El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]
- Автор: Леру Гастон
- Язык: испанский
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «El fantasma de la Opera [Le fantôme de l'Opéra - es]». Краткое содержание книги:
– Espero que no haya dicho nada de Erik, señor, porque el secreto de Erik es el de Christine Daaé.Y hablar de uno es hablar del otro.
– ¡Oh, señor! -exclamó Raoul cada vez más impaciente-. Parece usted al corriente de muchas cosas que me interesan, pero ahora no tengo tiempo de escucharle.
– Por última vez, señor de Chagny, ¿adónde va tan aprisa?
– ¿No lo adivina? A socorrer a Christine Daaé…
– Entonces, señor, quédese aquí, ya que Christine Daaé se encuentra aquí.
– ¿Con Erik?
– ¡Con Erik!
– ¿Cómo lo sabe?
– Asistí a la representación y no hay más que un Erik en el mundo capaz de maquinar semejante rapto… ¡Oh! -exclamó lanzando un hondo suspiro-. ¡He reconocido la mano del monstruo!…
– ¿Lo conoce usted?
El Persa no contestó, pero Raoul oyó otro suspiro.
– ¡Señor! -dijo Raoul-. ¡Ignoro sus intenciones, pero, ¿puede usted hacer algo por mí?… ¿Quiero decir, por Christine Daaé?
– Creo que sí, señor de Chagny, y éste es el motivo por el que lo he abordado.
– ¿Qué puede hacer?
– ¡Intentar llevarlo hasta ella… y hasta él!
– ¡Señor! Es una empresa que yo he intentado vanamente esta noche… pero, si me hace este favor, mi vida le pertenece… Señor, una palabra más: el comisario de policía acaba de informarme de que Christine Daaé ha sido raptada por mi hermano, el conde Philippe…
– ¡Oh!, señor de Chagny, no lo creo en absoluto…
– Eso no es posible, ¿no es cierto?
– No sé si eso es posible, pero hay modos y formas de raptar a alguien y el conde Philippe, que yo sepa, nunca ha estado metido en la magia.
– Sus argumentos son convincentes, señor, y yo no soy más que un pobre loco… ¡Señor, corramos, corramos! Me pongo enteramente a su disposición. ¿Cómo podría no creerle cuando nadie más que usted me cree? ¿Cuándo es el único en no reírse al oír el nombre de Erik?
El joven, cuyas manos ardían de fiebre, cogió en un gesto espontáneo las manos del Persa. Estaban heladas.
– ¡Silencio! -dijo el Persa deteniéndose y escuchando los lejanos ruidos del teatro y los más insignificantes chasquidos que se producían en las paredes y los corredores vecinos-. No pronunciemos ese nombre. Digamos, El. Tendremos menos posibilidades de llamar su atención…
– ¿Cree, pues, que está cerca de nosotros?
– Todo es posible, señor…, si es que no se encuentra en este momento con su víctima en la mansión del Lago.
– ¿Usted también conoce esa mansión?
Si no está allí. puede estar en esta pared, en el suelo, en este techo… ¡Qué sé yo!… Puede tener el ojo pegado a esta cerradura…, el oído en esta viga…
Y el Persa, rogándole apagar el ruido de sus pasos, arrastró a Raoul a través de corredores que el joven no había visto jamás, ni siquiera en los tiempos en que Christine le paseaba por aquel laberinto.
– Esperemos -dijo el Persa-, esperemos que Darius haya llegado.
– ¿Quién es Darius? -preguntó el joven siempre corriendo.
– Darius es mi criado.
Se encontraban en aquel momento en el centro de una auténtica plaza desierta, una sala inmensa mal iluminada por un pábilo de vela. El Persa detuvo a Raoul, y en voz muy baja, tan baja que Raoul tuvo dificultad en oírlo, le preguntó:
– ¿Qué le ha dicho usted al comisario?
– Le he dicho que el verdadero raptor de Christine Daaé era el Ángel de la música, llamado el fantasma de la Opera, y que su verdadero nombre era…
– ¡Chisss!… ¿Y el comisario le ha creído?
– No.
– ¿No ha dado ninguna importancia a lo que usted le decía?
– ¡Ninguna!
– ¿Lo ha tomado por un loco?
– Sí.
– ¡Tanto mejor! -suspiró el Persa.
Y la carrera continuó.
