El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– ¿Seréis animales? Pero ¿qué creéis que estáis haciendo?
Los jóvenes se levantaron. Tom Rupp fue el primero en recuperarse.
– Pensamos que podríamos hacer compañía a nuestro amigo. Necesitaba un poco de diversión.
Karin se asió el cuello con la mano izquierda, mientras la derecha cortaba el aire.
– ¿Os habéis vuelto locos?
La injusticia de que era objeto crispó el rostro de Duane Cain.
– ¿Quieres volver a tu Prozac un momento? Solo estamos aquí para hacerle compañía.
Agitando la mano, Karin señaló el videojuego, la carretera todavía serpenteando sin objeto de un lado a otro de la pantalla.
– ¿Compañía? ¿Así llamáis a hacerle pasar por eso de nuevo?
Miró a Weber, acusándole de traición con la mirada.
– A él no le parece mal -replicó Rupp-. ¿Verdad, colega?
Mark sujetaba su control de mando, una mejilla contraída.
– Estábamos haciendo lo que siempre hacemos. -Alzó el control de mando-. ¿Qué tiene esto de malo?
– Exactamente. -Cain miró a Weber, y entonces de nuevo a Karin-. ¿Comprendes lo que quiero decir? No es que sea real ni nada de eso. No estamos poniendo a nadie en peligro.
– ¿Vosotros dos no tenéis trabajo? ¿O es que ya nadie se atreve a daros empleo?
Rupp se le acercó, y ella retrocedió hacia la puerta.
– Este mes he llevado a casa tres mil cien dólares. ¿Qué me dices de ti?
Karin cruzó los brazos bajo los senos y contempló el suelo. Weber percibió que había entre ellos alguna cuestión antigua y sin resolver.
– ¿Trabajar? -terció Duane-. Es domingo, por el amor de Dios.
Mark soltó una risita.
– Ni siquiera Dios se deslomó todos los días, sargento.
– Marchaos -ordenó ella- Id a matar unas cuantas vacas.
En los labios de Rupp apareció una sonrisita agridulce, y se pasó el dorso de las uñas por la mejilla.
– Déjalo, señora Gandhi. Golpeas a una vaca cada vez que le hincas el diente a una hamburguesa. ¿Sabes qué creo? Que nuestro amigo tiene razón. Unos terroristas árabes han secuestrado a Karin Schluter y la han sustituido por una agente extranjera.
Duane Cain miró con nerviosismo a Weber. Pero Mark se limitó a reír como un ruidoso cencerro. Karin se abrió paso entre los hombres hasta llegar al lado de su hermano. Le quitó el control de mando y lo colocó sobre la consola. Sacó el disco de la máquina y la pantalla se volvió azul. Se acercó a Weber y le dio el ofensivo objeto. Entonces le tocó el hombro.
– Pregunte a esos dos qué saben del accidente de Mark.
Su hermano lanzó un grito.
– ¡Eh, oye! ¿Es que estás drogada?
– Jugaban a esta clase de juegos, solo que en carreteras rurales de verdad.
Mark se inclinó hacia Weber.
– A eso es a lo que me refería cuando le hablé de ella -susurró.
Tom Rupp adoptó un aire despectivo.
– Esto es difamación. ¿Tienes la más mínima prueba…?
– ¡Prueba! No me hables como si fuese un policía tarado. ¿Quién te crees que soy? Soy su hermana. ¿Me oyes? Es de mi propia sangre. ¿Quieres pruebas? He estado allí. Hay tres series de huellas.
Mark se dejó caer en la butaca al lado de Weber.
– ¿Dónde? ¿Qué huellas?
Se acurrucó, agarrándose por los codos.
Duane Cain formó una T con las manos.
– Hora de respirar profundamente. ¿Sería pedir demasiado que todos nos calmásemos un momento?
– Tal vez hayáis conseguido engañar a la policía, pero os hago personalmente responsables. Si las cosas no mejoran…
– ¿Qué dices? -replicó Mark-. No van a estar mejor de lo que ya están.
Tom Rupp meneó la cabeza.
– A ti te pasa algo grave, Karin. Podría serte útil consultar con el profesional, ya que está aquí.
– ¿Y lo de hacerle participar en juegos de carreras, arrastrarle de nuevo a todo aquello como si nada hubiera ocurrido? ¿Es que habéis perdido el juicio?
Mark se levantó bruscamente.
– ¿Quién te crees que eres? ¡No tienes ninguna autoridad!
