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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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»Algunas de esas personas creen que cuando Rahl gane les sonreirá y las recompensará, por lo que son implacables en la busca de su favor. Otras, simplemente, son ciegas a la verdad y luchan por las mentiras que oyen. Y, finalmente, otras, cuando la luz guía prende, se dan cuenta de que están encadenadas, y ya es demasiado tarde. —Zedd se alisó las mangas al tiempo que suspiraba—. Siempre ha habido guerras, Richard. Cada guerra es una lucha asesina entre enemigos, pero, no obstante, ningún ejército se ha lanzado nunca a la batalla convencido de que el Creador se ha puesto de lado del enemigo.

—Eso no tiene sentido —protestó Richard, sacudiendo la cabeza.

—Estoy seguro de que los seguidores de Rahl creen que somos monstruos sanguinarios, capaces de cualquier barbaridad. Habrán oído innumerables historias acerca de la brutalidad de sus enemigos. Seguro que lo único que saben de Rahl el Oscuro es lo que él les ha contado. —El mago frunció el ceño, y sus inteligentes ojos centellearon—. Es posible que sea una perversión de la lógica, pero eso no la hace menos amenazadora ni mortal. Los seguidores de Rahl no deben entender nada, sólo aplastarnos. Pero, si quieres vencer a un enemigo más poderoso que tú, deberás usar la cabeza.

—Esto me pone entre la espada y la pared. —El joven se pasó los dedos por el cabello—. Es posible que deba permitir que mueran inocentes y, sin embargo, no puedo matar a Rahl el Oscuro.

—No, yo nunca he dicho que no puedas matarlo. —Zedd le dirigió una mirada muy expresiva—. Lo que he dicho es que no podías matarlo con la espada.

Richard miró de hito en hito a su viejo amigo. La luz de la luna iluminaba débilmente el anguloso rostro del mago. Unas chispas de reflexión se encendieron en su sombrío estado de ánimo.

—¿Zedd, tuviste que hacerlo? —preguntó en voz baja—. ¿Tuviste que dejar que murieran inocentes?

—Sí, en la última guerra y ahora de nuevo, quizá mientras hablamos. —Zedd mostraba una expresión dura y meditabunda—. Kahlan me ha explicado que Rahl mata a gente para tratar de averiguar mi nombre. Nadie puede decírselo, pero él continúa matando con la esperanza de que alguien hablará. Si me entregara ya no habría más asesinatos, pero entonces no podría ayudar a derrotarlo y muchos más morirían. Es una elección muy dolorosa: dejar que unos pocos mueran de un modo horrible o que muchos más mueran también de un modo horrible.

—Lo siento, amigo mío. —Richard se envolvió mejor con la capa para alejar el frío que sentía por fuera y también por dentro. Sus ojos recorrieron el tranquilo paisaje antes de posarse otra vez en su amigo—. Conocí a un geniecillo nocturno llamado Shar justo antes de que muriera. Shar dio su vida por Kahlan, para que otros pudieran vivir. Kahlan también soporta la carga de permitir que mueran inocentes.

—Sí, también Kahlan la soporta —confirmó Zedd—. Cuando pienso en todo lo que debe de haber visto mi corazón sangra por ella. Y en las cosas que quizá tú debas ver.

—Esto hace que mi desengaño sentimental parezca algo sin importancia.

—Pero eso no lo hace menos doloroso. —El rostro de Zedd reflejaba amabilidad y compasión.

—Zedd, hay una cosa más —dijo Richard tras echar un nuevo vistazo alrededor—. Poco antes de llegar a tu casa ofrecí a Kahlan una manzana.

—¿Ofreciste una fruta roja a alguien de la Tierra Central? —El mago no pudo reprimir una carcajada—. Eso equivale a una amenaza de muerte, hijo. En la Tierra Central todas las frutas rojas son venenosas, mortales.

—Sí, ahora lo sé, pero en esos momentos lo ignoraba.

—¿Y qué dijo ella? —Zedd se inclinó hacia adelante y alzó una ceja inquisitivamente.

—No es lo que dijo sino lo que hizo —contestó el joven con una mirada de soslayo—. Me agarró por la garganta y, por un momento, vi en sus ojos que iba a matarme. No sé cómo pensaba hacerlo, pero estoy seguro de que iba a matarme. Por suerte vaciló y pude explicarme. La cuestión es que ella era mi amiga y que me había salvado la vida varias veces, pero en ese instante iba a matarme. —Richard hizo una pausa—. Su actitud forma parte de lo que me decías, ¿verdad?