Tras subir y bajar varias escaleras desconocidas para Raoul, los dos hombres se encontraron frente a una puerta que el Persa abrió con una pequeña ganzúa que sacó de un bolsillo de su chaleco. Al igual que Raoul, el Persa llevaba naturalmente un frac. La única diferencia es que él llevaba un gorro de astracán y Raoul una chistera. Era un insulto al código de elegancia que regía en los bastidores, donde se exige la chistera, pero se da por supuesto que en Francia se permite todo a los extranjeros: la gorra de viaje a los ingleses, el gorro de astracán a los persas.
– Señor -dijo el Persa-, su chistera le estorbará para la expedición que vamos a emprender… Mejor sería dejarla en el camerino.
– ¿En qué camerino?
– En el de Christine Daaé.
Y el Persa, tras dejar paso a Raoul por la puerta que acababa de abrir, le indicó, frente a él, el camerino de la actriz.
Raoul ignoraba que se pudiera llegarse al camerino de Christine por otro camino que el que seguía de costumbre. Se encontraba al extremo del pasillo que solía recorrer antes de llamar a la puerta del camerino.
– ¡Veo que conoce muy bien la ópera!
– ¡No tan bien como él! -dijo el Persa con modestia. Y empujó al joven al camerino de Christine.
Estaba igual que lo había dejado Raoul momentos antes.
El Persa, después de cerrar la puerta, se dirigió hacia el delgado panel que separaba el camerino de un amplio cuarto trastero. Escuchó. Luego tosió con fuerza.
Inmediatamente se oyó un movimiento en el cuarto trastero y, pocos segundos más tarde, llamaban a la puerta del camerino.
– ¡Entra! -dijo el Persa.
Entró un hombre que también llevaba un gorro de astracán y vestía con una larga hopalanda.
Saludó y sacó de su abrigo una caja ricamente cincelada. La depositó encima de la mesa, volvió a saludar y se dirigió hacia la puerta.
– ¿Nadie te ha visto entrar, Darius?
– No, amo.
– Que nadie te vea salir.
El criado se arriesgó a lanzar una ojeada por los pasillos y desapareció con presteza.
– Señor -dijo Raoul-, estoy pensando en una cosa, y es que aquí nos pueden sorprender, y eso sería muy embarazoso. El comisario no tardará mucho en venir a investigar a este camerino.
– ¡Bah! No es al comisario al que debemos temer.
El Persa había abierto la caja. Dentro había un par de largas pistolas de maravilloso dibujo y ornamento.
– Inmediatamente después del rapto de Christine Daaé, he ordenado a mi criado que me preparase estas armas. Hace tiempo que las conozco, y no las hay más seguras.
– ¿Quiere acaso batirse en duelo? -preguntó el joven, sorprendido por la llegada de aquel arsenal.
– En efecto, nos dirigimos a un duelo -contestó el otro, mientras examinaba la carga de sus pistolas-. ¡Y qué duelo!
Dicho esto, tendió una pistola a Raoul y continuó diciendo:
– En este duelo seremos dos contra uno, pero esté preparado para todo, señor, ya que no le oculto que tenemos que vérnoslas con el adversario más temible que pueda imaginarse. Pero usted ama a Christine Daaé, ¿no es cierto?
– ¡Sí, la amo! Pero usted, que no la ama, explíqueme por qué está dispuesto a arriesgar su vida por ella… ¡Odia a Erik!
– No, señor, no lo odió -dijo tristemente el Persa-. Si lo odiase hace tiempo ya que habría dejado de hacer daño.
– ¿Le ha hecho daño a usted?
– El daño que me hizo ya se lo he perdonado.
– ¡Resulta extraordinario oírle hablar de ese hombre! -continuó el joven-. Lo trata de monstruo, habla de sus crímenes, él le ha hecho daño y encuentro en usted esa piedad inusitada que me desesperaba en Christine…
El Persa no contestó. Había ido a coger un taburete y lo había colocado apoyado contra la pared opuesta al gran espejo que ocupaba todo el panel de enfrente. Después, se había subido al taburete y, con la nariz pegada al papel con el que estaba tapizada la pared, parecía buscar algo.
– Bien, señor -dijo Raoul que ardía de impaciencia-, le estoy esperando. ¡Vamos!
– ¿Vamos, adónde? -preguntó el otro sin volver la cabeza.