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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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De pronto se dio cuenta de que la cólera de la espada le estaba enardeciendo. Una vez fuera de su vaina sólo pensar que algo amenazaba a Kahlan despertaba la furia de la espada y la suya propia. Richard se sobresaltó al considerar cómo ese sentimiento lo había embargado de manera tan seductora y sigilosa, sin hacerse notar. Era una simple cuestión de percepción, había dicho el mago. ¿Qué percibía la magia de la espada en él?

Richard devolvió la espada a su funda, apaciguó su cólera y sintió cómo la melancolía se apoderaba de nuevo de él al escrutar el campo y el cielo. Se puso de pie y caminó un poco, para aliviar los calambres en las piernas. Luego volvió a sentarse contra la roca, con un ánimo inconsolable.

Faltaba una hora para terminar la guardia cuando oyó unas suaves pisadas que reconoció. Era Zedd, con sendos pedazos de queso en las manos y ataviado simplemente con la túnica, sin capa.

—¿Qué haces levantado? Aún no te toca hacer la guardia.

—Pensé que te gustaría que un amigo te hiciera compañía. Toma, te he traído un pedazo de queso.

—No, gracias. Me refiero al queso. Pero un poco de compañía no me iría nada mal.

Zedd se sentó junto al joven, dobló las huesudas rodillas hasta tocarse el pecho y se cubrió con la túnica, convirtiéndose así en el centro de una pequeña tienda.

—¿Qué te preocupa? —preguntó.

—Kahlan, supongo —contestó Richard, encogiéndose de hombros. Zedd no dijo nada. El joven lo buscó con la mirada—. Ella es en lo primero y último en lo que pienso cuando me despierto y me duermo. Nunca había sentido nada igual, Zedd, nunca me había sentido tan solo.

—Ya veo. —El mago dejó el queso encima de una piedra.

—Sé que le gusto, pero tengo la sensación de que me mantiene a distancia. Esta noche, mientras montábamos el campamento, le dije que si algún día le pasaba a ella lo mismo que a Chase hoy, yo volvería a buscarla. Hace un rato vino a verme y me dijo que, si se daba el caso, no quería que fuese tras ella. Pero quería decir más que eso; quería decir que no quería que fuese tras ella nunca. Punto.

—Buena chica —murmuró Zedd.

—¿Qué?

—He dicho que es una buena chica. A todos nos gusta. Pero, Richard, Kahlan es otras cosas también. Tiene responsabilidades.

—¿Y cuáles son esas otras cosas? —inquirió Richard ceñudo.

—No soy yo quien debe responder a eso, sino ella. —El mago se echó un poco hacia atrás. —Creí que a estas alturas ya te lo habría dicho. —El anciano pasó un brazo sobre los fornidos hombros del joven—. Si te hace sentir mejor, la única razón por la que no lo ha hecho es porque le importas más de lo que deberías. Teme perder tu amistad.

—Tú conoces sus secretos y Chase también; lo veo en sus ojos. Todos lo saben menos yo. Esta noche trató de decírmelo pero no pudo. No debería temer perder mi amistad. Eso no pasará.

—Richard, Kahlan es una persona maravillosa, pero no es para ti. No puede serlo.

—¿Por qué?

—Le di mi palabra que dejaría que fuese ella quien te lo contara —contestó Zedd, arrancándose algo de la manga y eludiendo los ojos de Richard—. Tendrás que confiar en mí; Kahlan no puede ser lo que tú quieres. Busca otra chica. No será porque haya pocas. ¡Pero si la mitad de la población son mujeres! Tienes dónde elegir. Elige a otra.

—De acuerdo. —El joven acercó las rodillas al pecho y se abrazó las piernas.

Zedd alzó los ojos, sorprendido, tras lo cual sonrió y le dio unas cariñosas palmaditas en la espalda.

—Pero con una condición —añadió Richard, mientras escrutaba el bosque del Límite—: que me respondas una pregunta sinceramente, tan sinceramente como que las ranas no crían pelo. Si respondes que sí, seguiré tu consejo.

