Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Entre limones. Historia de un optimista - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 61
Перейти на страницу:

Al ponerse el sol empecé a caer en la cuenta de hasta qué punto me encontraba en un aprieto. Aquí estaba, en pos o a veces en medio de un rebaño de ovejas que avanzaban lentamente, en lo alto de unas escarpadas cumbres desde las cuales no tenía una idea muy clara de cómo bajar. Las sombras se iban haciendo cada vez más densas, y los contornos de las laderas que tanto me habían deleitado antes iban adoptando un aspecto amenazador. Si llegábamos hasta el extremo oriental de la sierra, no habría manera de que las ovejas pudieran descender, como bien sabía yo. Incluso si conseguía bajarlas hasta el nivel de la carretera -y de hecho yo veía la carretera allá abajo, una delgada y lejana tira por la que pasaban susurrando diminutos coches y camiones- tendría que encontrar la manera de encaminarlas hacia el río, lejos de los exuberantes campos de hortalizas de la vega que había al fondo. No era una tarea fácil para un pastor agotado. Iba a tener que dejarlo todo al azar.

El sol fue descendiendo aún más, unas nubes negras encapotaron el cielo y la noche fue cayendo poco a poco, pero las ovejas seguían caminando tranquilamente, cada vez más despacio. Mis pensamientos eran ahora de lo más negros. Las plantas que tanto me habían alegrado antes me daban crueles tirones al pasar, y me parecía como si las rocas surgieran del suelo de pronto para atormentarme los tobillos.

«Deberíamos atajar por aquí a la derecha -les anuncié a las ovejas-, aunque parezca una pendiente endemoniada. Sin duda es mucho más fácil que la pared que hay al final. Pero, hagáis lo que hagáis, ovejitas, ¡ni se os ocurra ir al lado norte! Por ahí sólo os espera la ruina.» La necesidad de hablar en voz alta en ese momento aterrador, aunque no fuera más que a las ovejas, era irresistible.

A las ovejas tampoco les gustó mucho el aspecto del lado norte. Era una perspectiva formidable de empinadas laderas de roca cubiertas de espesa maleza, con unos tajos de varios centenares de metros que caían en picado hasta el río. Mientras corría entre los matorrales por el flanco derecho del rebaño, redoblé mis esfuerzos lanzándoles piedras y gritando como un poseso: «Por ahí. Por ahí, so gilipollas. Mirad, ya sé que tiene un aspecto muy negro, ¡pero creedme que es muchísimo menos negro que lo que os espera si seguís por esa maldita cresta!». Me miraron, rumiando con insolencia, e inmediatamente se pusieron a subir al borde del siguiente, último y más alto de los picos.

«¡Mecachis en la mar! Sois unas estúpidas: ¡mirad el lío en que nos habéis metido! ¿Cómo carajo vamos a bajar de aquí?»

Los coches que rodaban silenciosamente allá abajo por la carretera ya tenían los faros encendidos. Una luna en cuarto creciente se deslizaba majestuosa por entre las amenazadoras nubes.

Mientras las rodeaba, atravesando a tropezones el lado norte del pico, las ovejas que iban detrás se dieron la vuelta en silencio y retrocedieron al trote a lo largo del camino por el que acabábamos de venir. Me detuve y me las quedé mirando horrorizado. Empezó a girar ante mis ojos la visión de una eternidad en que, al igual que en el castigo de Sísifo, yo avanzaba y retrocedía constantemente con mis obtusos animales por esta cresta, a lo largo de la línea del horizonte. El rebaño se iba fragmentando poco a poco; algunas ovejas retrocedían por el mismo camino que habíamos venido, otras consideraban la posibilidad de la cara norte, una o dos pastaban en la ladera por la que yo quería que bajaran, pero la mayoría de ellas simplemente permanecían ahí paradas observando pensativamente cómo se iba aproximando la noche.

Probé un arranque final de actividad frenética, saltando en la oscuridad por encima de las rocas hacia delante y hacia atrás, a riesgo de romperme un tobillo, dando gritos y alaridos y golpeando la maleza con el palo. Pero no sirvió para nada. Tuve que darme por vencido, al menos por aquella noche, y bajar deslizándome por esa horrible ladera.

