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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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– Ah… debo hablar con la señora Cribthorn, y con algunas de las damas.

Royce asintió, y se obligó a apartar la mirada. Justo cuando el resto de la congregación aparecía bajando las escaleras.

Buscó a Cherry, y se decidió. Pronto. Minerva iba a yacer bajo su cuerpo muy pronto.

El ama de llaves dejó pasar un minuto mientras su corazón aminoraba la velocidad y su respiración se normalizaba, y entonces tomó aire profundamente, fijó una sonrisa en su rostro y fue a hablar con la esposa del vicario sobre los preparativos para la feria.

Estaba despidiéndose de la señora Cribthorn cuando Susannah se aproximó a ella.

– ¡Aquí estás! -Susannah señaló el lugar donde los invitados del castillo estaban amontonándose en varios carruajes. -Vamos a volver ya… ¿tú quieres venir, o tienes que esperar a Royce?

Royce la había llevado hasta allí en su propio carruaje.

– Yo… -No puedo marcharme aún. Minerva se tragó las palabras. Como reconocida representante del castillo, de la mansión más amplia y socialmente dominante de la zona, no podía marcharse sin charlar con sus vecinos; sus conciudadanos lo verían como un desaire. Ni ella ni Royce podían marcharse aún, y eso era un hecho que Susannah debería haber sabido. -No. Esperaré.

Susannah se encogió de hombros, y se colocó el chal.

– Tu labor es encomiable… Espero que Royce la aprecie, y que no te aburras demasiado -Con una mueca de conmiseración, se dirigió a los carruajes.

Su último comentario había sido totalmente sincero; las hijas del difunto duque habían adoptado el punto de vista de su padre. El viejo Henry rara vez había acudido a la iglesia; prefería que fuera su mujer, y después solo Minerva, quien portara la bandera del castillo.

Los comentarios de Susannah le confirmaron que, a pesar de lo que había ocurrido en la representación de la noche anterior, la lujuria que había ardido en los ojos de Royce, que había resonado bajo el suave tono de su voz, el ahogo que la había asaltado, la consciencia de la que estaba investida todas sus acciones, habían pasado totalmente desapercibidas… Ni un solo invitado se había dado cuenta de que su interés en ella era una costumbre más allá de los asuntos ducales.

La verdad era que todos los invitados estaban distraídos en sus cosas.

Eso, sin embargo, no explicaba la dominante ceguera. La verdad era que, a pesar de su persecución, Royce se había asegurado de que, siempre que no estuvieran solos, su interacción proyectara la imagen de un duque y su leal ama de llaves, y absolutamente nada más. Todos los invitados, e incluso más sus hermanas, ahora tenían esa imagen firmemente fijada en sus mentes, e ignoraban alegremente cualquier cosa que apuntara a lo contrario.

Miró a la congregación y localizó su oscura cabeza. Estaba en un grupo de granjeros, de los que la mayoría no eran sus inquilinos; como estaba convirtiéndose en una costumbre, estaban hablando, y él escuchando. Con aprobación Minerva inspeccionó la reunión, y después se dirigió a un grupo de esposas de granjeros para escuchar ella también.

Dejaría que él la encontrara cuando estuviera preparado para marcharse. Al final lo hizo, y le permitió que le presentara a la esposa del oficial de policía local, y a otras dos damas. Después de intercambiar las palabras adecuadas, se despidieron y Royce caminó a su lado por el camino hasta donde Henry los esperaba con el carruaje y los dos impresionantes corceles negros.

Minerva lo miró con curiosidad.

– Pareces estar… -Agitó la cabeza. -Inesperadamente cordial, socializando, y dejando que la gente del ducado te conozca.

Royce se encogió de hombros.

– Tengo intención de vivir aquí el resto de mi vida. Esta es la gente a la que voy a ver todos los días, con la que voy a trabajar. Ellos quizá quieren saber más de mí, pero yo, definitivamente, necesito saber más de ellos.

