La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Me volví para ver llegar a Vadinio Vivaldi. El genovés vestía una especie de ajustado blusón gris, con pantalones del mismo color, y me saludó alzando su mano.
– Lo sé; lo recuerdo -le dije.
– ¿Lo recuerdas? -se extrañó Neléis-; me dijeron que habías estado sin sentido durante todo el trayecto. Era el primer viaje de prueba; tuvimos suerte de encontraros.
Vadinio Vivaldi era el capitán de uno de los aeróstatos pues, tal y como me dijo Neléis, nadie en Apeiron tenía su experiencia como navegante. Había rodeado el Mundo buscando el reino del Preste Juan, y ahora dirigiría uno de aquellos leviatanes hasta el Remoto Norte, para enfrentarse al Adversario en su propia guarida.
Pero aquel pequeño italiano calvo no parecía conocer el miedo a nada.
Los tres caminamos hasta el costado del leviatán más cercano. Vadinio ordenó a uno de los trabajadores que hiciera descender una pequeña escalera metálica, y mientras subíamos por ella señaló los dos grandes objetos cilíndricos que sobresalían de la estructura principal del aeróstato, sujetando unas grandes aspas semejantes a las de los molinos de viento, pero de madera sólida y suavemente torneada.
El genovés llamó a esto hélices, y afirmó que eran lo que impulsaba el aeróstato.
Accedimos al interior del leviatán, a una amplia cubierta rodeada por grandes portillas rectangulares, cerradas con cristal e inclinadas unos treinta grados hacia abajo.
Era curioso, pensé mirando a mi alrededor, pero todo aquello se había borrado de mi memoria, y no así la primera visión de la ciudad de Apeiron que sin duda había realizado desde una de aquellas portillas.
Vadinio me explicó que la principal diferencia entre el aeróstato y los balones que yo había visto en Apeiron era que éste poseía una estructura rígida; es decir, su forma no venía dada por la presión interna de un gas, sino por un armazón de viguetas de metal ligero.
– Esto nos permite construirlos mucho mayores, como puedes ver -dijo Neléis.
– ¿Para qué necesitáis algo tan grande? -pregunté.
– Para transportar a mucha gente -fue su respuesta-; lejos de la ciudad.
Yo empezaba a comprender el objetivo de aquellos enormes vehículos.
– Esto es la bodega -siguió diciendo el genovés-, una vez montadas las literas, aquí podremos albergar a cien infantes, con todas sus armas y equipamientos. Ven.
Vadinio abrió una trampilla en el suelo y vi otra escalerilla metálica extendiéndose hacia abajo. El genovés descendió por ella, y Neléis y yo le seguimos.
Estábamos en una sala de menor tamaño, con las paredes completamente cubiertas de cristales engarzados en delgadas guías metálicas. Vista desde el exterior, era como una barcaza, con el suelo de madera, que colgaba debajo de la curva del leviatán. Estaba llena de complejos instrumentos de metal dorado.
– Éste es el puente -me explicó el marino, sin poder ocultar su emoción ante todo aquello-; cada aeróstato puede ser gobernado desde aquí por sólo diez aeronautas.
A través de los cristales que nos rodeaban, se tenía una perfecta visión del interior del tinglado; los otros leviatanes alineados, y los obreros trabajando. Pasé mi mano por aquellos cristales y descubrí que su tacto era extraño.
– Son de materia sintética -explicó Neléis-; una solución de nitrato de celulosa en alcanfor… bueno, eso no importa, lo interesante es que tiene las mismas características de transparencia que el cristal, pero son mucho más ligeros y resistentes.
Aquello me sonaba a alquimia; y si era así, si era posible transformar mediante combinaciones químicas unos materiales en otros, eso representaría un nuevo revés a mis creencias. Pero estaba dispuesto a aceptarlo; intentaba mantener mi mente abierta a todo lo que veía, pues veía que todo aquello tenía un único objetivo. Y éste era combatir contra el Mal. Una nueva cruzada hasta el Remoto Norte a bordo de estos leviatanes, como si de galeras voladoras se tratase, con un ejército de setecientos hombres en su interior.
