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La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]

Электронная книга - «La memoria de la Tierra [The Memory of Earth - es]». Краткое содержание книги:

Desde hace 40 millones de años la colonia humana del planeta Armonía ha sido regida por un poderoso ordenador conocido como Alma Suprema, que es venerado casi como un dios. Su misión consiste en mantener alejado al hombre de la capacidad destructiva que le obligó a abandonar la Tierra. La tecnología apenas existe en Armonía. Hay ordenadores y placas solares, pero el medio de transporte es el caballo y la única arma, la espada «energética». Alma Suprema, sin embargo, ha detectado fallos en sus propios sistemas y sólo podrá evitar una guerra catastrófica viajando a la Tierra de nuevo. Para ello debe escoger a un hombre íntegro y revelarle el antiguo conocimiento de los viajes a través de las estrellas.
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Aún sonreía, pero Elemak comprendió que la situación no era tan halagüeña como había esperado.

—Dime, Elya, ¿qué es esa nimiedad que debo hacer por tu padre, tan sólo porque él lo pide?

—Hay un índice —dijo Elemak—. Una antigualla que pertenece a la familia desde hace generaciones. i ›

—¿Un índice? ¿Por qué iba yo a tener un índice de la familia Wetchik?

—No lo sé. Supuse que tú sabrías a qué se refería. Padre lo llamó simplemente «el índice», así que pensé que estarías al corriente.

—Tengo montones de índices. Montones. —Gaballufix enarcó las cejas como si hubiera comprendido algo. Pero Elemak le había visto representar esa farsa, así que supo que era una treta—. A menos que te refieras… pero no, es absurdo, eso nunca perteneció a la casa de Wetchik.

Elemak le siguió el juego.

—¿De qué hablas?

—Del índice Palwasbantu, naturalmente. La única razón por la cual se fundó el clan, en los albores del tiempo. El más precioso objeto de toda Basílica.

Era natural que exagerase el valor del objeto, como cualquier mercader ávido de vender. Fingirá que ofrece el objeto más valioso del planeta para ponerle un precio ridículamente alto e iniciar el regateo.

—Entonces no puede ser eso —resolvió Elemak—. Padre no le atribuía gran valor. Se trata de una cuestión sentimental. Su abuelo lo tenía y se lo prestó al consejo del clan para que lo pusiera a buen recaudo durante sus viajes. Ahora Padre lo quiere llevar consigo.

—Ah, pues es ése. Su abuelo lo tuvo, pero sólo como guardián temporal. El clan Palwashantu delegó el cuidado en manos del Wetchik; él se hartó de la carga y lo devolvió. Ahora se ha designado otro guardián… yo. Y no me he hartado. Di a tu padre que agradezco su afán de asistirme en mis obligaciones, pero me las apañaré sin su ayuda varios años más.

Era momento de mencionar el precio. Elemak aguardó, pero Gaballufix no dijo nada. El silencio se prolongó durante varios minutos y Gaballufix se levantó de la mesa.

—De todos modos, querido hermano, me alegro de verte en la ciudad. Espero que te quedes mucho tiempo… tu respaldo me vendrá bien. Más aún, ahora que tu padre se ha ido, me valdré de toda mi influencia para tratar de designarte Wetchik en su lugar.

Esto no era lo que Elemak esperaba. Reafirmaba una intolerable relación entre Elemak y su herencia.

—Padre es Wetchik —dijo—. Él no ha muerto, y cuando él muera seré Wetchik sin ayuda de nadie.

—¿No ha muerto? —preguntó Gaballufix—. Entonces, ¿dónde está? No veo a mi viejo amigo Wetchik… pero veo al hijo que sacará mayor partido de su muerte.

—Mis hermanos también serán testigos de que Padre está vivo.

—¿Y dónde están?

Elemak estuvo a punto de revelar que se ocultaban a poca distancia de la ciudad. Luego comprendió que esto era precisamente lo que Gaballufix deseaba saber: quiénes eran los aliados de Elemak y dónde se escondían.

—¿No ibas a pensar que entraría solo en la ciudad cuando mis hermanos ansiaban regresar a Basílica tanto como yo?

Gaballufix sabía que Elemak mentía, o cuando menos sabía que la huella del pulgar de Elemak era la única que se había registrado en las puertas de la ciudad. Pero no podía saber si Elemak sólo fingía y sus hermanos estaban en las honduras del desierto o si habían burlado a los guardias de las puertas y se encontraban en la ciudad, planeando alguna trapisonda que fuera motivo de preocupación para Gaballufix. Aun así, no mencionó que sabía que Elemak era el único que había entrado legalmente. Sería como admitir que tenía pleno acceso a los ordenadores de la ciudad.

