Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » Hombres de armas [Men at Arms - es]
Hombres de armas [Men at Arms - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 88
Перейти на страницу:

Más o menos. No era fácil decirlo. Incluso un prisionero encerrado dentro de una celda se las arregla para estamparle su personalidad en algún sitio, pero Angua nunca había visto una habitación tan poco vivida.

—¿Es aquí donde vive? —dijo—. ¡Madre mía!

—¿Qué esperabas?

—No lo sé. Cualquier cosa. Algo. No nada.

La cama tenía una cabecera de hierro que no alegraba nada la vista. Los muelles y el colchón habían ido cediendo de tal manera que formaban una especie de molde, obligando a quien se metiera en ellos a doblarse instantáneamente en una posición de sueño. Había un aguamanil, debajo de un espejo roto. En el estante había una navaja, cuidadosamente enfilada hacia el Eje porque Vimes compartía la creencia popular de que eso la mantenía afilada. Había una silla de madera marrón con el asiento de enea roto. Y un arcón pequeño a los pies de la cama.

Y eso era todo.

—Quiero decir, al menos una alfombra —dijo Angua—. Un cuadro en la pared. Algo.

Zanahoria depositó a Vimes encima de la cama, donde el cuerpo del capitán fluyó inconscientemente dentro de la forma.

—¿Tú no tienes algo en tu habitación? —preguntó Angua.

—Sí. Tengo un diagrama transversal del Pozo Número Cinco de mi casa. Hay unos estratos muy interesantes. Yo ayudé a abrirlo. Y unos cuantos libros y cosas. El capitán Vimes no es una persona muy hogareña.

—¡Pero ni siquiera hay una vela!

—Dice que se sabe el camino a la cama de memoria.

—O un adorno o cualquier cosa.

—Debajo de la cama hay un cartón —le comunicó Zanahoria—. Recuerdo que estaba con él en la calle Filigrana cuando el capitán lo encontró. Dijo: «Si no he perdido el ojo para estas cosas, hay un mes entero de suelas en esto». Estaba muy complacido.

—¿Ni siquiera puede permitirse botas?

—No creo que sea eso. Sé que lady Sybil se ofreció a comprarle todas las botas nuevas que quisiera, y él se sintió un poco ofendido. Parece que intenta hacerlas durar.

—Pero tú puedes comprar botas, y cobras menos que él. Y envías dinero a casa. El muy idiota debe de beberse todo lo que gana.

—No lo creo. Diría que llevaba meses sin tocar la bebida. Lady Sybil lo acostumbró a los puros.

Vimes roncaba ruidosamente.

—¿Cómo puedes admirar a un hombre semejante? —preguntó Angua.

—Es un gran hombre.

Angua levantó la tapa del arcón de madera con el pie.

—Eh, creo que no deberías hacer eso… —dijo Zanahoria miserablemente.

—Solo estoy mirando —dijo Angua—. No hay ninguna ley en contra de eso.

—De hecho, según el Acta de Intimidad del año mil cuatrocientos sesenta y siete, hay una…

—Aquí dentro solo hay trastos y botas viejas. Y unos cuantos papeles.

Se inclinó sobre el arcón y cogió un libro de confección tosca. En realidad se reducía a un montón de papeles de formas irregulares aprisionados entre dos tarjetones que les servían de cubiertas.

—Eso pertenece al capitán…

Angua abrió el libro y leyó unas cuantas líneas. Se quedó boquiabierta.

—¿Quieres mirar esto? ¡No me extraña que nunca tenga dinero!

—¿Qué quieres decir?

—¡Lo gasta en mujeres! ¿Quién lo hubiera dicho? Mira esta anotación. ¡Cuatro en una semana!

Zanahoria miró por encima del hombro de Angua. En la cama, Vimes resopló.

Allí, en la página, en la letra llena de curvas y ondulaciones de Vimes, se leían las palabras:

Señora Gaskin, calle Picadillo: 5$

Señora Scurrick, calle Melaza: 4$

Señora Maroon, callejón Wixon: 4$

Annabel Curry, Parsimurgente: 2$

—Annabel Curry no pudo haber sido gran cosa, por solo dos dólares —dijo Angua.

Fue consciente de un descenso súbito de la temperatura.

