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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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Además, los Varisey son taimados, solapados y de poco fiar en lo referente a algo que quieren; Royce era totalmente capaz de haberle hecho un cumplido indirecto como ese con la esperanza de ablandarle el cerebro.

Que, en lo que concernía al duque, ya estaba lo suficientemente blando.

Más tarde, aquella noche, tan tarde que la luna estaba cabalgando el negro cielo sobre los Cheviots, proyectando un opalescente brillo sobre todos los árboles y rocas, Minerva estaba en la ventana de su dormitorio y, con los brazos cruzados, miraba sin ver el evocativo paisaje.

La puerta estaba cerrada; sospechaba que Royce sabía abrir las cerraduras, así que dejó la llave en la cerradura y la giró totalmente, y después pasó un pañuelo a su alrededor, sólo para asegurarse.

Había pasado la tarde con el resto de damas, colgada de sus faldas, metafóricamente. Aunque su habitación estaba en la misma torre, frente a la habitación matinal de la duquesa, no demasiado lejos de los aposentos ducales y de la cama de Royce, había escoltado a los invitados por las escaleras principales de la torre, y así había podido llegar a su puerta mientras las damas con habitación en el ala este pasaban junto a ella.

Royce se había dado cuenta de su estrategia, pero, aparte de una sonrisa en sus labios, no había hecho ningún otro gesto.

Ella, sin embargo, iba a tomar medidas contra él.

La especulación de las damas reunidas después de la cena, en el salón, antes de que los hombres se unieran a ellas, había resaltado lo que no necesitaba que le recordaran: todas estaban esperando descubrir a quién había elegido como su esposa.

Y un día de estos, lo descubrirían.

Y entonces ¿dónde quedaría ella?

– Malditos sean todos los Varisey… ¡sobre todo él! -El sentimiento murmurado alivió un poco de su ira, pero la mayor parte estaba dirigida contra ella misma. Sabía todo lo que necesitaba saber; de lo que no se había dado cuenta es de que tomaría su estúpido encaprichamiento y, con un par de lujuriosos besos y un par de caricias ilícitas, lo convertiría en un abrumador deseo.

En un abrasador deseo… el tipo de deseo que quema.

Se sentía como si estuviera a punto de entrar en ignición. Si la tocaba, si la besaba, lo haría… y sabía a dónde conduciría eso. Incluso él se lo había dicho… a su cama ducal.

– ¡Uhm! -A pesar del deseo (que ahora, gracias a él y a su habilidad, era un deseo desesperado) de experimentar en su propia piel todo lo que siempre había soñado, a pesar de su abrasador deseo de yacer bajo su cuerpo, había una igualmente poderosa consideración que, sin importar aquel maldito deseo, la hacía mantenerse firme en su decisión original de no ocupar nunca su cama.

Si lo hacía… ¿no se convertiría su encaprichamiento, su obsesión, su deseo, en algo más?

Si lo hacía…

Si alguna vez hacía algo tan estúpido como enamorarse de un Varisey (y de él, en concreto) se merecería toda la devastación emocional que estaba garantizado que seguiría.

Los Varisey no amaban. Todo el mundo lo sabía.

En el caso de Royce se sabía que sus amantes nunca duraban demasiado, que inevitablemente pasaba de una a otra, y después a otra, sin compromiso de ningún tipo. El era un Varisey de los pies a la cabeza, y nunca había simulado ser otra cosa.

Enamorarse de un hombre así sería una estupidez injustificable. Sospechaba que, en su caso, sería una especie de autoinmolación emocional.

Así que no iba a arriesgarse (no podía permitírselo) a caer en su seducción, en su juego sexual.

Y aunque quizá estaba luchando contra un maestro, había tenido una buena idea de cómo evitar sus asaltos… De hecho, él mismo le había dado la pista.

Consideró el modo y los métodos. Pensándolo bien, no estaba tan corta de defensas como pensaba.

CAPÍTULO 10

A la mañana siguiente comenzó su campaña para proteger su corazón de la tentación de enamorarse de Royce Varisey.

