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Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorquín Ramón Llull, acompaña a una partida de almogávares en una arriesgada expedición por tierras de Oriente.
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
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Pero tenía que admitir que era sabrosísima.

Los dulces consistieron en una multitud de pequeños y sabrosísimos pasteles, de diferentes tamaños y sabores, pero en los que la miel parecía ser el ingrediente principal. Ya había observado el gusto que los apeironitas tenían por la miel, y pregunté por su procedencia. Neléis explicó que algunos de los grandes edificios de cristal no estaban habitados por personas, sino por plantas, flores y abejas. Eran llamados estos edificios palacios de cristal, y la miel era recolectada por unos ciudadanos que penetraban en estos edificios con trajes protectores.

Mientras comíamos, Neléis me contó que Eritea era ingeniera, y que había aportado importantes mejoras al trazado del alcantarillado y al sistema de irrigación de los jardines. La mujer joven sonrió con modestia mientras la consejera decía esto; pero yo seguía sintiéndome confuso. Me preguntaba cuál sería la relación entre las dos mujeres, pues no parecían hermanas ni madre e hija; y consideré si existiría entre ambas alguna especie de vínculo monástico que las obligara a vivir solas sin compañía masculina.

Aquella ciudad y sus gentes me desconcertaban por completo.

Tras la cena, Eritea me condujo al interior de la vivienda donde me mostró su colección de objetos del Mundo Exterior: Frascos egipcios, con esfinges policromadas rematando sus tapas; curvados cuchillos de acero turco, y llaves de hierro romanas; la multitud de pequeños objetos se completaba con minuciosos grabados colgados de las paredes que mostraban estampas de Alejandría, Constantinopla y Roma.

Otro grupo de grabados, que Eritea exhibió con el cuidado de quien enseñaría su más preciada joya, representaban escenas repletas de hombres y mujeres extraños, desnudos o con apenas un pequeño taparrabos cubriendo sus partes pudendas. Eran hombres oscuros, con el cuerpo ilustrado con exóticos tatuajes y espectaculares adornos de plumas sobre sus cabezas. Otro mostraba a un grupo de personajes de ojos rasgados, ricamente vestidos y en actitud hierática; el grabado reproducía con minuciosa perfección los complejos bordados de sus túnicas que recordaban algo a las vestiduras de los nobles de Constantinopla. Otro representaba una ciudad con aire oriental, con hermosas mujeres asomadas a las ventanas, por cuya calle principal discurría una comitiva de guerreros cabalgando sobre elefantes; uno de los cuales estaba ricamente engalanado y llevaba una especie de palio bajo el que había un hombre de aspecto majestuoso.

Había incontables grabados, y algunos mostraban escenas tan extrañas que yo no sabía cómo interpretarlas, pero el conjunto era fascinante y extrañamente evocador.

– Nunca he salido de Apeiron -me confesó Eritea mientras contemplaba las láminas-, pues siempre ha habido asuntos que me han mantenido dentro de sus murallas, y no tengo más conocimiento sobre el maravilloso Mundo Exterior que estos hermosos grabados.

– No te gustaría -le dije mirándola-. El Mundo Exterior no es tan hermoso como estas láminas parecen indicar, pues no muestran la suciedad, ni la podredumbre, ni la miseria que anega lo que vosotros llamáis el Mundo Exterior. Esta imagen de Constantinopla, por ejemplo. Es cierto que Hagia Sofía posee una arquitectura tan bella como la que describe el grabado, pero aquí, en primer término, faltan las legiones de mendigos pidiendo para comer, y los mutilados arrastrándose por el suelo, y los niños turcos esclavizados, transportando grandes pesos y vestidos sólo con harapos; y, por supuesto, no podemos sentir el olor de las basuras amontonadas por todas partes, pudriéndose al sol. El artista ha preferido olvidar esos detalles, pero están ahí, siempre, al menos en el Mundo Exterior que yo conozco. Tu ciudad sí que es verdaderamente hermosa, Eritea, no lamentes no haberla abandonado nunca.

