Por siempre jamás [Gone for Good-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Por siempre jamás [Gone for Good-es]». Краткое содержание книги:
El principal sospechoso es Ken.
Ante la abrumadora evidencia en contra suya, Ken desaparece.
Una década después de la desaparición, Will se ve mezclado en un inquietante misterio. Está convencido de que Ken está tratando de ponerse en contacto con él y de la existencia de un terrible secreto por el que alguien está decidido a matar porque no se desvele.
Mis párpados se abrieron por completo cuando saltó encima de mí. Cayó con todo su peso, cortándome la respiración. Tragué saliva, pero él me apretó los hombros con las rodillas. Antes de que pudiera reaccionar e intentar pelear, me cogió la otra mano y me obligó a arrimarla a la cabecera de la cama: esta vez no oí el clic pero sentí el metal frío en la muñeca.
Tenía las dos manos esposadas a la cama.
Se me heló la sangre en las venas y por un instante cerré los ojos como siempre hacía en los altercados físicos. Abrí la boca para gritar o decir algo pero él, agarrándome por la nuca, me obligó a moverme hacia delante. Me tapó la boca con un trozo de cinta adhesiva y a continuación, para mayor seguridad, dio una infinidad de vueltas con la cinta alrededor de la cabeza y la boca, como si me empaquetara al vacío.
No podía hablar ni gritar y apenas respirar porque tenía que inhalar el aire por la nariz rota y me dolía una barbaridad. Me dolían también los hombros por las esposas y el peso de su cuerpo, luché, pero fue fútil. Me revolví inútilmente y traté de quitármelo de encima. Aún más fútil. Quise preguntar qué quería, qué es lo que iba a hacerme ahora que estaba indefenso.
En aquel momento pensé en Katy, que estaba sola en el salón.
La habitación estaba a oscuras. Mi agresor era sólo una sombra. Llevaba una especie de máscara, algo negro que me impedía distinguirlo bien. Respirar se había vuelto casi imposible. Forcé un doloroso resoplido. El desconocido me acabó de sellar la boca. Dudó sólo un segundo antes de quitarse de encima. Entonces vi con horror que abría la puerta, entraba en el cuarto donde dormía Katy y volvía a cerrar.
Los ojos se me salían de las órbitas. Intentaba gritar, pero la cinta no permitía que escapara ningún sonido; me sacudí como un potro salvaje, retorciéndome y pataleando, pero no había nada que hacer.
En ese momento paré para escuchar, pero el silencio era absoluto.
De pronto oí que Katy lanzaba un grito.
Dios mío. Me revolví de nuevo. Había sido un grito breve, como si alguien lo hubiera interrumpido cerrando una válvula. Lo que sentí en aquel momento fue pánico, un pánico irrefrenable; tiré con todas mis fuerzas de las esposas y sacudí la cabeza hacia atrás y hacia delante. Nada.
Katy volvió a gritar.
El grito fue más débil esta vez, apenas audible, como el quejido de un animal herido; pero aunque se oyera, a esa hora de la noche nadie haría nada. En Nueva York no. Pero aunque lo hiciera y llamase a la policía, o alguien acudiera a prestar ayuda, sería demasiado tarde.
Sentí un miedo atroz.
Me falló el sentido, como si me hubiera escindido en dos; era presa de la locura. Me revolví como un epiléptico. Me dolía horriblemente la nariz y, con mis inútiles convulsiones, tragué algunas fibras de la cinta adhesiva.
No conseguía nada.
«Dios mío. Bien: cálmate. Tranquilo. Piensa un momento.»
Volví la cabeza hacia la esposa de la mano derecha; no me apretaba mucho y había cierta holgura. Tal vez con un movimiento suave lograría sacar la mano. La cuestión era calmarse y procurar encoger la mano lo más posible para que saliera de la anilla.
Lo intenté. Deseando con toda mi alma que la mano se encogiera, estreché la palma juntando cuanto pude el pulgar y el meñique; probé a tirar, primero despacio y luego con ímpetu. Nada. La piel se apelmazó alrededor de la anilla y se me estaba desgarrando. No me importaba. Seguí tirando.
Era inútil.
En la otra habitación había cesado el ruido.
Agucé los oídos y escuché. No se oía nada. Nada. Intenté doblar el cuerpo, intenté levantarme con tanta intensidad que, no sé, quizá levantaría la cama conmigo. Sólo dos o tres centímetros y podría zafarme. La sacudí un poco más. Efectivamente, la cama se desplazó unos centímetros. Pero no sirvió de nada.
