Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 81
Перейти на страницу:

Y es que, a pesar de las innumerables veces que había fantaseado con oírla pronunciar esas palabras, nada le había preparado para la realidad. El corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas que no le habría sorprendido si ella hubiera dicho: «¿Qué demonios es ese fragor de tambores?».

Aun así, bajo las capas de alegría, deseo y necesidad, parpadeaba una única y diminuta vela de descontento. Sí, Andrew deseaba desesperadamente hacer el amor con Catherine, pero quería mucho más que eso. Dada la manifiesta aversión de ella hacia el matrimonio y su fe en los preceptos expresados en la Guía femenina, uno de los cuales animaba a «las mujeres de cierta edad» a no mantenerse célibes, estaba claro que ella sólo deseaba una aventura. Si él la rechazaba, ¿recurriría ella a otro? Imaginarla pidiendo a otro hombre que le hiciera el amor hizo que se le tensara la mandíbula.

Y no es que tuviera la menor intención de rechazarla.

Catherine se movió contra él y el cuerpo de Andrew se tensó por entero. Sí, quería mucho más de ella, pero por el momento eso sería suficiente.

La incertidumbre asomó a los ojos de Catherine y Andrew fue consciente de que había guardado silencio durante demasiado tiempo y de que ella creía que su silencio apuntaba a un rechazo. Las palabras y las emociones que había reprimido durante lo que se le antojaba una eternidad se inflamaron de pronto, atragantándolo y haciéndole imposible hablar. Aunque eso apenas importaba, pues era incapaz de pronunciar una frase coherente. Sólo una palabra reverberaba en su cabeza, un mantra de lo único que deseaba, de lo único que había deseado desde el momento en que había puesto sus ojos en ella. «Catherine. Catherine. Catherine.»

Ella leyó claramente el infierno de deseo que él sabía que ardía en sus ojos porque la incertidumbre se desvaneció de la mirada de Catherine y sus labios se despegaron. Pasándole un brazo por la cintura, Andrew la atrajo hacia él mientras le acariciaba la espalda con la otra mano hasta que sus dedos alcanzaron su suave y recogida melena. Bajó la cabeza al tiempo que ella se ponía de puntillas.

En cuanto los labios de ambos se encontraron, Andrew se perdió. En el dulce y seductor sabor de ella. En la increíble sensación del cuerpo de ella pegado al suyo. En su delicado aroma a flores. En la deliciosa fricción de su lengua contra la de él. En el erótico sonido de su gemido de placer.

Las necesidades y deseos hasta entonces no respondidos, durante tanto tiempo insatisfechos, le azuzaron como afiladas espuelas. Separando las piernas, la atrajo aún más hacia él, pegándola contra la V que dibujaban sus muslos. Su erección tensó la tela de sus ceñidos pantalones y maldijo la barrera de ropa que les separaba. Otro suave gemido rugió en la garganta de Catherine, que se frotó contra él, deshaciéndose de una capa más de un control que desaparecería rápidamente.

Mientras sus labios y su lengua exploraban las aterciopeladas delicias de la boca de Catherine, posó una mano en su seno mientras deslizaba la otra por su espalda hasta abarcar con ella su redondeado trasero. Catherine jadeó y dejó caer atrás la cabeza, presentándole la delicada y vulnerable curva de su cuello, una delicadeza de la que él no dudó en disfrutar de forma instantánea.

Catherine se pegó más a él, deseosa por sentir su cuerpo duro y excitado. Cerró los ojos y se agarró a sus anchos hombros en un esfuerzo por no ceder a la tormenta de sensaciones que la golpeaban. Los labios y la lengua de Andrew trazaron un sendero de fuego por su cuello, avivando las llamas que ya la consumían. Una mano fuerte palpó su seno por encima de la tela del vestido, apretándole el pezón y lanzando calambres de afilado deseo hasta su entrepierna mientras que con la otra le masajeaba las nalgas con un movimiento lento e hipnótico que arrancó un prolongado y ardiente gemido de su garganta. Sintió inflamada, pesada y húmeda la femenina carne que abrigaban sus piernas, y una desesperación cada vez mayor la recorrió.

Andrew levantó la cabeza y un gemido de protesta vibró en la garganta de Catherine.

