Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Santa Evita». Краткое содержание книги:

Diosa, reina, se?ora, madre, benefactora, ?rbitro de la moda y modelo nacional de comportamiento. Santa Evita para unos y para otros una analfabeta resentida, trepadora, loca y ordinaria, presidenta de una dictadura de mendigos.
1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 76
Перейти на страницу:

– No te diste cuenta de lo mal, de lo desesperada que estaba Evita.

– Qué va a estar desesperada -dijo Emilio-. Es una lunática. Me preguntó qué haría yo si te quedabas embarazada.

– ¿Y vos qué harías? ¿Qué le contestaste?

– Qué sé yo -mintió Emilio-. Me habría casado. Te habría hecho infeliz.

– Ella estuvo embarazada -dijo Mercedes-. Evita. Pero eso no fue un problema. Ni el padre ni Ella querían tener el hijo. El porque ya estaba casado, Ella para no arruinar su carrera. El problema fue que el aborto acabó en desastre. Una carnicería. Le rompieron el fondo del útero, los ligamentos, la trompa. A la media hora cayó bañada en sangre, con peritonitis. Tuvieron que internarla de emergencia en una clínica. Tardó más de dos meses en reponerse. Yo fui la única persona que la iba a ver todos los días. Casi se muere. Estuvo al borde. Casi se muere.

– ¿Y el que la embarazó? -preguntó Emilio- ¿Qué hizo?

– No se portó mal. Es un buen hombre. Pagó hasta el último centavo de la clínica. Ni siquiera falló con la comadrona. No la eligió él.

– Esas cosas le pasan a cualquiera -dijo Emilio-. Son terribles, pero le pasan a cualquiera. Debía dar gracias por seguir viva.

– En esos meses prefería estar muerta. Cuando por fin el tipo la supo a salvo, se rajó a Europa. Ella casi perdió la carrera. Imagináte. No salía en las revistas, nadie la llamaba. La salvó una nota providencial de Antena que la mostraba como una estrellita ociosa. «Si Eva Duarte no trabaja es porque no le ofrecen papeles a su altura, decía la nota. La gente se traga esas píldoras. Después, la salvó el golpe militar. El teniente coronel que dirige las radios se enamoró de ella.

– Entonces ya no necesita que la protejas -dijo Emilio.

– Claro que necesita, porque ahora no quiere a nadie. No quiere nada dijo Mercedes-. El teniente coronel que le arrastra el ala es casado, como todos los tipos que le han tocado en la vida. Un día de éstos Evita es capaz de llamar a la puerta de su casa y pegarse un tiro ahí mismo, delante de su cara.

Emilio apagó la luz y se quedó mirando la oscuridad. Afuera, el viento movía los árboles y levantaba las astillas de voces que habían quedado en la calle, a la deriva.

Después, como ya nada importaba, llegó el olvido.

Volvió a encontrarse con Evita siete años después, en una ceremonia oficial.

– No me reconoció -dijo Emilio-, o fingió que no me reconocía. Era otra. Parecía llena de luz. Parecía que en vez de un alma tuviera dos, o muchas. Pero la tristeza seguía rondándola. Cuando Ella menos se daba cuenta, la tristeza le tocaba el hombro y le recordaba el pasado.

Fui fiel a lo que me contó Emilio Kaufman pero no sé si Emilio fue fiel a lo que sabía de Evita. En su relato desentonaban unos pocos nombres y fechas, que he corregido al cotejarlos con las memorias de otra gente. Pude verificar que Evita estuvo internada con el nombre de María Eva Ibarguren en la clínica Otamendi y Miroli de Buenos Aires, entre febrero y mayo de 1943. La clínica ya no conserva los archivos de esa época, pero el Coronel copió la ficha de ingreso y la dejó, con sus demás papeles, en la casa de Cifuentes. No pude dar con Mercedes Printer, aunque sé que vive en algún lugar de México desde 1945. Las historias se pierden o se desfiguran. La memoria del mundo pasa de largo y se retira cada vez más lejos. El mundo pasa de largo y la memoria rara vez encuentra el lugar de su extravío.

11 UN MARIDO MARAVILLOSO

El Coronel llevaba meses atormentándose por haber dejado marchar a Evita. Nada tenía sentido sin Ella. Cuando bebía (y cada noche de soledad bebía más), se daba cuenta de que era una estupidez seguir llevándola de un lado a otro. ¿Por qué tenía que entregarla a gente desconocida para que la cuidara? ¿Por qué no le permitían hacerlo a él, que la iba a defender mejor que nadie? Lo mantenían lejos de su cuerpo, como si se tratara de una novia virgen. Era una estupidez, pensaba, tomar tantas precauciones con una mujer casada, ya mayor, que desde hacía más de tres años estaba muerta. Dios mío, cómo la extrañaba. ¿Era él quien daba las órdenes o eran otros? Se había perdido a sí mismo. Esa mujer o el alcohol o la fatalidad de ser un militar lo habían perdido.