Recorrimos el puente, observando con cuidado cada uno de los instrumentos allí reunidos. Reconocí una preciosa brújula con la rosa de los vientos pintada, y una gran rueda de timón, sin duda para dirigir el aeróstato como si se tratara de un navío en el mar. Pero uno de los aparatos no supe reconocerlo, y pregunté de qué se trataba.
Era una gran caja de metal negro. De la que sobresalían cordones y tubos dorados.
Neléis se acercó, y tomando una especie de orejeras, unidas a la máquina por un cordón, me las entregó indicándome que las colocase sobre mis oídos.
Extrañado, obedecí; y la consejera tomó entonces un manubrio situado a un lado de la máquina, y lo hizo girar varias veces. La mujer acercó su boca a una trompetilla que también se unía a la máquina con un grueso cordón, y dijo:
– Atención. Alguien que me dé una señal de respuesta.
Y una voz sonó directamente en mis oídos:
– Se te escucha fuerte y claro, consejera.
Aparté asustado aquellas orejeras, y casi di un salto hacia atrás.
– He oído una voz salir del interior de eso -dije. Escuchar voces salidas de la nada tenía un nuevo significado para mí después de mi experiencia con el rexinoos.
Neléis contuvo la risa, y me explicó que se trataba del mismo principio que comunicaba al rexinoos con el Adversario. Y que los científicos de Apeiron aprendieron a construir esas máquinas estudiando el funcionamiento interno de los rexinoos.
– Entonces debe de ser un instrumento básicamente malvado -aseguré.
– Sólo es un telecomunicador; nos permite hablar a distancia -dijo-, sólo eso.
Abandonamos el puente, atravesamos la cubierta de la bodega, y, tras subir otra escalerilla, desembocamos en un gran espacio, de trescientas varas de longitud, repleto de un confuso entramado de viguetas y cables metálicos. Diez enormes balones se alineaban a cada lado de una estrecha pasarela central. Cada uno de ellos sería tan grande como el que sustentaba el vehículo volador que nos había llevado hasta allí, y estaban aprisionados por una densa red de finísimos tubos.
– A este lugar le llamamos la sentina -explicó Vadinio-; siguiendo la idea de que el aeróstato es como un barco invertido, ésta es la parte más alta. Quiero mostrarte algo que te agradará, especialmente a ti que sientes un gran interés por las máquinas.
Caminamos por la pasarela que era tan estrecha que dos personas no podían situarse una junto a otra y que tenía una barandilla con pasamanos a ambos lados.
Al llegar al centro de la sentina, la pasarela se dividía en dos para rodear una enorme máquina de aspecto pesado. Era una caldera de vapor como las que yo había visto trabajando en la ciudad; reconocí los quemadores y las chimeneas por la que escapaban los humos, que eran dos tubos de metal oscuro que atravesaban la piel de lona del leviatán. Pero había un entramado mucho más complejo de tubos y conducciones entrando y saliendo de la máquina de vapor.
– Fíjate en esas correas -dijo Vadinio señalando unas gruesas cintas de cuero que salían de la máquina de vapor y atravesaban las dos paredes laterales de la sentina-; su función es transmitir la fuerza del motor a las dos hélices que están en el exterior.
El genovés rodeó la máquina de vapor y se acercó al lugar por el que desaparecía una de las correas. Allí la pared era sólo una especie de cortina de lona. Tiró de unas cuerdas y una sección de la pared se plegó mostrando una de las hélices que habíamos visto desde el exterior. La correa salía, rodeaba el cilindro que sujetaba la hélice, y regresaba a las grandes ruedas de la máquina de vapor.
Vadinio me explicó que, puesto que aquellas naves habían sido diseñadas para funcionar durante mucho tiempo lejos de la ciudad, su sistema de impulsión tuvo que ser cuidadosamente estudiado para conseguir una mayor autonomía.