, salvo para decir simplemente que crecía.

— ¡No es tan extraño! Estando a su lado día a día, no le ha visto cambiar. ¡Muy pronto alguna bella señorita se nos llevará a nuestro duquesito!

— ¿Una mujer? Sí, claro, algún día… pero algo mucho más fuerte que alguna cara bonita nos lo ha quitado ya, y también se lo quitará a la que él elija. Es el mar… ¡por no hablar del gusto por las batallas!

Iba a añadir «igual que a su padre» y a duras penas consiguió contenerse, como si Jeannette no supiera nada, pero el silencio es siempre la mejor tumba para un secreto. Sin embargo, nunca había imaginado que iban a entenderse tan bien, a coincidir hasta ese punto en sus gustos. Para Philippe, Beaufort encarnaba a la vez al padre que no había conocido y al héroe que todos los niños llevan en su interior. Hacía un momento, mientras devoraba la cena improvisada que le habían servido, respondía a las preguntas de su madre, por supuesto, pero la sombra de François aparecía en casi todas sus respuestas, hasta el punto de que Sylvie no pudo evitar preguntarle:

— Le quieres, ¿verdad? Y no me preguntes a quién. Hablo de monseñor François.

¡Qué sonrisa radiante! Fue la mejor de las respuestas, y Philippe era aún demasiado joven para haber aprendido a disimular.

— ¿Tanto se nota? ¡Es verdad que le quiero! Y le admiro, porque es un hombre excepcional, por su valor y su generosidad. Y además, con él al menos podía hablar de vos. Me ha contado muchas cosas de la época en que los dos erais niños. Pero ¿cómo es que no os casasteis con él?

— Si te ha contado tantas cosas, deberías saber que yo era de una nobleza demasiado pequeña para un príncipe de sangre, aunque venga de una línea bastarda. Los Vendôme se casan con princesas.

— Pero la duquesa de Mercoeur, su difunta nuera, no lo era, me parece…

— Era la sobrina de Mazarino, y Mazarino era un ministro todopoderoso. Lo uno compensaba lo otro. Y además nosotros nos teníamos una amistad… fraterna. ¡Y luego conocí a tu padre!

— También me ha hablado de eso, pero no tanto como de vos. Estoy convencido de que os quiere infinitamente. Yo diría que más que a una hermana.

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