Santa Evita
- Автор: Martinez Tomas Eloy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:
Desde entonces, la nómade no había cesado de desplazarse, cada vez por períodos más cortos. Adonde quiera migraba el cuerpo, lo seguía su cortejo de flores y de velas. Aparecían de súbito, a la primera distracción de los guardias: a veces una sola flor y una sola vela, nunca apagada.
El Coronel recordaba muy bien la mañana del 22 de abriclass="underline" la nómade tenía un aspecto exhausto después de tres semanas de errancia en camionetas, ómnibus del ejército, sótanos de batallones y cocinas de distritos militares.
Ya se había resignado a sepultarla en el cementerio de Monte Grande cuando Arancibia, el Loco, ofreció una solución de providencia: ¿y si la guarecían en su propia casa?
El Loco vivía en el barrio de Saavedra en un chalet de tres plantas: en la de abajo se desplegaban el living comedor, el cuarto de servicio y la cocina, con una puerta que descendía al garaje y al jardín; en la otra, el dormitorio matrimonial, el de huéspedes y un baño. Frente al primero de los cuartos se abría una puerta que daba a la bohardilla: allí guardaba el Loco sus archivos, los mapas de la Escuela de Guerra, una mesa de arena con soldados de plomo que seguían librando la interminable batalla del Ebro y el uniforme de cadete. Esa bohardilla, pensaba, era el lugar ideal para esconder a Evita.
¿Y la esposa? El Coronel examinó el parte médico: «Elena Heredia de Arancibia. Edad: 22 años. En estado de gravidez: octava semana de embarazo».
Ahora ya ni siquiera recordaba el orden en que habían sucedido los hechos. El cuerpo fue trasladado a Saavedra la madrugada del 24 de abril, entre las tres y las cuatro. Yacía en una caja de nogal sin lustrar, oscura, simple, con sellos oficiales estampados a fuego: «Ejército Argentino… Bajo una luz tenue, de cuarenta vatios, el Loco y él habían trabajado hasta las seis en el garaje grasiento, que olía a moho y a tabaco barato. A intervalos escuchaban los pasos apagados de la esposa.
Eran sólo dos hombres cansados cuando subieron la pesada caja a la bohardilla, tropezando con las estrechas curvas de la escalera y las barandas demasiado altas. El Coronel oyó a la esposa yendo y viniendo por el dormitorio, la oyó gemir y llamar con voz ahogada, como si tuviera un pañuelo en los labios:
– Eduardo, ¿qué pasa, Eduardo? Abrí la puerta, por favor. Me siento mal.
– No le haga caso -murmuró el Loco en el oído del Coronel-. Es una malcriada.
La esposa seguía gimiendo cuando izaron por fin la caja y la dejaron entre los mapas. La luz pálida del amanecer entraba por las ranuras de la ventana. El Coronel se sorprendió por el orden escrupuloso de los objetos y reconoció el momento en que Arancibia había interrumpido la batalla del Ebro en la mesa de arena.
Tardaron otro largo rato en cubrir a la Difunta con parvas de legajos y expedientes. A medida que las hojas iban apagándolo, el cuerpo se defendía lanzando señales tenues: un hilo muy delgado de olores químicos y un reflejo que, al flotar en el aire quieto, parecía incubar una redecilla de nubecitas grises.
– ¿Siente? -dijo el Loco-. La mujer se ha movido.
Retiraron los papeles y la observaron. Estaba quieta, impávida, con la misma sonrisa leve que tanto inquietaba al Coronel. Se quedaron mirándola hasta que la mañana se les confundió con la eternidad. Entonces volvieron a cubrirla con su mortaja de papeles.
A ratos les llegaba el quejido de la esposa. Oían frases desgarradas, sílabas que tal vez dijeran: «Sed, duardo. Sed, agua», nada claro. Los sonidos daban vueltas ciegas de moscardón, sin resignarse a partir.
Había dos cerraduras en la pesada puerta de nogal de la bohardilla, al pie de la escalera. Arancibia mostró las llaves de bronce, largas, antes de introducirlas en las ranuras y girar.
– Son las únicas -dijo-. Si se pierden, hay que voltear la puerta.
– Es una puerta cara -opinó el Coronel-. No me gustaría romperla.
Eso había sido todo. Se había marchado y, en el mismo instante, había empezado a extrañarla.
Durante las semanas que siguieron el Coronel se esforzó seriamente en olvidar la soledad y el desvalimiento de Evita. Está mejor como está ahora, se repetía. Ya no la asedian los enemigos ni hay que protegerla de las flores. La luz de la ventana se desliza por su cuerpo al atardecer. ¿Y él que ganaba con eso? La ausencia de Evita era una tristeza difícil de soportar. A veces encontraba, pegados en las paredes de la ciudad, restos de afiches con su cara. En jirones, manchada, la Difunta sonreía sin inteligencia desde ese ningún lugar. Dios mío, cómo la extrañaba. Maldecía la hora en que había aceptado el plan de Arancibia. Si lo hubiera examinado un poco más le habría encontrado fallas. Y Ella estaría escondida en algún rincón de su despacho. Podría levantar la tapa de la caja en ese mismo instante y contemplarla. ¿Por qué no lo había hecho? Dios mío, cómo la odiaba, cómo la necesitaba.
