Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
– La línea troncal va directa a la cámara y pasa por todos los niveles de la misma.
– ¿Y?
Stone estudiaba con atención el sistema de ventilación. En unlateral que no era visible desde la zona principal, Stone señaló algo.
Reuben y Caleb lo miraron.
– ¿Para qué querrían un panel de acceso en el conducto? -quiso saber Reuben.
Stone abrió el pequeño panel y observó el interior.
– Caleb, ¿recuerdas el conducto de ventilación situado cerca de donde encontraste a Jonathan? La rejilla estaba torcida, ¿no?
– Sí, recuerdo que me lo indicaste. ¿Y qué?
– Si alguien colocó una videocámara conectada a un cable largo dentro del conducto de ventilación de la cámara y dobló ligeramente la rejilla, la videocámara habría podido captar sin problemas la zona en la que Jonathan estuvo esa mañana. Y si había alguien aquí abajo con un receptor conectado al cable de la cámara, creo que vio todo lo que pasaba arriba, incluidos los movimientos de Jonathan.
– ¡Joder! -dijo Reuben-, y usaron el conducto de ventilación…
– Porque era el único lugar para pasar el cable. Una señal inalámbrica seguramente no atravesaría tanto hormigón y otros obstáculos -dijo Stone-. Creo que si inspeccionamos el tramo del conducto de ventilación situado detrás de la rejilla doblada, encontraremos alguna prueba de cómo colocaron la videocámara. La persona espera aquí abajo, ve a Jonathan por la cámara, acciona el interruptor manual tras haber desconectado la alarma y, en diez segundos, el gas se dispersa y Jonathan muere.
– Pero quienquiera que lo hiciera, tuvo que ir a recoger la video-cámara; ¿por qué no volvió a doblar la rejilla para dejarla recta? -preguntó Reuben.
– Tal vez lo intentó, pero cuando doblas una de esas rejillas cuesta mucho enderezarlas. -Miró a Caleb-. ¿Estás bien?
Caleb estaba lívido.
– Si lo que dices es cierto, entonces el asesino de Jonathan trabaja en la biblioteca. Nadie más podría haber entrado solo a la cámara.
– ¿Qué coño es eso? -farfulló Reuben.
Alarmado, Stone miró hacia la puerta.
– Alguien viene. Rápido, aquí detrás.
Se apiñaron detrás del sistema de ventilación; Reuben casi había tenido que arrastrar a un aterrorizado Caleb. Apenas se habían ocultado allí cuando las puertas dobles se abrieron. Entraron cuatro hombres, todos ataviados con monos azules. A continuación, entró una carretilla elevadora guiada por un quinto hombre. Otro, obviamente el jefe, sostenía una carpeta con sujetapapeles mientras los trabajadores lo rodeaban.
– Bien, nos llevaremos ésa, ésa y ésa -dijo señalando tres bombonas, dos de ellas conectadas a las tuberías-y las sustituiremos por las tres que hay en la carretilla elevadora.
Los hombres desconectaron con sumo cuidado las bombonas presurizadas de las tuberías mientras Stone, Caleb y Milton los observaban desde su escondite.
Reuben miró a Stone, quien negó con la cabeza y se llevó un dedo a los labios. Caleb temblaba tanto que Stone le sujetó un brazo, y Reuben el otro, para tratar de calmarlo.
Al cabo de media hora, ya habían colocado y sujetado las tres bombonas en la carretilla elevadora. Acto seguido, conectaron las tres bombonas nuevas a las tuberías. Luego la carretilla salió de la habitación, seguida de los hombres. En cuanto las puertas se hubieron cerrado, Stone se acercó a las bombonas recién instaladas y leyó las etiquetas.
– FM-200. Caleb, dijiste que la biblioteca dejaría de usar halón. Deben de haberlo sustituido por esta clase de inhibidor.
– Supongo -replicó Caleb.
– Bien, tenemos que seguirlos -anunció Stone.
– Por favor, Oliver, no -gimoteó Caleb.
– Caleb, tenemos que hacerlo.
– ¡No… quiero… morir!
Stone le sacudió con fuerza.
– ¡Vuelve en ti, Caleb! ¡Ahora mismo!
Caleb miró a Stone asombrado.
– Te agradecería que no me agredieras -barbotó.