Dios mío, la extrañaba. Sólo la había visitado tres veces en el verano y la primavera, pero jamás a solas: Arancibia, el Loco, estaba siempre allí, al acecho de los signos sutiles que alteraban el cuerpo. «Fíjese, Coronel, hoy está más oscura», decía. «Vea cómo se le ha inflamado la arteria plantar, cómo le sobresalen los tendones del extensor en los dedos. Quién sabe si esta mujer sigue viva.» Sentía una sed atroz. ¿Qué le estaba pasando? Tenía sed todo el tiempo. No había fuego ni alcohol que le quitara la sed de las insaciables entrañas.

Ya había pasado lo peor, pensaba. Nunca, sin embargo, nada era lo peor. Había sufrido al verla yaciendo entre muñecas, detrás de la pantalla del cine Rialto. La delgada capa de polvo que lamía el ataúd bajaba de vez en cuando hasta el cuerpo: al levantar la tapa, el Coronel había encontrado un tenue lunar de polvo en la punta de la nariz. Lo limpió con su pañuelo y antes de marcharse recomendó al proyectorista: «Airee esta pocilga. Ahuyente a los ratones con venenos. Mire si todavía, en un descuido, los bichos se comen a la difunta».

A la semana siguiente, sucedió lo que más había temido: el cuerpo amaneció rodeado de flores y de velas. No encontró cartas de amenaza: sólo un par de fósforos al lado del cajón. Era una pesadilla. Tarde o temprano la descubrían. ¿Quién, quiénes? El enemigo no aflojaba: parecía estar movido por una obsesión más honda que la suya.

Entre una y otra mudanza recurría, muy a su pesar, al embalsamador. Lo llamaba para que dijera si el cuerpo seguía intacto. Casi no hablaban. Ara se calzaba el guardapolvo y los guantes de goma, se encerraba dos o tres horas con la difunta, y al salir dictaminaba siempre lo mismo: «Está sana y salva, tal como la dejé».

Cada mañana, al entrar en su despacho, el Coronel anotaba en fichas los movimientos del cadáver. Quería que el presidente supiera cuánto había hecho para protegerlo de la adversidad, del fanatismo y de los incendios. Llevaba la cuenta de las horas en que la nómade iba y venía por la ciudad, sin puntos de llegada ni de partida. No había lugar seguro para Ella. Cada vez que la anclaban en alguna parte sucedía algo terrible.

Una vez más, el Coronel estudió sus fichas. Desde el 14 de diciembre de 1955 al 20 de febrero de 1956, la difunta estuvo tras la pantalla del cine Rialto: la habían dejado una noche de lluvia repentina y habían tenido que llevársela en pleno día, después de otra tormenta. El camión donde la retiraron quedó atascado en las honduras de la calle Salguero, bajo el puente del ferrocarril. Una carreta de mulas lo había remolcado. «El conductor me cobró sesenta pesos», anotó el Coronel en una de las fichas. «Esperé a que el carburador estuviera seco y dejé a Persona en la esquina de Viamonte y Rodríguez Peña las noches del 20 y 21 de febrero». En las fichas la llamaba a veces Persona, a veces Difunta, a veces ED o EM, abreviando Eva Duarte y Esa Mujer. Cada vez era más Persona y menos Difunta: él lo sentía en su sangre, que se enfermaba y cambiaba, y en otros como el mayor Arancibia y el teniente primero Fesquet, que ya no eran los mismos.

Desde el 22 de febrero hasta el 14 de marzo -leyó en las fichas-, Evita había yacido en paz en los depósitos militares de la calle Sucre 1835, sobre las barrancas de Belgrano. «La caja con el cuerpo, que entre nosotros llamamos "el cofre armero", está en la segunda línea de anaqueles, al fondo del galpón, entre martillos, vástagos de martillos, pasadores, cerrojos y agujas percutoras descartadas de una partida de pistolas Smith amp; Wesson. Nadie toca las cajas desde hace por lo menos cuatro años.» Entre el 10 y el 12 de marzo, Vigilancia descubrió a dos suboficiales, el cabo primero Abdala y el sargento Llubrán, observando de cerca el ataúd. «La mañana del 13», decía la ficha siguiente, «me apersoné en el depósito de Sucre para la inspección de rutina. Advertí en el cajón una hendidura o marca efectuada con navaja, en forma de media luna o letra ce, y a la derecha una raya diagonal, cuyo extremo inferior llega a la base de la ce, y que quizá sea la mitad de una letra ve sin terminar. ¿Comando de la Venganza? Galarza y Fesquet suponen que las hendiduras son raspones casuales. Arancibia, en cambio, coincide con mi opinión: la Difunta ha sido detectada. Ordeno que de inmediato sean detenidos los suboficiales Llubrán y Abdala y que se los someta al interrogatorio más severo.

No dicen nada. Ahora debemos trasladar a la Difunta en una nueva caja, dado que la anterior está marcada…

1 ... 45 46 47 48 49 50 51 52 53 ... 76
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)