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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– Una desgracia para… ¿Qué? -preguntó Brougham de manera pomposa-. Creo que estoy en medio de…

– ¡Cómo te atreves! -Finalmente, Darcy logró levantarse, decidido a poner fin al calumnioso discurso de Dy-. ¡Cómo te atreves a ensuciar el nombre de Elizabeth en una taberna y de esa manera tan infame!

– Darcy -comenzó a decir Dy con tono conciliador, pero su amigo no iba a tolerarlo.

– ¡Estás hablando de una dama, por favor! -Fue interrumpido por abucheos que venían del otro lado del salón-. ¡Una dama -insistió apasionadamente Darcy por encima de los gritos- de incomparable mérito!

– Darcy. -Interponiéndose entre su amigo y los ruidosos clientes de la taberna, Brougham le puso una mano sobre el brazo-. Me sentiré honrado de brindar a la salud de esa dama… siempre y cuando te sientes, amigo mío.

Mirándolo con un poco de desconfianza, volvió a sentarse lentamente y Brougham hizo lo mismo. Se quedaron un rato en silencio. Darcy trató de leer en el rostro de su amigo en medio de la confusión mental que él mismo había provocado, pero finalmente concluyó que Dy era un personaje tan volátil que su estado de embriaguez realmente no contribuía a la tarea. Con toda la agudeza que fue capaz de reunir, estudió a Dy y lo que vio en la expresión de su antiguo rival y amigo fue una preocupación y una simpatía tan auténticas que era imposible descartarlas como una simple representación. No, la representación había sido ese ridículo brindis, el hecho de hacerse pasar por un criado y, tal vez, toda esa máscara de frivolidad que le había mostrado al mundo durante los últimos siete años. Pero allí estaba ahora el mejor amigo que tenía en el mundo, de vuelta de un largo viaje, y el momento de su llegada era increíblemente oportuno.

Brougham rompió el silencio con un suspiro y luego apoyó los codos sobre la mesa para mirar a su amigo a los ojos, con una sonrisa pícara.

– Creo que lo mejor es que me hables de ella, viejo amigo -sentenció, con voz compasiva pero firme-. Debe de ser, en efecto, una mujer de incomparable mérito para haber conquistado tu corazón de esa manera.

Como tenía por costumbre, Darcy trató de resistirse a la petición de Dy de bajar sus defensas; pero aquella antigua reserva, ese escudo que solía poner entre él y el mundo, ya había sido destruido por una jovencita de Hertfordshire. ¿Por qué, entonces, volver a levantarlo contra su más querido amigo? No le revelaría todo; era demasiado y los detalles ya no tenían importancia. Pero le contaría a Dy algo del asunto, lo suficiente para que pudiera comprenderle.

– Su nombre es Elizabeth -comenzó a decir, mirando más allá del hombro de Dy para conservar aunque fuera algún retazo de algo parecido a la dignidad-, y yo soy el último hombre en la tierra con el que podría casarse.

5 A pesar de tu perjurio

– ¡Darcy! -El susurro inquieto de Brougham penetró a través de su conciencia como el disparo de un rifle, mientras trataban de subir la escalinata de entrada a Erewile House. Darcy frunció el ceño al sentir el dolor en su cabeza y volvió a tratar de poner un pie delante del otro y, sin embargo, mantenerse erguido. Para ser absolutamente honestos, Dy era el que estaba a cargo de todo desde que habían salido de la taberna, hacía media hora. El aire frío de la noche no había servido para despejar a Darcy, totalmente ofuscado por el brandy, de manera que Dy se había encargado de la ingrata tarea de acompañarlo a su casa hasta dejarlo en las hábiles manos de Fletcher. Si Darcy no hubiera tenido ya el rostro enrojecido a causa del licor, se habría puesto colorado como un tomate por la terrible vergüenza que debía de estar sintiendo. No le cabía la menor duda de que, por la mañana, se sentiría mortificado.

Al llegar al último escalón, Brougham apoyó a su amigo contra la puerta y lo sostuvo con un hombro, mientras agarraba el pomo.

– ¡Está cerrada! -le siseó a Darcy-. Como debe estar, ¡pero eso es un maldito inconveniente para nosotros! ¿Tienes la llave? -Darcy rebuscó bajo su chaqueta, en el bolsillo del chaleco y, tras algunos minutos de tensión, sacó una llave, para alivio de Brougham-. ¡Gracias al cielo! Ahora, si logramos no hacer mucho alboroto cuando entremos… -Brougham se inclinó para meter la llave en la cerradura y trató de abrir, pero la puerta siguió cerrada-. ¿Otra cerradura? -Dy miró a Darcy.