Su estrategia era sencilla; tenía que mantenerse tan lejos como fuera posible de su cama ducal.

Minerva lo conocía; era cabezota, por no decir terco. Dado que había declarado que la primera vez que la tuviera sería en la enorme cama, siempre que se mantuviera lejos de su habitación, y de aquella cama, estaría a salvo.

Después de desayunar con el resto de invitados en lugar de hacerlo en el salón privado de la torre, envió un mensaje a los establos para que le prepararan el carruaje, bajó a la cocina y llenó una cesta con una selección de conservas de fruta de los huertos del castillo, y después se encaminó hacia los establos.

Estaba esperando a que terminaran de preparar el carruaje cuando Sable llegó cabalgando, con Royce en su grupa.

Detuvo al caballo y la estudió.

– ¿Adónde vas?

– Tengo que visitar algunas granjas familiares.

– ¿Dónde?

– Cerca de Blindburn.

La mirada del duque bajó hasta Sable. Había estado cabalgando al semental bastante tiempo, y necesitaría otro caballo si decidía ir con ella; el pequeño carruaje no podía llevarlos a ambos y a la cesta.

La miró.

– Si esperas mientras preparo mi carruaje, iremos ambos en él. Me gustaría conocer esas granjas.

Minerva lo consideró, y asintió.

– Está bien.

Royce desmontó, con un par de órdenes dispuso que Henry y dos mozos prepararan a sus dos corceles negros y el carruaje, mientras otros quitaban los arreos al viejo caballo del carruaje de Minerva.

Cuando estuvo todo preparado, el ama de llaves dejó que él tomara su cesta y la colocara bajo el asiento, después la ayudó a subir; ella recordaba a sus endemoniados caballos… Con ellos al final de las riendas, el duque no podría dedicarle ninguna atención.

Ni podría intentar seducirla.

Royce subió junto a ella, y con un giro de su muñeca, puso a los caballos al galope; el carruaje salió del patio del establo y entró en el camino, y después se dirigió a Clennell Street.

Veinte minutos más tarde llegaron a un grupo de casitas bajas de piedra agrupadas contra una colina. Royce se sintió aliviado cuando su pareja de corceles consiguió subir la inclinada pendiente sin romperse ninguna pata.

Detuvo a los caballos en el borde de una zona llana entre las tres casitas. Instantáneamente, aparecieron niños en cada abertura, algunos incluso saliendo de las ventanas. Todos tenían los ojos como platos por el asombro. Rápidamente, se reunieron a su alrededor, mirando a los caballos.

– ¡Oooooh! -Exclamó un chico. -Apuesto a que corren como locos.

Minerva bajó y cogió su cesta. Miró a Royce.

– No tardaré demasiado.

Un súbito sentimiento (podría haber sido pánico) lo asaltó ante la idea de que lo dejaran a la merced de un grupo de niños durante horas.

– ¿Cuánto tiempo es "demasiado"? -Con una sonrisa, Minerva se dirigió a las casitas. Todos los niños corearon un educado "Buenos días, señorita Chesterton", al que respondió con una sonrisa, pero los niños inmediatamente volvieron a fijar su atención en Royce… O mejor dicho, en sus caballos.

Vio que el grupo cada vez se acercaba más; había niños que apenas habían aprendido a andar, y otros lo suficientemente mayores para trabajar en los campos… Fueran cuales fueran las edades a las que estas descripciones pudieran ser traducidas. El duque había tenido poca relación con niños de cualquier tipo, al menos desde que él mismo había sido uno de ellos; no sabía qué decir, ni qué hacer.

Sus brillantes y curiosas miradas iban de sus caballos a él, pero en el instante en el que lo descubrían mirándolos, volvían a mirar a los caballos. Revisó su primera conclusión; estaban interesados en él, pero era más fácil acercarse a los caballos.

El era su duque; ellos eran sus futuros trabajadores.

Se preparó mentalmente y, moviéndose lenta y deliberadamente, ató las riendas, y después bajó y acarició las cabezas de los caballos. Algunos de los niños eran muy pequeños, y los corceles, aunque por el momento estaban tranquilos, no eran de fiar.

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