Stone no le hizo caso.
– ¿Por dónde se va al muelle de carga?
Caleb se lo explicó y, mientras salían, sonó el móvil de Stone. Era Milton. Stone le resumió lo sucedido.
– Vamos a seguir las bombonas -dijo-. Os mantendremos informados.
Milton colgó y miró a Annabelle. Estaban en la habitación de hotel donde se alojaba Annabelle. Le contó lo que Stone le había dicho.
– Podría ser peligroso -advirtió Annabelle-. No saben dónde se están metiendo.
– Pero ¿qué podemos hacer?
– Somos el equipo de apoyo, ¿lo recuerdas?
Annabelle corrió hasta el armario, arrastró una maleta y sacó una cajita del interior.
Milton se sintió incómodo porque era una caja de tampones. Annabelle se percató de ello.
– No te hagas el tímido conmigo, Milton. Las mujeres siempre esconden cosas en las cajas de tampones. -Abrió la caja, sacó algo y se lo guardó en el bolsillo-. Han dicho que la empresa se llama Fire Control. Supongo que ahora irán al almacén de la empresa. ¿Podrías localizarla?
– En el hotel hay conexión inalámbrica, así que puedo buscarla en Internet -dijo Milton, mientras tecleaba rápidamente.
– Bien. ¿Hay alguna tienda de bromas por aquí cerca? -le preguntó Annabelle.
Milton caviló al respecto unos instantes.
– Sí, y también tiene cosas de magia. Abre hasta tarde.
– Perfecto.
Capítulo 37
El Nova siguió a la camioneta de Fire Control, Inc., a una distancia prudencial. Caleb conducía, Stone iba a su lado, y Reuben, en la parte de atrás.
– ¿Por qué no llamamos a la policía y lo dejamos en sus manos? -preguntó Caleb.
– ¿Y qué les decimos? -repuso Stone-. Dijiste que la biblioteca sustituiría el viejo sistema antiincendios. En apariencia, eso es precisamente lo que están haciendo esos hombres, y podría poner sobre aviso a la gente equivocada. Necesitamos sigilo, no a los polis.
– ¡Maravilloso! -exclamó Caleb-. O sea, ¿qué tengo que arriesgar mi vida en lugar de que lo haga la policía? La verdad es que no sé para qué cono pago impuestos.
La camioneta giró a la izquierda y luego a la derecha. Habían dejado atrás la zona del Capitolio y habían llegado a una parte más decadente de la ciudad.
– Aminora-dijo Stone-. La camioneta está parando.
Caleb aparcó junto al bordillo. La camioneta se había detenido frente a una puerta eslabonada que otro hombre abría desde dentro del complejo.
– Es un almacén -dijo Stone.
La camioneta entró y la puerta volvió a cerrarse.
– Bueno, aquí se acaba nuestra aventura -dijo Caleb, aliviado-. Por Dios, después de esta pesadilla necesito urgentemente un cappuccino descafeinado.
– Tenemos que pasar al otro lado -dijo Stone.
– Exacto -convino Reuben.
– ¡Estáis locos! -exclamó Caleb.
– Quédate en el coche si quieres, Caleb -le dijo Stone-, pero tengo que averiguar qué pasa ahí dentro.
– ¿Y si os pillan?
– Pues nos pillaron, pero creo que vale la pena intentarlo -respondió Stone.
– ¿Me quedo en el coche? -dijo Caleb lentamente-. Aunque no me parece justo si los dos os arriesgáis…
– Si tenemos que largarnos a toda prisa, es mejor que estés en el coche -le interrumpió Stone-listo para salir pitando.
– Desde luego, Caleb -afirmó Reuben.
– Bueno, si eso creéis… -Caleb sujetó el volante con fuerza y adoptó una expresión resuelta-. He salido derrapando a toda velocidad en más de una ocasión.
Stone y Reuben salieron del coche y se acercaron a la valla. Ocultos tras una pila de tablones viejos amontonados fuera del almacén, observaron la camioneta detenerse en un extremo del aparcamiento. Los hombres salieron del vehículo y entraron en el edificio principal. Al cabo de unos minutos, esos mismos hombres, con ropa de calle, se marcharon en sus coches. Un guardia de seguridad cerró la puerta con llave y regresó al edificio principal.