Mientras avanzaba iba emitiendo los ruidos que los habitantes locales utilizan cuando quieren que las ovejas les sigan. Ellas los escucharon cortésmente pero decidieron no hacer caso. Y cincuenta metros monte abajo encontré el sendero que había estado buscando al subir.

Al día siguiente Domingo y Antonio se ofrecieron a subir conmigo para sacar las ovejas del cerro.

– Sois muy amables -les dije-, pero la verdad es que no veo cómo vamos a poder bajarlas.

Echamos a andar cerro arriba armados con la jauría de Domingo de cinco chuchos de aspecto indefinido, y después de alrededor de una hora de difícil subida conseguimos localizar a las ovejas en lo alto de los escarpados tajos, más o menos donde las había dejado yo.

– Vamos a empujarlas para que bajen por el lado norte -dijo Domingo-. Siempre bajarán mejor por el mismo sitio que han subido.

– No puedes estar hablando en serio, Domingo. Por ese lado hay una caída vertical como del noventa por ciento.

Antonio lió un pitillo y se reservó su opinión.

– ¡Bah! -dijo él, y lanzó el silbido parecido al canto de un pájaro que utiliza para que su rebaño se ponga en movimiento.

Las ovejas levantaron la cabeza sobresaltadas, y a continuación echaron a correr al unísono, derechas al borde del tajo.

Presa de pánico, me acerqué corriendo al borde esperando ver sus cuerpecitos lanudos precipitándose al vacío desde centenares de metros de altura para estrellarse en las rocas del río allá abajo. Pero no, ahí estaban, saltando de un saliente a otro con el culo hacia arriba y las orejas hacia abajo, descendiendo precipitadamente por esa pendiente imposible. Tardaron siete minutos y medio en llegar al río, tras lo cual echaron a correr hacia el cortijo, perdiéndose de vista por los bancales de los naranjos en cuestión de unos minutos.

– ¡Bueno, pues no ha sido muy difícil! -dijo Domingo alegremente cuando nos sentamos todos en una roca para contemplar la vista y disfrutar de las volutas de humo que salían del cigarrillo de Antonio.

En cuanto le llegaron las noticias del incidente de la Serreta, vino a vernos Janet atravesando el valle a grandes zancadas.

– ¡Abran paso! ¡La vida de un perro se encuentra en peligro! -les gritó a unos excursionistas que coincidieron con ella en el puente.

– He encontrado una excelente colocación para Barkis -anunció al llegar a la casa-. Buena familia europea -añadió, dando a entender que no eran españoles-. Bien, ¿cuánto pesa el perro? La pareja que he encontrado tiene mucho interés en que no pese más de veinte kilos. No quieren que les arrastre. ¿Cuánto? ¿Treinta kilos? Bueno, creo que estará bien. Es un animalito guapísimo, justo lo que necesitan. Les telefonearé esta noche. Se pasarán a recogerlo mañana.

Daba la casualidad de que justo en aquel momento los perros estaban infestados de pulgas por un brote que se había producido en el establo, cerca del taller donde tenían sus dependencias Bodger y Barkis. Aquella noche los cubrimos a todos de polvos antipulgas, con la esperanza de que tuvieran un aspecto más presentable al día siguiente.

Tal como había prometido Janet, a la mañana siguiente se presentaron los futuros dueños de Barkis, provistos de una báscula de cuarto de baño. Los polvos antipulgas habían cumplido su misión, haciendo que todas las pulgas salieran a la superficie del pelaje de los perros y les picaran con furia. De esta forma, los animales no hacían más que retorcerse y dar vueltas y rascarse y mordisquearse frenéticamente para intentar calmar el picor. Hasta se veía saltar a las pulgas. No obstante, Barkis era capaz de hacerse querer cuando pensaba que le podía resultar beneficioso. George y Alison quedaron tan encantados con él que se lo llevaron consigo a su casa aquella misma noche.

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 61
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)