El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
El día anterior, Bencio había dicho que con tal de conseguir un libro raro estaba dispuesto a cometer actos pecaminosos. No mentía ni bromeaba. Sin duda, un monje debería amar humildemente sus libros, por el bien de estos últimos y no para complacer su curiosidad personal, pero lo que para los legos es la tentación del adulterio, y para el clero secular la avidez de riquezas, es para los monjes la seducción del conocimiento.
Hojeé el catálogo y empezó un baile de títulos misteriosos: Quinti Sereni de medicamentis, Phaenomena, Liber Aesopi de natura animalium, Liber Aethici peronymi de cosmographia, Libri tres quos Arculphus episcopus Adamnano escipiente de locis sanctis ultramarinis designavit conscribendos, Libellus Q. Iulii Hilarionis de origine mundi, Solini Polyhistor de situ orbis terrarum et mirabilibus, Almagesthus…[85] No me asombré de que el misterio de los crímenes girase en torno a la biblioteca. Para aquellos hombres consagrados a la escritura, la biblioteca era al mismo tiempo la Jerusalén celestial y un mundo subterráneo situado en la frontera de la tierra desconocida y el infierno. Estaban dominados por la biblioteca, por sus promesas y sus interdicciones. Vivían con ella, por ella y, quizá, también contra ella, esperando, pecaminosamente, poder arrancarle algún día todos sus secretos. ¿Por qué no iban a arriesgarse a morir para satisfacer alguna curiosidad de su mente, o a matar para impedir que alguien se apoderase de cierto secreto celosamente custodiado?
Tentaciones, sin duda; soberbia del intelecto. Muy distinto era el monje escribiente que había imaginado nuestro santo fundador: capaz de copiar sin entender, entregado a la voluntad de Dios, escribiente en cuanto orante, y orante en cuanto escribiente. ¿Qué había sucedido? ¡Oh, sin duda, no sólo en eso había degenerado nuestra orden! Se había vuelto demasiado poderosa, sus abades rivalizaban con los reyes. ¿Acaso Abbone no era un ejemplo de monarca que con ademán de monarca intentaba dirimir las controversias entre los monarcas? Hasta el saber que las abadías habían acumulado se usaba ahora como mercancía para el intercambio, era motivo de orgullo, de jactancia, y fuente de prestigio. Así como los caballeros ostentaban armaduras y pendones, nuestros abades ostentaban códices con miniaturas. Y aún más (¡qué locura!) desde que nuestros monasterios habían perdido la palma del saber: porque ahora las escuelas catedralicias, las corporaciones urbanas y las universidades copiaban quizá más y mejor que nosotros, y producían libros nuevos… y tal vez fuese esta la causa de tantas desgracias.
La abadía donde me encontraba era, quizá, la última capaz de alardear por la excelencia en la producción y reproducción del saber. Pero precisamente por eso sus monjes ya no se conformaban con la santa actividad de copiar: también ellos, movidos por la avidez de novedades, querían producir nuevos complementos de la naturaleza. No se daban cuenta —entonces lo intuí confusamente, y ahora, cargado ya de años y experiencia, lo sé con seguridad— de que al obrar de ese modo estaban decretando la ruina de lo que constituía su propia excelencia. Porque si el nuevo saber que querían producir llegaba a atravesar libremente aquella muralla, con ello desaparecería toda diferencia entre ese lugar sagrado y una escuela catedralicia o una universidad ciudadana. En cambio, mientras permaneciera oculto, su prestigio y su fuerza seguirían intactos, a salvo de la corrupción de las disputas, de la soberbia cuodlibetal que pretende someter todo misterio y toda grandeza a la criba del sic et non. Por eso, dije para mí, la biblioteca está rodeada de un halo de silencio y oscuridad: es una reserva de saber, pero sólo puede preservar ese saber impidiendo que llegue a cualquiera, incluidos los propios monjes. El saber no es como la moneda, que se mantiene físicamente intacta incluso a través de los intercambios más infames; se parece más bien a un traje de gran hermosura, que el uso y la ostentación van desgastando. ¿Acaso no sucede ya eso con el propio libro, cuyas páginas se deshacen, cuyas tintas y oros se vuelven opacos, cuando demasiadas manos lo tocan? Precisamente, cerca de mí, Pacifico da Tivoli hojeaba un volumen antiguo, cuyos folios parecían pegados entre sí por efecto de la humedad. Para poder hojearlo debía mojarse con la lengua el índice y el pulgar, y su saliva iba mermando el vigor de aquellas páginas. Abrirlas significaba doblarlas, exponerlas a la severa acción del aire y del polvo, que roerían las delicadas nervaduras del pergamino, encrespado por el esfuerzo, y producirían nuevo moho en los sitios donde la saliva había ablandado, pero al mismo tiempo debilitado, el borde de los folios. Así como un exceso de ternura ablanda y entorpece al guerrero, aquel exceso de amor posesivo y lleno de curiosidad exponía el libro a la enfermedad que acabaría por matarlo.
¿Qué había que hacer? ¿Dejar de leer y limitarse a conservar? ¿Eran fundados mis temores? ¿Qué habría dicho mi maestro?
