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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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— Tenía razón. Pero a esos hombres que querían matarlo, ¿quién les enviaba?

— ¿Quién quieres que sea? ¿Quién, en todo el reino, puede sospechar que haya colaborado en una descendencia más bien extraña?

— ¿El rey?

— Quizá no directamente, pero con toda seguridad Colbert, que parece decidido a convertirse en su ángel malo. Es más despiadado aún que su amo. ¡Y no es poco! -gruñó Perceval, que no perdonaba a Luis XIV el arresto de su amigo Fouquet.

— Pero, la reina no ha podido… ¡Oh, padrino, apostaría mi salvación por su honestidad!

— Y tendrías razón. Ni siquiera sabe que Nabo la violó, y la sorpresa causada por el nacimiento ha tenido que ser tan fuerte para ella como para los demás.

— ¿Cómo es posible?

— ¡Oh, es muy sencillo! Este infeliz está enamorado de ella desde que Beaufort lo regaló, y sabes tan bien como yo que a ella le gustaba jugar con él y oírle cantar. Para ella, no era mucho más que un objeto. Por las noches, él solía esconderse debajo de su cama para verla dormir…

— Pero el rey duerme con su mujer todas las noches… o casi.

— Casi, y muchas veces se acuesta muy tarde, desde que La Vallière le tiene cautivo de sus encantos. Una noche, cuando Nabo salía de su escondite para entregarse a su placer favorito, la reina se despertó de pronto y lo vio inclinado sobre su cama. Se llevó un susto tan grande que ni siquiera gritó, y perdió el sentido. Entonces él se aprovechó. ¡Tan sencillo como eso!

— ¡Dios mío! ¿Cómo imaginar una cosa así de un chico tan joven? Si aún es casi un niño…

— ¡No exageremos! A su edad los apetitos de los hombres ya se han despertado, sobre todo en los negros. Y además estaba enamorado… Ahora, dejémosle dormir.

— Me gustaría hacer otro tanto -suspiró Sylvie-, pero me pregunto si lo conseguiré.

— Intenta no pensar en Nabo durante unas horas. Está en mi casa y es mi problema, no el tuyo. Mañana decidiremos lo que conviene hacer.

— Lo más sencillo sería devolvérselo a François de Beaufort, porque según el rey muy pronto estará de vuelta; pero me temo que eso sería agravar su caso. El rey está irritado con él por haber regalado a Nabo a la reina.

El rostro fatigado de Perceval se iluminó.

— ¡Vaya una buena noticia! ¿Vamos a volver a ver a nuestro Philippe? ¡Dios sea alabado!

— Sabía que os haría tan feliz como a mí, y por eso únicamente quiero pensar en ese regreso tan esperado. En cuanto a este pobre muchacho, creo que lo mejor será enviarlo a Fontsomme escondido en un coche, para que Corentin se haga cargo de él. Sin duda sabrá hacer lo más conveniente, dentro de unos días, cuando sea posible el viaje. Hasta entonces tendremos que mantener cerrada con llave esta puerta.

— No temas. Sólo Nicole y yo entraremos.

Al día siguiente de la expedición de Sylvie, la corte vistió de luto por la princesa Marie-Anne, víctima de una «sangre viciada», que fue enterrada con toda solemnidad después de ser colocada en su ataúd con una notable discreción. Por fin, el 20 de diciembre concluyó el interminable proceso de Nicolas Fouquet, con una nueva manifestación del odio del rey. El tribunal soberano le había Condenado al exilio, pero Luis XIV, furioso al verse privado del placer de ver caer su cabeza, no dudó en agravar la sentencia y ordenar cadena perpetua para el ex superintendente. ¡Tenía que consolar a Colbert y a sus dos ayudantes, Le Tellier y su hijo Louvois, por no haber conseguido la condena a muerte!