Seguía atrapado.
Oí que Katy gritaba otra vez y exclamaba presa del pánico: «John…».
Le cortaron de nuevo la voz.
«John», pensé. «Ha dicho John.»
¿Asselta?
El Espectro…
«Oh, no, Dios mío, por favor, no.» En ese momento se oían sonidos sofocados. Un gruñido, quizá como si ahogasen con una almohada a alguien. Sentí el corazón latirme con fuerza atenazado por el terror y volví la cabeza hacia un lado buscando algo.
El teléfono.
¿Podría…? Tenía las piernas libres y quizá con un movimiento de balanceo lograría llegar a él con los pies y dejarlo caer en la mano. Después quizá marcar el 911 o el cero. Levanté los pies contrayendo los músculos abdominales y los estiré hacia la derecha pero, dominado por la histeria, desnivelé el peso, me deslicé de costado y perdí el control de la dirección de las piernas. Volví a la posición anterior con cuidado de no perder el equilibrio y conseguí alcanzar el teléfono con el pie.
El auricular cayó al suelo.
«Maldita sea.»¿Qué podía hacer? Me quedé en blanco incapaz de razonar y enloquecido, pensando en esos animales que al verse atrapados en un cepo se devoran una pata para liberarse, y empecé a dar tirones con auténtica desesperación hasta agotar mis fuerzas, y estaba a punto de claudicar cuando recordé algo que me había enseñado Cuadrados.
La postura del arado.
Halasana, en hindú. Se lleva a cabo tumbado boca arriba, haciendo apoyo en los hombros para alzar las caderas e impulsar con fuerza las piernas hacia arriba y hacia atrás hasta alcanzar el suelo con los pies por detrás de la cabeza. No sabía si podría llegar tan atrás, pero me daba igual. Contraje el estómago, di un fuerte impulso a las piernas hacia atrás y conseguí rebasar la cabeza y dar con los talones en la pared, pero tenía el pecho contra la barbilla, lo que aún impedía más la respiración.
Apoyé con fuerza los pies contra la pared empujando furioso con la adrenalina al máximo, y la cama se separó de la pared; seguí empujando y pude apartarla un buen trecho. Estupendo. Faltaba lo más difícil. Si no lograba girar mis muñecas en las esposas, no conseguiría nada o me dislocaría las clavículas. Me daba igual.
En el cuarto de estar reinaba el más impresionante silencio.
Completando la voltereta sobre la cama, dejé caer las piernas por inercia al suelo y por suerte las muñecas giraron en las esposas; mis pies aterrizaron al primer impulso pero me raspé los muslos y el abdomen en el larguero de la cama.
Ya estaba de pie detrás de la cabecera.
Seguía esposado y amordazado, pero al menos estaba de pie; sentí otro bombeo de adrenalina.
Bien, ¿ahora qué?
No había tiempo que perder. Agachándome y apoyando el hombro en la cabecera, empujé la cama hacia la puerta como si se tratara de un ataque con trineo. Mis piernas se movían como pistones. No dudé. No cejé.
La cama se estrelló contra la puerta.
El choque fue estrepitoso. Sentí un fuerte dolor en el hombro, en los brazos y en la columna vertebral, y fue como si se me desgarraran las articulaciones, pero no hice caso; retrocedí tirando de la cama y volví a golpear otras dos veces la puerta como con un ariete, mientras dentro de mí resonaban los gritos que la mordaza impedía salir. En el último intento tiré simultáneamente de las esposas al embestir la puerta y la cama chocó contra la pared.
La cabecera se desprendió.
Estaba libre.
Aparté la cama de la puerta y comencé a arrancarme la cinta de la boca pero, como tardaba, giré el picaporte, abrí la puerta y me zambullí en la oscuridad.
Katy estaba en el suelo con los ojos cerrados; parecía desmayada, y el hombre, a horcajadas sobre ella. La agarraba por la garganta.
La estaba estrangulando.
Sin pensarlo dos veces me lancé sobre él como un cohete y me pareció que tardaba una eternidad en alcanzarlo, como si mi movimiento discurriera a través de un líquido oleaginoso. Él me vio llegar y, aunque con tiempo para hacerme frente, no tuvo más remedio que apartar las manos de la garganta de Katy. El bulto oscuro se revolvió contra mí y apoyando las manos en mis hombros como en un bloqueo, y con el pie contra mi estómago, aprovechó el impulso para rodar hacia atrás.