Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
Con una sonrisa cada vez más amplia, Susannah se despidió con la mano de Royce, y se alejó.
Royce la observó mientras se marchaba, y se encogió de hombros; después de sus años de exilio social, ella tenía razón… no conocía sus gustos adultos tan bien.
Estaba a punto de mirar a su alrededor buscando a su ama de llaves cuando Margaret elevó la voz, dirigiendo a todo el mundo de vuelta al salón. Royce hubiera preferido cualquier otra ubicación, pero al ver que Minerva se adelantaba del brazo de Rohan, se colocó en la parte de atrás de la multitud.
La reunión en el salón fue tan tranquila como de costumbre; en lugar de recordar a su ama de llaves sus intenciones, charló con sus primos, y mantuvo un ojo en ella, que estaba al otro lado de la habitación.
Desdichadamente, ella no estaba tranquila. Se unió al grupo de las mujeres, incluida Susannah, que tenían habitaciones en el ala este; se marchó con ellas, dirigiéndolas con destreza por las amplias escaleras principales… Royce no se molestó en seguirlas. No tuvo oportunidad de posar sus manos sobre ella, y de dirigirla a su habitación, antes de que ella alcanzara la suya.
Se retiró poco después, considerando sus opciones, mientras subía las escaleras principales. Se uniría con Minerva en su cama. Ella armaría un alboroto, e intentaría ordenarle que se fuera, intentaría ahuyentarlo, pero una vez que la tuviera entre sus brazos, cualquier rechazo habría terminado.
Había un cierto atractivo en un acercamiento directo de ese tipo. Sin embargo… caminó directamente hasta su apartamento, abrió la puerta, entró y la cerró firmemente a su espalda.
Entró en su dormitorio, y miró su cama.
Y aceptó que, aquella vez, ella había triunfado.
Ella había ganado la batalla, pero no ganaría la guerra.
Entró en su vestidor, se quitó la chaqueta y la dejó a un lado. Mientras se desnudaba lentamente, volvió a la razón por la que no había acudido a su habitación.
En Londres siempre había acudido a las camas de sus amantes. El nunca había llevado a ninguna dama a la suya. A Minerva, sin embargo, la quería en su cama, y en ninguna otra.
Desnudo, volvió a la habitación y miró de nuevo la cama. Sí, aquella cama. Levantó las lujosas mantas y, tras deslizarse entre las sábanas de seda y recostarse sobre los gruesos almohadones, miró el dosel del techo.
Allí era donde la quería, yaciendo bajo él, hundida en el colchón.
Aquella era su visión, su objetivo, su sueño.
A pesar de la lujuria, del deseo y de toda aquella debilidad de la carne, no iba a conformarse con nada menos.
CAPÍTULO 11
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, Royce estaba acalorado, enrojecido, sudoroso… inclinado contra una barandilla con un grupo de hombres, todos trabajadores del ducado, en un campo de una de sus granjas arrendadas, compartiendo una cerveza, pan y trozos de un curado queso local.
Los hombres a su alrededor casi habían olvidado que él era su duque; él casi lo había olvidado, también. Sin la chaqueta ni el pañuelo, y con las mangas subidas, su cabello negro y todo lo demás cubierto por la inevitable suciedad de cortar y empacar el heno, de no ser por la calidad de sus ropas y facciones, podría haber pasado por un granjero que se hubiera detenido a ayudar.
En lugar de eso, era el propietario ducal, atraído hasta allí por su ama de llaves.
Se había preguntado qué habría planeado Minerva aquel día… qué camino habría elegido para evitarlo. La había extrañado en el desayuno pero, mientras caminaba ante la ventana del estudio, dictando a Handley, la había visto cabalgando por los campos.
Después de terminar con Handley, la siguió.
Por supuesto, ella no esperaba que él apareciera en la siega del heno, y mucho menos que el día evolucionara como lo había hecho, debido al impulso que había surgido en el duque de ofrecer su ayuda.