—Sí, Richard. —Zedd lanzó un profundo suspiro y asintió—. Si sospecharas que soy un traidor, sin estar seguro, pero lo sospecharas, y supieras que si fuera cierto nuestra causa estaría perdida, ¿serías capaz de matarme? ¿Podrías matarme si no tuvieras tiempo ni manera de averiguar la verdad, pero estuvieras convencido de que soy un traidor, y supieras que podías matarme allí mismo? ¿Podrías atacarme a mí, a tu viejo amigo, con intenciones mortales? ¿Con la suficiente violencia para hacerlo?

La mirada de Zedd lo quemaba. Richard, atónito, sólo pudo balbucir:

—Yo... yo... no lo sé.

—Bueno, pues será mejor que seas capaz, porque, si no, es inútil que vayas a por Rahl, o no tendrás la determinación para vivir, para ganar. Es posible que tengas que tomar una decisión de vida o muerte en un abrir y cerrar de ojos. Kahlan lo sabe; conoce las consecuencias de su fracaso. Ella sí posee la determinación necesaria.

—Pero vaciló. Por lo que dices, cometió un error. Podría haberla dominado. Debería haberme matado antes de que yo tuviera la oportunidad de atacarla. —Richard frunció el entrecejo—. Y se habría equivocado.

—No te sobrestimes, Richard —replicó Zedd, sacudiendo la cabeza lentamente—. Kahlan te tenía cogido. No podrías haber hecho nada que fuese suficientemente rápido. Podía matarte cuando quisiera, tenía el control y podía permitirse darte la oportunidad de explicarte. No, no cometió ningún error.

Aunque las palabras de Zedd lo habían afectado profundamente, Richard se resistía a dar su brazo a torcer.

—Pero tú no podrías, nunca podrías traicionarnos, del mismo modo que yo nunca podría hacer daño a Kahlan. No veo adónde quieres llegar.

—Quiero que comprendas que, aunque yo no podría traicionarte, si lo hiciera deberías estar preparado para actuar. Debes ser fuerte para hacerlo en caso necesario. Debes entender que aunque Kahlan sabía que tú eras su amigo y que no le harías daño, cuando creyó que pretendías envenenarla estaba preparada para actuar. Si no te hubieras explicado rápidamente te habría matado.

Richard se quedó un momento en silencio observando a su amigo.

—Zedd, ¿y si pasara el revés, si creyeras que soy un peligro para nuestra causa, podrías... bueno, ya sabes?

—Sin dudarlo —afirmó el mago con voz totalmente desprovista de emoción y gesto ceñudo, al tiempo que se recostaba en la roca.

El joven se sintió consternado pero comprendió lo que su amigo le decía, aunque la idea le parecía increíble: cualquier cosa que no fuera un compromiso total y absoluto podría hacerlos fracasar. Si flaqueaban, Rahl no se mostraría clemente; morirían, así de simple.

—¿Quieres seguir siendo el Buscador?

—Sí. —El joven tenía la mirada fija en la nada.

—¿Asustado?

—Hasta los tuétanos.

—Bien. —Zedd le palmeó la rodilla—. Yo también. Lo que me preocuparía es que no lo estuvieras.

—Tengo la intención de que Rahl el Oscuro también se asuste. —El Buscador lanzó al mago una gélida mirada.

—Serás un buen Buscador, hijo. Ten fe —contestó Zedd, y sonrió asintiendo.

Richard se estremeció interiormente al pensar que Kahlan había estado a punto de matarlo sólo por una manzana. Con el entrecejo fruncido preguntó:

—¿Zedd, por qué todas las frutas rojas son venenosas en la Tierra Central? No me parece natural.

El mago meneó tristemente la cabeza.

—Son venenosas porque a los niños les atraen las frutas rojas.

—No lo entiendo. —El surco en la frente de Richard se hizo más profundo.

—Ocurrió durante la última guerra, más o menos en esta misma época del año; en tiempo de cosecha —empezó a explicar Zedd. El anciano bajó la vista y por un momento se dedicó a escarbar la tierra con un huesudo dedo—. Yo había descubierto una magia muy compleja, creada por magos mucho tiempo atrás. Algo así como las cajas del Destino. Era una magia letal relacionada con el color y con la que únicamente podía lanzarse un hechizo, una vez y basta. Yo no estaba seguro de cómo se usaba pero sabía que era peligrosa. —El mago inspiró hondo y puso las manos en el regazo—. Sea como fuere, Panis Rahl se hizo con ella y halló la manera de utilizarla. Sabía que a los niños les gusta la fruta y quería golpearnos donde más nos doliera. Así pues usó esa magia para envenenar todas las frutas de color rojo. Es un poco como el veneno de la enredadera serpiente; lento al principio. Nos costó un cierto tiempo averiguar qué causaba aquella fiebre mortal. Panis Rahl eligió deliberadamente algo que sabía que no sólo los adultos comerían, sino también los niños. —La voz de Zedd se hizo apenas audible, mientras él contemplaba la oscuridad—. Muchas personas murieron. Entre ellas muchos niños.

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