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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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El grupo retrocedió un paso o dos, y los chicos y las chicas mayores hicieron reverencias. Los más pequeños no estaban seguros de qué hacer, ni por qué. Una chica susurró a su hermano pequeño:

– Es el nuevo duque, tonto.

Royce fingió que no lo había oído. Asintió cordialmente (un asentimiento general que los incluía a todos) y después extendió la mano y la pasó por el largo cuello de su caballo.

Pasó un minuto, y después…

– Su Excelencia, ¿usted los monta? ¿O son solo para tirar del carruaje?

– ¿Ha ganado alguna carrera con ellos, su Excelencia?

– ¿Cómo de rápido pueden correr, su Excelencia?

Estaba a punto de decirles que dejaran de llamarlo "su Excelencia", pero se dio cuenta de que podría sonar como una reprimenda. En lugar de eso, respondió a sus preguntas de modo tranquilo.

Para su sorpresa, el acercamiento que usaba con los caballos funcionaba con los niños también. Se relajaron, y tuvo la oportunidad de darle la vuelta a la tortilla y aprender un poco sobre el pequeño asentamiento. Minerva le había contado que había cinco familias viviendo en las tres casitas. Los niños confirmaron que sólo la mujer más anciana estaba en casa; el resto de adultos y jóvenes estaban en los campos, o trabajando en la fragua que estaba un poco más lejos por aquel camino. Los propios niños no estaban en el colegio porque no había ninguna escuela cerca; aprendían las letras y los números de la anciana mujer.

Después de un par de intercambios, los niños sintieron claramente que el hielo se había roto y que se había establecido la suficiente confianza como para preguntarle.

– Hemos oído contar -dijo el muchacho que pensaba que era el mayor -que estuvo trabajando en Londres para el gobierno… ¡que era un espía!

Eso lo sorprendió; pensaba que su padre se había asegurado de que su ocupación permaneciera siendo un oscuro secreto.

– ¡No seas tonto! -La chica mayor se sonrojó cuando Royce y los demás la miraron, pero continuó: -Mamá dice que fue el espía jefe (el que manda más), y que fue el responsable de derribar a Boney.

– Bueno… no lo hice yo solo. Los hombres que organicé hicieron cosas muy peligrosas, y sí, contribuyeron a la caída de Napoleón, pero fue necesario el trabajo de Wellington, del ejército entero, y de Blucher y los demás.

Naturalmente, lo tomaron como una invitación para abrumarlo con más preguntas sobre las misiones de sus hombres; apropiándose libremente de hazañas que de otro modo estarían clasificadas, fue fácil mantener a la expectante horda satisfecha, aunque no estuvieron dispuestos a creer que en realidad no hubiera visto cómo se llevaban a Napoleón con grilletes.

Después de entregar las conservas que había traído, y de que le presentaran al último miembro de la familia, con el bebé en sus brazos, mientras éste jugaba con su pelo, Minerva se acercó a la ventana para ver mejor los ojos del niño, miró el exterior… y a punto estuvo de devolver el bebé a su abuela para poder salir corriendo a rescatar a sus hermanos.

O a Royce, lo que fuera… pero después de mirar un instante, fijándose en el lugar en el que estaban los caballos negros, el carruaje y el duque más poderoso de Inglaterra, que parecía estar contándoles alguna historia… Se relajó y, sonriendo, se giró hacia el bebé y lo arrulló.

La abuela del niño se acercó a la ventana; ella, también, se fijó en la escena en el exterior. Levantó las cejas. Después de un momento, dijo:

– Viendo eso, si no estuviera viendo con mis ojos el parecido con el difunto señor, pensaría que algún cuco se había metido en el nido ducal.

La sonrisa de Minerva se hizo más amplia; la idea de Royce como un bastardo…

– Definitivamente es un Varisey, de nacimiento y cuna.

La vieja mujer asintió.

– Sí, tendremos que vigilar a nuestras hijas, sin duda. Aun así… -Se giró y volvió a su trabajo. -Si el de ahí fuera hubiera sido su padre, habría gruñido a los niños y los hubiera espantado… Solo porque podía hacerlo.