Horas después, de nuevo a bordo de un transporte volador que se deslizaba silenciosamente en medio de la más absoluta oscuridad, mientras las brillantes luces de Apeiron iban quedado muy atrás, Neléis dijo:

– Creo que Eritea quedó muy impresionada por tu descripción del Mundo Exterior. Esta noche has destruido uno de sus más queridos sueños.

– Lo siento -dije-. No era ésa mi intención.

– No te disculpes, Ramón, es evidente que tu experiencia es muy distinta a la nuestra, y que tú has vivido tu vida de una forma mucho más intensa que nosotros.

– Eso me resulta difícil de creer.

– ¿Por qué?

– Cualquiera de tu pueblo puede aprender más en un solo día que un hombre del exterior en toda su vida. Con todos esos libros y esos conocimientos al alcance de la totalidad de los ciudadanos, tu pueblo debe ser el más sabio de la tierra.

Ella sonrió y dijo:

– No te dejes engañar por las apariencias. Que el conocimiento esté al alcance de todos no significa que todo el mundo vaya a transformarse en sabio. Creo que tenemos la misma proporción de genios y de gente común que vosotros.

– Pues no logro entenderlo, con toda esa información a vuestro alcance.

– En realidad, la gente como tú no abunda precisamente en Apeiron.

– Tú eres muy inteligente.

Neléis se frotó la barbilla, y dijo:

– He cumplido ya los cuarenta años; y, al igual que Eritea, jamás he abandonado los seguros muros de Apeiron. Esta actitud no favorece la creatividad, amigo mío. A veces pienso que mi pueblo desaparecerá en la historia sin dejar el menor rastro; que las arenas de este desierto nos cubrirán, o que nuestros huesos yacerán en el fondo del mar sin que nadie de las razas venideras sepa nunca de nuestra existencia.

– Eso no sucederá -le dije-. La gente hablará de nuestros tiempos por vosotros, y no por las guerras y calamidades que llenan lo que tu compañera llama el maravilloso Mundo Exterior.

– Me temo que Eritea es demasiado romántica para algunas cosas.

– La miseria no tiene nada de romántico -dije, hablando con tono severo-. Tu ciudad disfruta de tantas cosas de las que el resto del mundo carece que es casi…

– ¿Inmoral?

– Sí, ésa es la palabra; inmoral. Yo creo que la grandeza no sólo está en conseguir grandes logros, sino también en saber cómo compartirlos con los menos afortunados.

– ¿Y crees que ésa no es nuestra voluntad? -preguntó la mujer.

– Es evidente que no. No pretendo juzgaros, ni en realidad sabría cómo hacerlo, pues sois tan divinos y tan humanos a la vez que me desorientáis por completo; pero de una cosa sí estoy seguro, y es de que podríais ayudar a la gente del exterior, con vuestra ciencia, para que tantas vidas humanas no fueran tan miserables.

Por primera vez, Neléis parecía molesta. Me contó que, a pesar de lo que yo pudiera creer, la ciencia de la ciudad estaba muy atrasada, y apenas había presentado algún avance importante en los últimos siglos. Constreñidos por su obligado encierro y por la falta de ideas y perspectiva de las cosas. Por eso agradecían cualquier aportación de sangre nueva; la llegada de nuevos miembros desde el Mundo Exterior.

– ¿Crees que no deseamos expandirnos y crecer fuera de estas murallas? -me preguntó-. Ya lo intentamos en el pasado, y cada intervención nuestra fuera de las murallas de la ciudad, fue un paso más hacia la confrontación que ahora está a punto de suceder, y que quizá marque nuestro final.

Se refería a Calínico, tal y como ya había supuesto; y cuando le pregunté por él me contó la extraña historia de aquel ciudadano.

Calínico era un personaje curioso; a caballo entre la realidad y el mito. Incluso en la actualidad los apeironitas usaban su nombre para referirse a cualquier persona que estuviera dispuesta a arriesgarlo todo para demostrar alguna idea absurda.

En la época de Calínico la ciudad había empezado a fundar colonias más allá de los límites del desierto que la rodeaba. Era un joven brillante, que sin duda habría acabado formando parte de la Asamblea de consejeros, pero tuvo una arriesgada inspiración: consideró que existía una especie de fuerza maligna controlando los azares de la historia. Una idea que no entraba en contradicción con las de San Agustín.

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