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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Lo extraño es que Salvatore me contó esta historia como si se tratase de una empresa muy virtuosa. Y de hecho seguía convencido de que la muchedumbre de los pastorcillos se había puesto en marcha para conquistar el sepulcro de Cristo y liberarlo de los infieles. Y no logré persuadirlo de que esa sublime conquista ya se había logrado en la época de Pedro el Ermitaño y de San Bernardo, durante el reinado de Luis el Santo, de Francia. De todos modos, Salvatore no partió a luchar contra los infieles, porque tuvo que retirarse a toda prisa de las tierras francesas. Me dijo que se había dirigido hacia la región de Novara, pero no me aclaró demasiado lo que le sucedió allí. Por último, llegó a Casale, donde logró que lo admitieran en el convento de los franciscanos (creo que fue allí donde encontró a Remigio), justo en la época en que muchos de ellos, perseguidos por el papa, cambiaban de sayo y buscaban refugio en monasterios de otras órdenes, para no morir en la hoguera, tal como había contado Ubertino. Dada su larga experiencia en diversos trabajos manuales (que había realizado tanto con fines deshonestos, cuando vagaba libremente, como con fines santos, cuando vagaba por el amor de Cristo), el cillerero lo convirtió en su ayudante. Y por eso justamente hacía tantos años que estaba en aquel sitio, menos interesado por los fastos de la orden que por la administración del almacén y la despensa, libre de comer sin necesidad de robar y de alabar al Señor sin que lo quemaran.

Todo esto me lo fue contando entre bocado y bocado, y me pregunté qué parte había añadido su imaginación, y qué parte había guardado para sí.

Lo miré con curiosidad, no porque me asombrara su experiencia particular, sino al contrario, porque lo que le había sucedido me parecía una espléndida síntesis de muchos hechos y movimientos que hacían de la Italia de entonces un país fascinante e incomprensible.

¿Qué emergía de ese relato? La imagen de un hombre de vida aventurera, capaz incluso de matar a un semejante sin ser consciente de su crimen. Pero, si bien en aquella época cualquier ofensa a la ley divina me parecía igual a otra, ya empezaba a comprender algunos de los fenómenos que oía comentar, y me daba cuenta de que una cosa es la masacre que una muchedumbre, en arrebato casi ascético, y confundiendo las leyes del Señor con las del diablo, puede realizar, y otra cosa es el crimen individual perpetrado a sangre fría, astuta y calladamente. Y no me parecía que Salvatore pudiera haberse manchado con semejante crimen.

Por otra parte, quería saber algo sobre lo que había insinuado el Abad, y me obsesionaba la figura de fray Dulcino, para mí casi desconocida. Sin embargo, su fantasma parecía presente en muchas conversaciones que había escuchado durante aquellos dos días. De modo que le pregunté a bocajarro:

—¿En tus viajes nunca encontraste a fray Dulcino?

Su reacción fue muy extraña. Sus ojos, ya muy abiertos, parecieron salirse de las órbitas; se persignó varias veces; murmuró unas frases entrecortadas, en un lenguaje que esa vez me resultó del todo ininteligible. Creí entender, sin embargo, que eran negaciones. Hasta aquel momento me había mirado con simpatía y confianza, casi diría que con amistad. En cambio, la mirada que entonces me dirigió fue casi de odio. Después pretextó cualquier cosa y se marchó.

A aquellas alturas yo me moría de curiosidad. ¿Quién era ese fraile que infundía terror a cualquiera que oyese su nombre? Decidí que debía apagar lo antes posible mi sed de saber. Una idea atravesó mi mente. ¡Ubertino! Era él quien había pronunciado ese nombre la primera noche que lo encontramos. Conocía todas las vicisitudes, claras y oscuras, de los frailes, de los fraticelli y de otra gentuza que pululaba por entonces. ¿Dónde podía encontrarlo a aquella hora? Sin duda, en la iglesia, sumergido en sus oraciones. Y hacia allí, puesto que gozaba de un momento de libertad, dirigí mis pasos.

No lo encontré, ni lograría encontrarlo hasta la noche. De modo que mi curiosidad siguió insatisfecha, mientras sucedían los acontecimientos que ahora debo narrar.

NONA

Donde Guillermo habla con Adso del gran río de la herejía, de la función de los simples en la iglesia, de sus dudas acerca de la cognoscibilidad de las leyes generales, y casi de pasada le cuenta cómo ha descifrado los signos nigrománticos que dejó Venancio.

Encontré a Guillermo en la herrería, trabajando con Nicola, los dos bastante enfrascados en su trabajo. Habían dispuesto sobre la mesa un montón de pequeños discos de vidrio, quizá ya listos para ser insertados en una vidriera, y con instrumentos idóneos habían reducido el espesor de algunos a la medida deseada. Guillermo los estaba probando poniéndoselos delante de los ojos. Por su parte, Nicola estaba dando instrucciones a los herreros para que fabricaran la horquilla donde habrían de engastarse los vidrios adecuados.

Guillermo refunfuñaba irritado, porque la lente que más le satisfacía hasta ese momento era de color esmeralda, y decía que no le interesaba ver los pergaminos como si fuesen prados. Nicola se alejó para vigilar el trabajo de los herreros. Mientras trajinaba con sus vidrios, le conté a mi maestro la conversación con Salvatore.

—Se ve que el hombre ha tenido una vida muy variada —dijo—, quizá sea cierto que ha estado con los dulcinianos. Esta abadía es un verdadero microcosmos; cuando lleguen los enviados del papa Juan y de fray Michele el cuadro estará completo.

—Maestro —le dije— ya no entiendo nada.

—¿A propósito de qué Adso?

—Ante todo, a propósito de las diferencias entre los grupos heréticos. Pero sobre esto os preguntaré después. Lo que me preocupa ahora es el problema mismo de la diferencia: Cuando hablasteis con Ubertino me dio la impresión de que tratabais de demostrarle que los santos y los herejes son todos iguales. En cambio, cuando hablasteis con el Abad os esforzasteis por explicarle la diferencia que va de hereje a hereje, y de hereje a ortodoxo. O sea que a Ubertino lo censurasteis por considerar distintos a los que en el fondo son iguales, y al Abad por considerar iguales a los que en el fondo son distintos.

Guillermo dejó un momento las lentes sobre la mesa:

—Mi buen Adso, tratemos de hacer algunas distinciones, incluso a la manera de las escuelas de París. Pues bien, allí dicen que todos los hombres tienen una misma forma sustancial, ¿verdad?

—Así es —dije, orgulloso de mi saber—. Son animales, pero racionales, y se distinguen por la capacidad de reír.

—Muy bien. Sin embargo, Tomás es distinto de Buenaventura, y el primero es gordo mientras que el segundo es flaco, e incluso puede suceder que Uguccione sea malo mientras que Francesco es bueno, y que Aldemaro sea flemático mientras que Agilulfo es bilioso. ¿O no?

—Qué duda cabe.

—Entonces, esto significa que hay identidad, entre hombres distintos, en cuanto a su forma sustancial, y diversidad en cuanto a los accidentes, o sea en cuanto a sus terminaciones superficiales.

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