– Aquí no -susurró él con la respiración tan entrecortada como la de ella-. Así no.

El corazón de Catherine tropezó consigo mismo al ver la desnuda avidez en los ojos de él. Ante las oleadas de deseo que emanaban de aquel hombre. Andrew parecía querer devorarla y todo lo que en ella había de femenino se estremeció ante la idea.

– Mereces más que un simple revolcón contra un árbol, Catherine.

Que Dios la asistiera, pero un rápido revolcón contra un árbol -de hecho cualquier cosa con la que poder aliviar el dulce dolor que la aprisionaba- le sonaba a promesa celestial. Aunque él tenía razón. No era el lugar apropiado.

Cuando estaba a punto de tomarle de la mano y llevarle al belvedere fue él quien la cogió de la mano y la condujo en esa dirección.

– Ven -dijo con la voz convertida en un excitado rugido. Catherine echó a caminar a su lado mientras la excitación y la anticipación la recorrían por entero.

– ¿Adonde vamos?

– Al belvedere. Está más cerca que la casa. Y es más íntimo.

– ¿Cómo conoces el belvedere?

– Lo encontré mientras montaba a Afrodita.

Catherine se alegró de que la oscuridad ocultara la sonrisa de satisfacción que asomó a sus labios. No sólo terminarían en el belvedere, sino que él pensaría que terminar allí había sido fruto de su inteligente idea. ¿No se sentiría satisfecho al descubrir en cuanto llegaran que el belvedere no estaba totalmente vacío, sino que contenía las provisiones que ella había sacado a hurtadillas de la casa y que había dejado allí horas antes, esa misma tarde? Lo cierto era que habría deseado llevar aún más provisiones y convertir el espacio en un refugio acogedor, pero no quería arriesgarse a que alguien la descubriera saliendo de la casa cargada con algo más que con una simple cesta. Eso habría llevado a preguntas que no deseaba responder. Al fin y al cabo, no podía simplemente decir que estaba preparando el belvedere para una cita. Y, aunque el marco era claramente rústico, según la Guía femenina, contaba con todo lo necesario para una noche memorable: una confortable manta, una botella de vino, un trozo de queso, y… Andrew y ella.

Giraron una esquina en el sendero y el belvedere apareció a la vista. Arrellanado en un pequeño claro, la blanca estructura octogonal con su techo abovedado brillaba a la luz de la luna de modo que la vieja y desconchada pintura no se apreciaba desde la distancia. Catherine siempre había deseado restaurar el belvedere, pero nunca había encontrado el momento.

Los pasos de Andrew aminoraron el ritmo al acercarse a la estructura y Catherine dio gracias por las firmes persianas de madera que cubrían los altos ventanales del belvedere, pues les proporcionarían un íntimo refugio de intimidad.

Una nube oscureció la luna y Catherine bajó la mirada, concentrándola en sus pies para no tropezar con alguna rama o piedra. La mano de Andrew apretó la suya, una promesa silenciosa de que no la dejaría caer.

Cuando llegaron a la puerta, él hizo girar el pomo de bronce y empujó lentamente el pesado panel de roble hacia dentro.

– La puerta rechina espantosamente… -empezó ella, pero sus palabras se apagaron hasta fundirse en la nada misma. La puerta no rechinó en absoluto mientras se abría de par en par para revelar el interior del belvedere.

Catherine soltó un jadeo y, llevándose las manos al pecho, se quedó boquiabierta y absolutamente perpleja. El acogedor interior del belvedere estaba suavemente iluminado por la parpadeante luz de media docena de lámparas huracán colocadas en semicírculo alrededor del perímetro del suelo. Inspiró, percibiendo la delicada esencia a flores, y vio que una manta de pétalos de rosa cubría el suelo de madera, prestando belleza y fragancia a la pequeña habitación.

La manta de viaje que ella había sacado de la casa a hurtadillas estaba dispuesta en el centro de una sala que de otro modo habría estado completamente desnuda. Dos enormes almohadas, una marrón y la otra de color azul oscuro, estaban colocadas en un extremo de la manta. A un lado había una bandeja de plata, y sobre ella una botella de vino, dos copas, un cuenco con fresas y el pedazo de queso que ella había robado de la cocina.

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 81
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)