—No, supongo que no —dijo Zanahoria, hablando muy despacio—. Solo tiene nueve años.

Una de sus manos agarró con mucha firmeza la muñeca de Angua y la otra le arrancó el libro de los dedos.

—¡Eh, suéltame!

—¡Sargento! —gritó Zanahoria por encima del hombro—. ¿Puede subir aquí un momento?

Angua trató de apartarse. El brazo de Zanahoria era tan inamovible como una barra de hierro.

El crujido de los pies de Colon resonó en la escalera, y la puerta se abrió.

Colon sostenía una tacita muy pequeña con unas tenacillas.

—Nobby ha traído el ca… —empezó a decir, y se calló.

—Sargento —dijo Zanahoria, mirando a Angua a la cara—, la guardia interina Angua querría saber quién es la señora Gaskin.

—¿La viuda del viejo Piernas Gaskin? Vive en la calle Picadillo.

—¿Y la señora Scurrick?

—¿La de la calle Melaza? Ahora se dedica a lavar ropa.

La mirada del sargento Colon fue del uno al otro, tratando de entender la situación.

—¿La señora Maroon?

—Esa es la viuda del sargento Maroon, vende carbón en…

—¿Y qué me dice de Annabel Curry?

—Seguro que aún va a las Hermanas Despreciativas en la Escuela de Caridad de Sek el de las Siete Manos, ¿verdad? —Colon sonrió nerviosamente a Angua, todavía no muy seguro de lo que estaba ocurriendo allí—. Es la hija del cabo Curry, pero naturalmente eso fue antes de vuestra época…

Angua alzó la mirada hacia el rostro de Zanahoria. Su expresión era indescifrable.

—¿Son viudas de policías? —dijo.

Zanahoria asintió.

—Y una huérfana.

—Es una vida muy dura —dijo Colon—. No hay pensiones para las viudas, ¿sabes?

Su mirada pasó del uno al otro.

—¿Ocurre algo? —preguntó.

Zanahoria aflojó su presa, se volvió, metió el libro dentro del arcón y bajó la tapa.

—No —dijo.

—Oye, lo sien… —empezó a decir Angua. Zanahoria hizo como si no existiera y se volvió hacia el sargento.

—Dele el café.

—Pero… catorce dólares… ¡Eso es casi la mitad de su paga!

Zanahoria cogió el fláccido brazo de Vimes y trató de abrirle el puño, pero los dedos permanecieron cerrados a pesar de que Vimes estaba inconsciente.

—¡Quiero decir que, bueno, la mitad de su paga es…!

—No sé qué es lo que tiene en la mano —dijo Zanahoria, sin hacerle ningún caso—. Quizá sea una pista.

Cogió el café e incorporó a Vimes tirando del cuello de su camisa.

—Beba esto, capitán —dijo—, y todo se volverá mucho… más claro…

El café klatchiano resulta todavía más eficaz para recuperar la sobriedad que un inesperado sobre marrón remitido por el recaudador de impuestos. De hecho, los entusiastas del café siempre tornan la precaución de ponerse borrachos a conciencia antes de tocarlo, porque el café klatchiano te lleva de vuelta a la sobriedad y, si no tienes mucho cuidado, te arrastra a través de ella hasta dejarte en el otro lado, allí donde la mente del hombre nunca debería ir. La opinión general en la Guardia era que Samuel Vimes andaba un mínimo de dos copas bajo par, y necesitaba un doble bien cargado incluso para estar sobrio.

—Con cuidado… con cuidado… —murmuró Zanahoria mientras dejaba que unas cuantas gotas se deslizaran entre los labios de Vimes.

—Oye, cuando dije… —empezó a decir Angua.

—Olvídalo —dijo Zanahoria sin ni siquiera volverse a mirarla.

—Yo solo…

—He dicho que lo olvides.

Vimes abrió los ojos, le echó una mirada al mundo y gritó.

—¡Nobby!

—¿Sí, sargento?

—¿Trajiste el Especial Desierto Rojo o el Directo de la Montaña Rizada?

—El Desierto Rojo, sargento, porque…

—Podrías haberlo dicho. Más vale que me traigas… —Contempló la mueca de horror que estaba poniendo Vimes— medio vaso de Abrazodeoso. Lo hemos enviado demasiado lejos en la dirección opuesta.

1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 88
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)