En efecto, de los veintidós jueces que componían el tribunal, tan sólo nueve habían votado en favor de la pena capital, y todos los demás se habían inclinado por la expulsión temporal o de por vida. La conciencia de los magistrados y la opinión pública -que se había volcado totalmente en favor de Fouquet- habían sido más fuertes que el odio del rey. Un odio que se convirtió en rencor tenaz hacia los jueces que se habían negado a complacerle. Todos lo pagaron de una u otra forma, pero el peor librado fue el íntegro Olivier d'Ormesson, juez y ponente del proceso, que fue quien descubrió pruebas falsas en el acta de acusación y con ello salvó la vida del acusado. Fue Condenado a un retiro prematuro, al negársele el acceso a todas las plazas e incluso la sucesión de su padre en el cargo de consejero de Estado, que le había sido prometido. Ese cargo fue dado al obediente Poncet, que había votado la muerte.

Así ejercía la justicia el que se consideraba a sí mismo el rey más grande del mundo, pero cuyo orgullo era tan excesivo que nunca aprendió la virtud de la clemencia. En vano la anciana Madame Fouquet, que había salvado a la reina, fue a rogar arrodillada a sus pies que se respetara al menos la opinión del tribunal. Todo lo que consiguió -aunque no lo había pedido- fue la libertad de fijar su residencia donde mejor le pareciera: el resto de la familia, ya apartado de la corte, fue dispersado por las provincias, y a la esposa de Nicolas Fouquet se le denegó el permiso de reunirse con su esposo en la prisión que se determinara, para vivir y morir a su lado. Las ilusiones que aún conservaba la duquesa de Fontsomme sobre la grandeza de alma de su antiguo discípulo acabaron de marchitarse.

El 27 de diciembre, a las once de la mañana, Fouquet, siempre acompañado por D'Artagnan, salió de la Bastilla en una carroza cerrada escoltada por cien mosqueteros. Su último destino era la fortaleza de Pignerol, en los Alpes.

8. Marie

Texto. Después de las fiestas del Año Nuevo, Sylvie se resignó a abrir de nuevo el hôtel de la Rue Quincampoix. Era muy natural puesto que esperaba a su hijo, que era el legítimo propietario. Sabía que él prefería Fontsomme o Conflans, pero el castillo ducal, en las llanuras de Picardía, estaba durante el invierno cercado por las nieves y los hielos, y en Conflans el Sena, que se había desbordado en los días finales del año y ahora estaba helado, hacía la estancia poco agradable. Así pues, fue París el elegido, para gran alegría de Berquin, el mayordomo, y de su mujer Javotte, que no alcanzaban a comprender los gustos sencillos de su duquesa, y menos aún por qué razón una casa tan ilustre tenía que contentarse con un estilo de vida burgués. El reacondicionamiento de la gran mansión, al que se dedicaban cuando el final del otoño les traía de vuelta de Fontsomme, adquirió unas proporciones casi faraónicas, lo que permitió a Sylvie quedarse aún unos días en la cómoda casa de Perceval en la Rue des Tournelles, a fin de no atrapar un resfriado con las corrientes de aire. Se trasladó con Jeannette a la Rue Quincampoix en los primeros días de febrero, y se encontró bien allí. Los fuegos infernales encendidos en las grandes chimeneas templaban agradablemente el universo reluciente surgido de la gran limpieza anterior. Además, Berquin había incorporado a un joven cocinero llamado Lamy, hijo del dueño de los Trois Cuillers, en la Rue aux Ours, que de adolescente había servido como marmitón de Monsieur Vatel en la época del esplendor de Fouquet [24] En Saint-Mandé, en Vaux y en la casa de su padre, el joven había aprendido lo bastante para convertirse en un maestro cocinero muy honorable, lo que encantaba a Perceval, invitado permanente de la casa, y desolaba a Nicole, su fiel gobernanta.

Aquella noche cenaba en casa de su amigo el editor De Sercy, de modo que no compartiría el paté de lucio, las perdices a la española, los revoltillos de champiñones y otras delicadezas, todo ello regado con vino de Champaña y de Beaune, que Sylvie ofrecía en exclusiva a su amigo D'Artagnan, de vuelta de Pignerol a su vida normal de capitán-teniente de los mosqueteros. A ella le había complacido, en efecto, que acudiese a verla apenas llegado a París, para traerle los afectuosos recuerdos de un preso al que tres años de vida compartida habían acabado por convertir en amigo.

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