Minerva estaba de acuerdo, aunque el viejo Henry nunca habría pensado siquiera en salir con ella durante sus rondas.

Sin embargo, no iba a tentar al destino; devolvió el bebé a su abuela, cogió su cesta, y estaba despidiéndose cuando una enorme presencia oscureció la entrada. Royce tuvo que agacharse para entrar.

Las tres mujeres inmediatamente hicieron una reverencia; Minerva hizo las presentaciones antes de que él pudiera pedirle bruscamente que se marcharan.

Royce saludó a las mujeres, y después la miró, fijándose en la cesta vacía que tenía en la mano. Pero una vez más, antes de que pudiera decir nada, la matriarca, que había aprovechado el momento para evaluarlo, se acercó para mostrarle a su nieto.

Minerva contuvo el aliento, sintió que él se tensaba y que estaba a punto de retroceder (de apartarse del bebé), pero después se recompuso y se mantuvo en su lugar. Asintió formalmente ante las palabras de la matriarca, y después, cuando estaba a punto de girarse para marcharse, dudó.

Extendió la mano y rozó con uno de sus largos dedos la suave mejilla del bebé. El niño balbuceó y agitó sus pequeños puños. El rostro de la madre se deshizo en sonrisas.

Minerva le hizo una señal con su cesta.

– Deberíamos irnos.

Royce asintió, e inclinó la cabeza hacia las mujeres.

– Señoras -Se giró y salió de la casita.

Después de intercambiar miradas impresionadas con las mujeres de la granja, Minerva lo siguió. Cruzó el patio hasta el carruaje y vio y escuchó lo suficiente para saber que los niños habían perdido todo el miedo al duque; sus ojos ahora brillaban con una especie de adoración hacia su héroe más personal que la simple devoción.

Su padre no había tenido una relación real, no había tenido ninguna interacción personal, con sus aldeanos; los había administrado a distancia, a través de Falwell y Kelso, y había hablado con ellos directamente únicamente cuando era absolutamente necesario. Por tanto, solo había llegado a hablar con los hombres adultos.

Royce -o eso parecía-sería distinto. Ciertamente, carecía de la insistencia de su padre sobre que se preservara una distancia adecuada entre su ser ducal y las masas.

Una vez más, Royce cogió la cesta, la guardó, y después la ayudó a subir. El mayor de los chicos le entregó las riendas, y luego se acomodó junto a Minerva. Ella contuvo su lengua y dejó que él hiciera retroceder a los niños. Con los ojos muy abiertos, lo obedecieron, y observaron cómo giraba con cuidado a la pareja de corceles, y después se despidieron con gestos y gritos mientras guiaba el carruaje por el camino.

Cuando las casitas quedaron atrás, la paz, la serenidad (y la soledad) de las colinas se cerró alrededor de ellos. Recordó su objetivo, pensó rápidamente, y después dijo:

– Ya que estamos aquí, hay un pozo cerca de Shillmoor que está dando problemas -Lo miró mientras giraba la cabeza para mirarla. -Podríamos echarle un vistazo.

Royce mantuvo su mirada un momento, y después tuvo que mirar de nuevo a sus caballos. La única respuesta que le dio fue un gruñido, pero cuando llegaron al final del sendero, giró los caballos hacia el oeste, en dirección a Shillmoor.

En lugar de al mirador más solitario y cercano.

Se echó hacia atrás y escondió una sonrisa. Mientras evitara estar a solas con él, estaría a salvo, y Royce no podría ser capaz de avanzar en su causa.

A primera hora de la tarde Royce entró en su vestidor y comenzó a quitarse la ropa mientras Trevor vertía el último de una sucesión de cubos de agua caliente en el baño más allá.

Estaba especialmente contento. Su ama de llaves había llenado con éxito su día entero; habían dejado el pequeño caserío cerca de Shillmoor apenas con tiempo suficiente para volver al castillo y tomar un baño antes de la cena.

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