No lejos de mí, el rubricante Magnus de Iona estaba blandando con yeso un pergamino que antes había raspado con piedra pómez, y que luego acabaría de alisar con la plana. A su lado, Rábano de Toledo había fijado su pergamino a la mesa y con un estilo de metal estaba trazando líneas horizontales muy finas entre unos agujeritos que había practicado a ambos lados del folio. Pronto las dos láminas se llenarían de colores y de formas, y cada página sería como un relicario, resplandeciente de gemas engastadas en la piadosa trama de la escritura. Estos dos hermanos míos, dije para mí, viven ahora su paraíso en la tierra. Estaban produciendo nuevos libros, iguales a los que luego el tiempo destruiría inexorable… Por tanto, ninguna fuerza terrenal podía destruir la biblioteca, puesto que era algo vivo. Pero, si era algo vivo, ¿por qué no se abría al riesgo del conocimiento? ¿Era eso lo que deseaba Bencio y lo que quizá también había deseado Venancio?
Me sentí confundido y tuve miedo de mis propios pensamientos. Quizás no fuesen los más adecuados para un novicio cuya única obligación era respetar humilde y escrupulosamente la regla, entonces y en los años que siguieran… como siempre he hecho, sin plantearme otras preguntas, mientras a mi alrededor el mundo se hundía más y más en una tormenta de sangre y de locura.
Era la hora de la comida matinal. Me dirigí a la cocina. Los cocineros, de quienes ya era amigo, me dieron algunos de los bocados más exquisitos.
SEXTA
Mientras comía, vi en un rincón a Salvatore. Era evidente que ya había hecho las paces con el cocinero, pues estaba devorando con entusiasmo un pastel de carne de oveja. Comía como si nunca lo hubiese hecho en su vida: no dejaba caer ni una migaja. Parecía estar dando gracias al cielo por aquel alimento extraordinario.
Se me acercó y me dijo en su lenguaje estrafalario, que comía por todos los años en que había ayunado. Le pedí que me contara. Me describió una infancia muy penosa en una aldea donde el aire era malsano, las lluvias excesivas y los campos pútridos, en medio de un aire viciado por miasmas mortíferos. Por lo que alcancé a entender, algunos años, los aluviones que corrían por el campo, estación tras estación habían borrado los surcos, de modo que un moyo de semillas daba un sextario, y después ese sextario se reducía aún, hasta desaparecer. Los señores tenían los rostros blancos como los pobres, aunque —observó Salvatore— muriesen muchos más de éstos que de aquellos, quizá —añadió con una sonrisa— porque pobres había más… Un sextario costaba quince sueldos, un moyo sesenta sueldos, los predicadores anunciaban el fin de los tiempos, pero los padres y los abuelos de Salvatore recordaban que no era la primera vez que esto sucedía de modo que concluyeron que los tiempos siempre estaban a punto de acabar. Y cuando hubieron comido todas las carroñas de los pájaros, y todos los animales inmundos que pudieron encontrar, corrió la voz de que en la aldea alguien había empezado a desenterrar a los muertos. Como un histrión, Salvatore se esforzaba por explicar cómo hacían aquellos «homines malísimos» que cavaban con los dedos en el suelo de los cementerios al día siguiente de algún entierro. «¡Ñam!», decía, e hincaba el diente en su pastel de oveja, pero en su rostro yo veía la mueca del desesperado que devoraba un cadáver. Y además había otros peores, que, no contentos con cavar en la tierra consagrada, se escondían en el bosque, como ladrones, para sorprender a los caminantes. «¡Zas!», decía Salvatore, poniéndose el cuchillo en el cuello, y «¡Ñam!». Y los peores de todos atraían a los niños con huevos o manzanas, y se los comían, pero, aclaró Salvatore con mucha seriedad, no sin antes cocerlos. Me contó que en cierta ocasión había llegado a la aldea un hombre vendiendo carne cocida a un precio muy barato, y que nadie comprendía tanta suerte de golpe, pero después el cura dijo que era carne humana, y la muchedumbre enfurecida se arrojó sobre el hombre y lo destrozó. Pero aquella misma noche alguien de la aldea cavó en la tumba del caníbal y comió su carne, y cuando lo descubrieron, la aldea también lo condenó a muerte.
85
Quinti Sereni de medicamentis, [libro] de «Quinto Sereno sobre medicamentos»; Phaenoma, «Fenómenos»; Liber Aesopi de natura animalium; «Libro de Esopo acerca de la naturaleza de los animales»; Liber Aethici peronymi de cosmographia, «Libro de Etico perónimo [?] de cosmografía»; Libri tres quos Arculphus episcopios adamnano escipiente de locis sanctis ultramarinis designavit conscribendos, «Tres libros que el obispo Arculfo destinó para escribir sobre los santos lugares ultramarinos, recibiendo el encargo de escribirlos Adamnano [?]; Libellus Q. Iulii Hilarionis de origine mundi, «Librito de Q. Julio Hilarión sobre el origen del mundo»; Solini Polyhistor de situ orbis terrarum et mirabilibus, [Libro] «de Solino Polihistor [?] sobre el emplazamiento del mundo terráqueo y de sus maravillas» y Almagesthus) «El Almagesto».