Anotaba en sus fichas las nadas que sucedían:
7 de mayo. Mandé a lustrar las bolas y las espuelas. No pasó nada. //11 de mayo. Me encontré con Cifuentes en la Richmond. Tomé siete claritos. No conversamos de nada. /13 de junio. Fui a misa de diez en el Socorro. Vi a la viuda del general Lonardi. La encontré un poco decaída. Amagué saludarla. Me torció la cara. Domingo, en el Servicio: no había nadie.
El 9 de junio, poco antes de la medianoche, oyó una escuadrilla de aviones de transporte que volaba rumbo al sur. Se asomó la ventana y le extrañó no ver luces en el cielo: sólo el fragor de las hélices y la oscuridad helada. Entonces sonó el teléfono. Era el ministro de ejército.
– Se alzó el tirano, Moori -dijo.
– ¿Ha vuelto? -preguntó el Coronel.
– Cómo se le ocurre -dijo el ministro-. Ése no vuelve más. Se alzaron unos pocos dementes que siguen creyendo en él. Vamos a decretar la ley marcial.
– Sí, mi general.
– Usted tiene una responsabilidad: el paquete. -el presidente y los ministros llamaban a la Difunta «el paquete”-. Si alguien trata de quitárselo, no dude ni un instante. Fusílelo.
– La ley marcial -repitió el Coronel.
– Eso: no dude.
– ¿Dónde han dado el golpe? -preguntó el Coronel.
– En La Plata. En La Pampa. No tengo tiempo de explicarle. Muévase, Moori. La llevan de bandera.
– No entiendo, mi general.
– Los rebeldes llevan una bandera blanca. En el medio hay una cara. Es la de ella.
– Sólo un detalle más, mi general. ¿Hay nombres? ¿Han identificado a los delincuentes?
– Usted debiera saberlo mejor que yo y no lo sabe. En una plaza de La Plata han encontrado panfletos. Los firma un tal Comando de la Venganza. Eso explica bien claro de qué gente se trata. Quieren venganza.
Antes de salir, oyó las órdenes de combate. Cada cinco minutos las leían por radio: “Se aplicarán las disposiciones de la nación en tiempos de guerra. Todo oficial de las fuerzas de seguridad podrá ordenar juicio sumarísimo y penas de fusilamiento a los perturbadores de la seguridad pública”.
El Coronel se puso el uniforme y ordenó que veinte soldados lo acompañaran a Saavedra. Sentía la garganta seca y el pensamiento enmarañado. Vio las heridas de las estrellas en el cielo limpio. Se alzó el cuello del capote. El frío era atroz.
Montó un puesto de guardia a la entrada de los chalets y dispuso rondas de tres hombres por las escasas calles del barrio. Se ocultó en una esquina, bajo un porche, y miró cómo pasaba la noche. Entre dos azoteas blancas encontró la silueta de la bohardilla. Evita estaba allí y él no se animaba a subir y a mirarla. Debían de estar siguiéndolo. Adonde el vaya -dirían los del Comando de la Venganza- ha de estar Ella. ¿Cómo la llamarían? Al Coronel le intrigaban los infinitos nombres que le daba la gente: Señora, Santa, Evita, Madre mía. Él también la llamaba Madre mía cuando el desconsuelo se posaba en su corazón. Madre mía. Estaba allí, a unos pasos, y no podía tocarla. Pasó dos veces frente al chalet del Loco. Había una luz en lo alto: azul, velada, una luz de vapores. ¿O eran ideas? Un río de sonidos le llegaba desde alguna parte y no sabía de dónde: «Esta es la luz de la mente, fría y planetaria. Los árboles de la mente son negros. La luz es azul».
Alguien lo tomó del brazo al amanecer. Era el Loco. Parecía recién bañado. El pelo relucía bajo una coraza de gomina fresca.
– Voy a relevarlo, mi coronel -dijo-. Ya ha terminado todo.
– ¿Qué hace aquí, Arancibia? Debería estar en su casa, cuidándola.
– Ella se cuida sola. No necesita a nadie. Cada día vive más.
No era la primera vez que lo decía: «Cada día vive más». Son frases propias de este país, pensaba el Coronel. No se podrían oír en otra parte: «Cada día vive más. Cada día canta mejor».
– ¿Cómo sabe que ha terminado todo? -preguntó.
– Llamé al comando en jefe. Nadie resiste. Ya han fusilado a quince. Nadie va a quedar vivo. El presidente quiere un escarmiento.
– Mejor así. Que los maten a todos -dijo el Coronel. Metió las manos en los bolsillos del capote. Sintió el peso de la oscuridad en la garganta sedienta. Casi no le quedaba voz cuando habló otra vez: