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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Las manos de Zedd se abrieron de repente, esparciendo polvo mágico. El polvo revoloteó en torno a Richard y relució, hasta que el joven quedó en el centro del vórtice que formaba. Las chispas rotaron en un círculo más estrecho y confluyeron en el pecho del joven. Con un tintineo semejante a una araña de cristal agitada por el viento, el polvo ascendió hacia el cielo como si subiera por la cuerda de una cometa, cada vez más y más arriba, llevándose consigo el tintineo, hasta alcanzar la nube. Ésta absorbió el polvo mágico y se iluminó por dentro con colores turbios. Los relámpagos llenaron todo el horizonte, las relucientes descargas rasgaron el cielo, emitiendo una ansiosa y expectante llamada.

Súbitamente los relámpagos desaparecieron, la luminosidad de la nube se eclipsó y la roca de mago volvió a absorber la luz, hasta que se extinguió por completo. Hubo un brusco silencio. Richard estaba otra vez allí, de pie sobre una simple roca. Miró con ojos muy abiertos al sonriente Zedd.

—Zedd, ahora sé por qué razón te gusta tanto estar sobre esta roca —susurró—. Nunca había sentido nada igual en toda mi vida. No tenía ni idea.

—Tienes un talento natural, hijo —respondió Zedd con una sonrisa cómplice—. Extendiste los brazos justo como debías, inclinaste la cabeza en el ángulo correcto e incluso arqueaste bien la espalda. Lo hiciste tan bien como un pato que se lanza por primera vez a un estanque. Tienes madera de mago. —El anciano se inclinó hacia adelante—. Imagínate cómo hubiera sido si hubieses estado desnudo —comentó alegremente.

—¿Es distinto? —preguntó Richard, asombrado.

—Pues claro. La ropa entorpece la experiencia. —Zedd le pasó un brazo sobre los hombros—. Un día dejaré que lo pruebes.

—¿Zedd, por qué me has dejado hacerlo? No era necesario. Tú solo te bastabas.

—¿Cómo te sientes ahora?

—No lo sé. Diferente, relajado, con la cabeza más clara. Supongo que ya no me siento tan abrumado ni deprimido.

—Por eso he dejado que lo hicieras, amigo mío, porque lo necesitabas. Has tenido una noche muy dura. Yo no puedo borrar los problemas de un plumazo pero puedo ayudarte a sentirte mejor.

—Gracias, Zedd.

—Ahora ve a dormir. Es mi turno. Y si algún día cambias de idea en lo de hacerte mago —añadió con un guiño—, me sentiré orgulloso de darte la bienvenida a nuestra hermandad.

Zedd alzó una mano y el trozo de queso que había lanzado lejos flotó hacia él.

14

—Aquí. Éste es un buen lugar. —Chase frenó el caballo y condujo a los otros tres fuera del camino, hacia campo abierto, donde se alzaban los esqueletos de unos pinos plateados. Apenas les quedaban ramas, y sólo tenían alguna ocasional brizna de musgo de un apagado color verde. El blando suelo estaba completamente cubierto por los restos corrompidos de los antiguos monarcas. Hierbas de ciénaga, con sus hojas anchas y lisas de color marrón a las que las tormentas habían dispuesto caprichosamente, formaban algo semejante a un enmarañado mar de serpientes bajo sus pies.

Los caballos avanzaban cuidadosamente entre aquella maraña. El aire, cálido y húmedo, estaba cargado con el fétido olor de la descomposición. Una nube de mosquitos los seguía. A Richard le parecía que ellos eran los únicos seres vivos que había hasta donde le alcanzaba la vista. Pese a encontrarse en campo abierto el cielo ofrecía muy poca claridad, pues una capa de nubes gruesa y uniforme pendía opresivamente cerca del suelo. Hilachas de bruma se arrastraban entre las picas plateadas de los árboles que seguían en pie.