Se abalanzó sobre ella con los brazos extendidos. Karin se volvió instintivamente hacia los de Rupp, que se abrieron para protegerla. Mark se detuvo en seco, se llevó las manos al cuello y gimió. No era mi intención. No es lo que piensas.
Weber observaba la refriega, imaginando ya cómo se la contaría a Sylvie. Ella no se mostraría nada comprensiva. Eras tú quien quería salir del laboratorio, querías ver esto de cerca, antes de morirte.
Karin se apartó de los brazos de Rupp.
– Lo siento, pero los dos tenéis que iros.
– Ya nos vamos.
Rupp hizo un vigoroso saludo de guardia nacional, que Mark imitó por reflejo.
Duane Cain tendió el brazo en dirección a Mark e hizo oscilar el pulgar y el índice extendidos.
– Cuídate, hermano. Volveremos.
Cuando se hubieron ido y retornó la calma, Weber se volvió hacia Karin.
– Creo que Mark y yo deberíamos quedarnos solos un rato. -Mark señaló a su hermana con dos dedos y se rió. El rostro de Karin se ensombreció. No había creído a Weber capaz de semejante traición. Dio media vuelta y salió de la habitación. Weber la siguió al pasillo, llamándola hasta que ella se detuvo-. Lo siento. Tenía que observar a Mark con sus amigos.
Ella exhaló y se restregó las mejillas.
– ¿Con sus amigos? Ese aspecto de su vida no ha cambiado.
Algo se le ocurrió entonces a Weber, algo sobre lo que había estado leyendo la víspera.
– ¿Cómo la ve su hermano cuando habla con él por teléfono?
– Yo… no le he llamado. Estoy aquí todos los días. Detesto el teléfono.
– Vaya, eso es algo que tenemos en común.
– No le he llamado desde el accidente. No tenía sentido. Me habría colgado. Por lo menos eso es algo que no puede hacer cara a cara.
– ¿Le gustaría hacer un experimento?
Ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.
Mark Schluter estaba sentado jugueteando con un mando de control de videojuego, dándole vueltas en las palmas como si fuese un bivalvo herméticamente cerrado que no pudiera abrir. Faltaba algo en el juego. Miró a Weber, implorante.
– ¿Ha hecho algún plan secreto con ella?
– No exactamente.
– ¿Cree que tiene razón?
– ¿Sobre qué?
– Sobre esos tipos -respondió Mark.
– No sabría decírtelo. ¿Tú qué crees?
Mark hizo una mueca. Aspiró aire y lo retuvo durante quince segundos mientras se tocaba la cicatriz de la traqueotomía.
– El psiquiatra es usted, ¿no? Tiene que explicarme esta cabronada.
Weber echó mano de su experiencia profesional.
– Podríamos hacer unos test que nos ayudarían a descubrir lo que ocurrió.
No era exactamente una mentira. Había visto cosas más raras. Como expectativa esperanzadora cumplía bastantes requisitos.
Trabajaron durante mucho rato. Mark se encorvó sobre los test, aferrando el bolígrafo con tanta tenacidad como había asido el mando de control. Pese a lo mucho que le costaba concentrarse, logró completar la mayor parte de las tareas. Mostraba cierto deterioro cognitivo. Su madurez emocional estaba por debajo de la media, pero no mucho más, supuso Weber, que la de los otros participantes en la confrontación de la mañana. En ese aspecto, hoy día todos los habitantes de Norteamérica habrían puntuado por debajo de la media. Evidenciaba ciertos síntomas de depresión, pero a Weber le habría sorprendido que no fuese así. En el verano de 2002, estar al borde de la depresión era una señal indicadora de reacción adecuada.
Otros test sacaron a relucir una paranoia. Hasta mediados de la década de 1970, muchos expertos sostenían que el síndrome de Capgras era el producto secundario de un estado paranoico. En un cuarto de siglo se había invertido la relación de causa y efecto. A fines de los años noventa, Ellis y Young sugirieron que los pacientes que perdían la respuesta afectiva hacia las personas conocidas se convertirían, con toda probabilidad, en paranoicas. Siempre sucedía lo mismo con las ideas: remóntate lo suficiente, y verás que las nubes en movimiento causan el viento. Si Weber vivía para verlas, unas inversiones más desatinadas estaban en camino. Llegaría el día en que la última relación de causa y efecto desaparecería en bosques de redes enmarañadas.