Dejó que Royce la ayudara a subir al carruaje. Cuando se acomodó, consideró sus palabras. Su padre…

Rompió el pensamiento. Si había una cosa de la que ya se había dado cuenta era de que Royce no era como su padre en lo que se refería a su trato con la gente. Su carácter, su arrogancia, y bastantes cosas más, eran muy familiares, pero sus actitudes con los demás eran absolutamente distintas. En algunos aspectos (por ejemplo, los niños) eran diametralmente opuestos.

Estaban en la carretera más allá de la aldea cuando dijo:

– Kilworth me ha contado que no hay ninguna escuela en la zona, ni siquiera del nivel más elemental.

El pusilánime señor Kilworth, el diácono, nunca habría mencionado tal asunto, no sin que le preguntasen.

– Supongo que debería habérmelo imaginado -continuó, -pero nunca se me había ocurrido antes.

Minerva lo miró con una sensación cercana a la fascinación… Tranquila, porque su atención estaba concentrada en sus caballos mientras los dirigía hacia el puente.

– ¿Estás pensando en construir una escuela aquí?

Royce le echó un vistazo rápido.

– He oído hablar a otros… hay una idea cada vez más asentada de que tener trabajadores mejor educados beneficia a todo el mundo.

Y en los últimos días había visto un montón de niños en las granjas y campos.

– Estoy de acuerdo -Su padre había vociferado cuando ella se lo había sugerido.

– El colegio no debería ser solamente para las familias ducales… tendría que acoger a los niños de toda la zona, por lo que necesitaríamos reclutar un apoyo más amplio, pero… -Hizo que los caballos cruzaran el puente de piedra, -creo que es una empresa que merece la pena.

Mientras los caballos cabalgaban a través de las amplias puertas y las ruedas giraban con mayor suavidad en el camino, Royce la miró.

– Escribe cualquier idea que se te ocurra -Sus ojos se posaron en los de Minerva. -Cuando haya resuelto el asunto de mi esposa, comenzaré con eso.

Minerva, por una parte, se sentía extasiada, y por la otra, incómoda y extrañamente deprimida.

No tuvo tiempo para examinar sus contradictorios sentimientos; Royce y ella entraron en el castillo justo cuando sonó el gong del almuerzo, y durante la comida se propuso una expedición de pesca en el Coquet que instantáneamente contó con la aprobación de todos los hombres.

Y de todas las mujeres, aunque ninguna tenía intención de coger una caña. Pero el día era bueno, soleado y con una agradable brisa, y todo el mundo estuvo de acuerdo en que un paseo les haría bien.

Minerva se sintió tentada de rechazar la invitación, de usar sus deberes como una excusa para quedarse atrás e intentar desenmarañar sus emociones, pero Royce se detuvo junto a ella mientras el grupo se levantaba de la mesa.

El duque habló en voz baja, solo para que lo oyera ella.

– Vigila a las damas… asegúrate de que las más aventureras no intentan investigar el desfiladero.

Maldijo para sus adentros, y asintió. Era el tipo de tontería que algunas de las damas presentes podrían hacer, y el desfiladero era peligroso.

Las cañas de pescar y los aparejos estaban guardados en el varadero junto al lago; Royce guió a los hombres hasta allí para que eligieran sus equipos mientras las mujeres se apresuraban para reunir sombreros, chales y parasoles.

Desde el lago, con las cañas al hombro, los hombres siguieron el camino hacia el norte a lo largo del río. Sintiéndose como un perro ovejero, Minerva reunió a las mujeres y las guió por las alas norte y oeste y hacia el exterior siguiendo el sendero en dirección al molino.

Los hombres estaban un poco más adelante; las mujeres los llamaron. Los hombres miraron atrás, las saludaron, pero siguieron caminando.

Entre las damas, Margaret y Caroline Courtney guiaban el camino, con las cabezas juntas mientras compartían secretos. El resto de damas caminaban en grupos de dos o tres, charlando mientras paseaban bajo los cálidos rayos del sol.

Minerva se mantuvo en la parte de atrás, asegurándose de que nadie se quedara retrasado. Los hombres cruzaron el puente sobre la corriente; las damas los siguieron.

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