Chase iba en cabeza, seguido por Zedd, Kahlan y Richard en la retaguardia. El joven no los perdía de vista. La visibilidad era muy limitada y, aunque Chase no se mostraba preocupado, Richard se mantenía ojo avizor; cualquier ser podría deslizarse sigilosamente hacia ellos sin ser visto. Los cuatro daban manotazos a los mosquitos y, a excepción de Zedd, se protegían con las capas. El mago, que se negaba a llevar capa, mordisqueaba restos del almuerzo y miraba a su alrededor como si fuese un turista de excursión. Richard poseía un excelente sentido de la orientación, pero se alegraba de tener a Chase para que los guiara. En la ciénaga todo se confundía, y sabía por experiencia lo fácil que era perderse.

Desde que había estado de pie en la roca la noche anterior el peso de sus responsabilidades era menos una carga y más una oportunidad de formar parte de una empresa justa. La sensación de peligro seguía siendo igual de intensa pero ahora la necesidad de ayudar a detener a Rahl era más acuciante. Percibía el papel que él desempeñaría como una oportunidad para ayudar a quienes no podían oponerse a Rahl el Oscuro. Sabía que ya no podía dar marcha atrás, pues eso sería su fin y el de muchas otras personas.

Richard contemplaba el balanceo del cuerpo de Kahlan sobre el caballo. Los hombros de la mujer se movían al ritmo del caballo. El joven sintió el deseo de llevársela a bellos y apacibles parajes del bosque del Corzo que sólo él conocía, allá en las montañas; le enseñaría la cascada que había descubierto y la cueva que se ocultaba tras ella; comerían junto a un plácido estanque del bosque; la llevaría a la ciudad; le compraría algo bonito; se la llevaría a un lugar donde estuviera segura, fuera donde fuese. Quería que Kahlan pudiera sonreír sin tener que preocuparse a cada minuto de si sus enemigos la rondaban. Pero, después de la noche pasada, el joven sentía que la primera parte —la fantasía de estar con ella— era un deseo irrealizable.

—Aquí es. —Chase levantó una mano para indicar que se detuvieran.

Richard miró en torno. Seguían en medio de una inmensa ciénaga, muerta y reseca. No veía ningún Límite. Mirara donde mirase todo era lo mismo. Después de atar los caballos a un tronco caído siguieron a Chase un trecho a pie.

—El Límite —anunció el guardián, extendiendo el brazo para señalar.

—Yo no veo nada —protestó Richard.

—Espera —repuso Chase con una sonrisa. El guardián echó a andar lentamente y con paso seguro. A medida que avanzaba se fue formando a su alrededor un resplandor verde. Al principio era apenas perceptible, pero se fue haciendo más intenso y brillante, hasta que una veintena de pasos más adelante se convirtió en una cortina de luz verde que lo oprimía al avanzar. Cerca del hombre era más intensa, mientras que a unos tres metros a los lados y por arriba se desvanecía. A cada paso que daba Chase se hacía más fuerte. Era algo semejante a un cristal verde, ondulado y distorsionado, aunque a través de él Richard podía ver los árboles de más allá. Chase se detuvo y regresó. La cortina verde primero y luego el resplandor perdieron intensidad y se esfumaron. Richard siempre había creído que el Límite sería algún tipo de muro, algo que se pudiera ver.

—¿Eso es todo? —preguntó, un tanto defraudado.

—¿Qué más quieres? Mira, fíjate en esto. —Chase examinó el suelo, recogió algunas ramas y probó su fortaleza. La mayoría estaban podridas y se quebraron a la primera. Finalmente halló una, de casi cuatro metros de longitud, lo suficientemente fuerte para servir a sus propósitos. Con ella en mano, se internó nuevamente en el resplandor verde hasta llegar a la cortina de luz. Entonces, agarrando la rama por el extremo más grueso, introdujo el resto a través de la cortina. Metro y medio más adelante la punta de la rama desapareció. El guardián siguió empujando hasta que lo que sostenía parecía un palo de apenas metro y medio. Richard se quedó perplejo; podía ver más allá del muro, pero no el extremo de la rama. ¿Cómo era posible?

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