Darcy refunfuñó.

– Sí… lo olvidé. La mandé instalar antes de partir… hacia Kent.

– ¿Y también se te olvidó pedir la llave? -preguntó Brougham con exasperación. Al oír que su amigo mascullaba una respuesta afirmativa, Brougham se enderezó y comenzó a buscar algo en los bolsillos de su chaqueta. Un suave «¡Ajá!» le informó a Darcy de que había encontrado lo que estaba buscando y volvió a inclinarse sobre la cerradura. En unos instantes, la segunda cerradura se abrió y la puerta de Erewile House giró sobre sus goznes unos centímetros.

Darcy miró a su amigo con asombro.

– ¿Cómo has hecho eso?

– Práctica -respondió Dy. El amanecer apenas estaba comenzando a invadir las calles londinenses, pero había suficiente luz para que Darcy alcanzara a ver la sonrisa pícara de su amigo-. Más tarde te hablaré sobre eso -susurró-, cuando estés sobrio y la cabeza no se te esté partiendo en dos. Pero ahora tenemos que lograr que entres y, Dios nos ayude, llevarte arriba, a tu habitación, sin despertar a todo el mundo.

– Georgiana -musitó Darcy, asintiendo con la cabeza para indicar que estaba de acuerdo, pero enseguida deseó no haberlo hecho. El movimiento le produjo un intenso dolor, dándole la sensación de que su cráneo se balanceaba de un lado a otro.

– Sí, la señorita Darcy. -Brougham reiteró la identidad de la persona a la que los dos más querían evitar encontrarse, con Darcy en semejante estado, y le ofreció el hombro para que se apoyara-. ¡Ahora, entra! -Darcy se recostó lleno de agradecimiento y levantó un pie que puso de manera vacilante sobre el umbral, mientras Dy empujaba la puerta hacia atrás.

Con otro empujón y un gruñido, se introdujeron en la casa y se quedaron parados allí durante un instante, como un par de escolares fugados, inspeccionando el vestíbulo, que estaba vacío y silencioso-. ¡No hay nadie! ¡Qué suerte! -Brougham miró a su alrededor y luego condujo a su amigo hacia las escaleras-. Vamos, viejo amigo -lo animó, pero Darcy se limitó a hacer una mueca, pues cada escalón que subía le producía un doloroso estallido en el cerebro.

Cuando llegaron finalmente arriba, estaba bañado en sudor por el esfuerzo y tuvo que recostarse pesadamente contra el hombro de su compañero para mantenerse en pie. Por fortuna, Dy conocía bien Erewile House y Darcy no tuvo necesidad de guiarlo hasta su habitación. Sin embargo, apenas pudo contener su agradecimiento cuando por fin estuvieron ante su puerta.

– ¡Ya casi llegamos, amigo mío! -Lord Brougham agarró el pomo y lo giró lentamente para minimizar el ruido-. ¡Hay una vela, Fitz! -le advirtió, pero Darcy ya había dado un paso atrás y cerrado los ojos para evitar la luz.

– Fletcher -susurró, sin atreverse a abrir los ojos todavía-. Es probable que esté dormido en el vestidor. Llévame a una silla. ¡Necesito sentarme! -farfulló, pero Brougham no se movió ni un ápice-. ¿Dy?

– Eso va a ser un poco difícil -respondió lord Brougham lacónicamente-. Buenos días, señorita Darcy.

– ¡Georgiana! -Darcy abrió los ojos de repente, levantando la cabeza con sorpresa-. ¡Aaayy! -se quejó, cuando la luz del candelabro que su hermana tenía en la mano lo cegó.

– ¡Fitzwilliam! -El caballero percibió el miedo en la voz de su hermana y no sólo oyó sino que sintió cuando ella dejó apresuradamente el candelabro de plata sobre la mesa que estaba junto a la silla-. Milord -dijo Georgiana, dirigiéndose a Brougham-, ¿Fitzwilliam está herido? ¡Ay, hermano! -Volvió a centrar su atención en Darcy, agarrándolo de los brazos suavemente-. ¡Siéntelo aquí, en el sillón! -le dijo a Brougham-. ¿O debería acostarse? ¿Milord?

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