Ya había cortado heno antes, hacía tiempo, cuando se escapaba del castillo y, contra los deseos de su padre, trabajaba hombro con hombro con los labriegos del ducado. Su padre había sido muy riguroso en cuanto al protocolo y la propiedad, pero él nunca había sentido la necesidad de mantenerse fiel a ello e insistir en cada privilegio en todo momento.
Algunos de los hombres lo recordaban de hacía tiempo, y se habían sentido encantados de aceptar su ayuda… ofrecida, tenía que admitirlo, más para ver la reacción de Minerva que para cualquier otra cosa.
Ella lo miró a los ojos, y después se giró y ofreció su ayuda a las mujeres. Trabajaron junto a ellos las siguientes horas, Royce blandiendo una guadaña en una hilera con los hombres, y Minerva siguiéndolos con las mujeres, reuniendo el heno y atándolo hábilmente en gavillas.
Lo que había comenzado como una competición no expresada había evolucionado en un día de exhaustivo pero satisfactorio trabajo. Royce no había trabajado físicamente tan duro en toda su vida, pero él, y su cuerpo, estaban inesperadamente relajados.
Desde donde las mujeres estaban reunidas, Minerva vio a Royce inclinado contra la verja que cerraba el campo que casi habían terminado de segar, observó su garganta (la larga columna desnuda) trabajar mientras tragaba cerveza de una taza llena de una jarra que los hombres estaban pasándose… y se sorprendió.
Era muy diferente a su padre en muchos y variados aspectos.
Estaba entre los hombres, compartiendo la camaradería inducida por haber compartido el trabajo, sin la más mínima preocupación por su camisa, húmeda con verdadero sudor, abierta hasta el pecho, delineando los poderosos músculos de su torso, flexionándose y moviéndose con cada movimiento. Su cabello negro no solo estaba revuelto, sino polvoriento, y su piel estaba débilmente quemada por el sol. Sus largas y delgadas piernas, vestidas con las botas que su preciado Trevor no dudaría en chillar al verlas más tarde, estaban extendidas ante él; mientras lo observaba cambió de postura, colocando un duro muslo contra la verja detrás de él.
Sin abrigo y con la camisa pegada a su cuerpo, podía ver claramente su cuerpo… podía apreciar mejor sus anchos hombros, el amplio y musculoso pecho, las estrechas caderas, y esas largas y fuertes piernas de jinete.
Para cualquier mujer a este lado de la tumba, la vista hacía la boca agua; no era la única que estaba babeando. Con el atuendo ducal quitado, quedando solo el hombre debajo, parecía el macho más abiertamente sexual que había visto nunca.
Se obligó a apartar la mirada, a dedicar su atención a las mujeres y a mantenerla allí, fingiendo estar absorta en la conversación. Las rápidas miradas que las mujeres más jóvenes echaban hacia la verja rompieron su resolución… y se encontró de nuevo mirando en su dirección. Se preguntó cuándo había aprendido a usar una guadaña; utilizarla no era algo que se aprendiera en un momento.
Cuando terminaron el almuerzo, los hombres siguieron hablando con él vorazmente; por sus gestos y los del duque, estaba en uno de sus interrogatorios disfrazados.
Si no otra cosa, había incrementado su opinión de su inteligencia, y de su habilidad para cosechar y catalogar hechos… y esa evaluación ya había sido alta. Aunque ambas cosas eran atributos que siempre había tenido, los había desarrollado significativamente con el paso de los años.
En contraste, su habilidad con los niños era una habilidad que nunca había imaginado que poseyera. Ciertamente, no la había heredado; sus padres se habían adherido a la máxima de que los niños deben verse, y no oírse. Aunque cuando se detuvieron para descansar antes, Royce se había fijado en que los niños de los trabajadores estaban mirando a Sable, que esperaba atado no demasiado pacientemente en un poste cercano; dejando a un lado las recomendaciones de sus madres de que no le dejaran darle la lata, se acercó y dejó que los niños hicieran eso precisamente.
Había respondido a sus preguntas con una paciencia que ella encontraba destacable, y después, para sorpresa de todos, había montado y, uno a uno, había subido a cada niño con él para dar un paseo corto.