—Me alegro de que hayan podido regresar a los placeres de la capital —dijo Gabya—. Pero deben andarse con cuidado. Me temo que Roptat y su pandilla han introducido elementos indeseables, y aunque yo ayudo a la ciudad permitiendo que algunos empleados míos trabajen fuera de hora patrullando las calles, también es posible que unos jóvenes que vagan a solas se enreden en incidentes infortunados, a veces peligrosos.

—Les avisaré de que se cuiden.

—Y también tú, Elemak. Me preocupo por ti, hermano mío. Algunos creen que tu padre estaba involucrado en una conspiración contra Roptat. Imagina qué sucedería si desquitaran su rencor contigo.

Elemak comprendió que su misión había fracasado. Gabya creía que Elemak lo había traicionado, o bien había llegado a la conclusión de que ya no le era útil y podía ser tan peligroso que valía la pena matarlo. Ya no había esperanzas de conseguir nada fingiendo cortesía fraternal. Pero quizá conviniera adoptar otra táctica.

—Vamos, Gabya, sabes que eres tú quien ha propagado esa patraña acerca de la conspiración de Padre contra Roptat. ¿O no recuerdas que ése era el plan? Que Padre fuera sorprendido en el cobertizo con el cadáver de Roptat. No sería condenado, pero quedaría implicado, desacreditado. Sólo que Padre no fue, y Roptat no se expuso a tus matones, y ahora intentas rescatar ese plan. Nos sentamos aquí a hablar de él… ¿por qué fingir ahora que no sabemos lo que ocurre?

—Pero no sabemos lo que ocurre —replicó Gaballufix—. No sé de qué estás hablando. ,fe Elemak lo miró con desprecio.

—Y pensar que una vez creí que eras capaz de conducir a Basílica hacia la grandeza. Ni siquiera supiste neutralizar a la oposición cuando tuviste la oportunidad.

—Me traicionaron hombres necios y cobardes.

—Esa es la excusa que los necios y cobardes dan por sus fracasos… y siempre es sincera, mientras comprendas que te refieres a tu propia traición.

—¿Tú me llamas necio y cobarde? —Gaballufix se enfurecía, perdía los estribos. Elemak nunca lo había visto así, excepto en arrebatos ocasionales. No sabía si podía enfrentarlo, pero le satisfacía haber desbaratado la cortés indiferencia que Gabya había exhibido hasta aquel momento—. Al menos no me escabullí en plena noche. Al menos no creí todas las historias que me contaban, por imbéciles que fueran.

—¿Y yo sí? Olvidas, Gabya, que eras tú quien me contaba historias. ¿Cuál fue la más imbécil? ¿Que sólo actuabas pensando en el interés de Basílica? Pues nunca la creí… sabía que andabas persiguiendo lucro y poder. O quizá pienses que creí la historia de que realmente amabas a mi padre e intentabas protegerlo de una enmarañada situación política. ¿Supones que me lo creí? Le has odiado desde que Rasa te abandonó y se casó con él, y le has odiado más con cada año que ellos han pasado juntos.

—¡Eso nunca me importó! ¡Rasa no significa nada para mí!

—Incluso ahora es el único público a quien procuras complacer… Vas a su casa y te pavoneas como un gallo, alardeando de tu poder. Deberías oír cómo se ríe de ti. —Elemak sabía que al decir semejante cosa ponía a Rasa en grave peligro, pero era un juego arriesgado y era imposible ganar sin exponerse. Además, Rasa sabía manejar a Gaballufix.

—¿Se ríe? Ella no se ríe. Ni siquiera has hablado con Rasa.

—Mírame… ¿Ves el polvo del desierto en mis ropas? Me bañé en su casa. Seré compañero de su sobrina favorita. Me dijo que preferiría haberse apareado con un conejo que pasar otra noche contigo.

Por un instante temió que Gaballufix desenfundara un arma para matarlo en el acto. Pero Gabya se distendió, sonrió.

—Ahora sé que estás mintiendo. Rasa jamás diría semejante grosería.

—Claro que me lo he inventado —dijo Elemak—. Sólo quería ver quién era el necio que se creía todas las historias que oía.

—Una cosa es creer por un momento. Muy distinto es creer en las ideas más estúpidas y aferrarse a ellas.

Elemak comprendió de pronto a qué mentira se refería Gaballufix. Y Gabya tenía razón: Elemak era un necio por haberla creído, y más necio aún por seguir creyéndola hasta ahora.

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