—¿Una? ¿Sólo una pregunta? —inquirió Zedd suspicaz, llevándose un huesudo dedo al labio inferior.

—Una pregunta.

—De acuerdo —accedió el mago tras un minuto de reflexión—. Una pregunta.

—Si antes de casarte alguien te hubiera dicho... Te lo pondré aún más fáciclass="underline" si alguien en quien confiaras, un amigo, alguien a quien quisieras como a un padre, te hubiera dicho que eligieras a otra. ¿Le habrías hecho caso?

Zedd tuvo que eludir la mirada del joven y respiró hondo.

—¡Diantre! Después de tantos años supongo que debería haber aprendido a no dejar que ningún Buscador me hiciera preguntas. —Cogió el queso y le dio un mordisco.

—Supongo que sí.

—Eso no cambia los hechos —repuso Zedd, arrojando el queso hacia la oscuridad—. Richard, yo no pienso interponerme entre vosotros dos. No te estoy diciendo esto para hacerte daño. Te quiero como a un hijo. Si pudiera cambiar las cosas, te aseguro que lo haría. Ojalá no fuesen así, por tu bien, pero nunca funcionaría. Kahlan lo sabe y, si lo intentas, lo único que conseguirás será herirla. Y yo sé que tú no deseas eso.

—Tú mismo lo dijiste. —La voz de Richard sonaba calmada y serena—. Soy el Buscador. Si hay un modo, yo lo encontraré.

—Ojalá lo hubiera, hijo mío —replicó Zedd, meneando tristemente la cabeza—, pero no lo hay.

—¿Qué voy a hacer entonces? —preguntó Richard al mago en un murmullo roto.

Su viejo amigo lo rodeó con sus escuálidos brazos y lo atrajo hacia sí. Richard se sentía como entumecido en la oscuridad.

—Limítate a ser su amigo, Richard. Esto es lo que necesita. No puedes ser nada más.

Richard asintió en los brazos de Zedd.

Al poco rato el Buscador, con mirada recelosa, lo apartó y preguntó:

—¿Para qué has venido?

—Para sentarme un rato con un amigo.

—No, viniste en calidad de mago, para aconsejar al Buscador lejos de los demás. Ahora dime por qué estás aquí.

—Muy bien. Vine como mago para decir al Buscador que hoy estuvo a punto de cometer un grave error.

—Lo sé. —El joven retiró las manos de los hombros de Zedd pero continuó sosteniéndole la mirada—. Un Buscador no puede ponerse en peligro si, de ese modo, pone en peligro a todos los demás.

—Pero ibas a hacerlo de todos modos —insistió Zedd.

—Cuando me nombraste Buscador fue para lo malo y lo bueno. Todavía no he asimilado las responsabilidades de mi nueva condición. Me cuesta mucho ver a un amigo en apuros y no ayudarlo. Pero sé que ya no puedo permitirme ese lujo. Acepto la reprimenda.

—Bueno —dijo el mago con una sonrisa—, esta parte ha ido bien. —Guardó silencio un minuto y la sonrisa se desvaneció—. Pero, Richard, la cuestión es más importante que lo que ha ocurrido hoy. Debes comprender que, como Buscador, es posible que causes la muerte de inocentes. Si de verdad quieres detener a Rahl, tal vez tendrás que negar ayuda a quienes podrías salvar. Un soldado sabe que, en el campo de batalla, si se inclina para ayudar a un camarada caído se arriesga a que le claven una espada por la espalda, por lo que, si desea vencer, debe seguir luchando pese a que sus camaradas griten pidiendo auxilio. Si quieres ganar también tú debes aprender a hacerlo, porque es posible que sea la única manera. Debes hacerte fuerte. Ésta es una lucha a vida o muerte y, probablemente, los que griten pidiendo ayuda no serán soldados, sino gente inocente. Rahl el Oscuro matará a cualquiera para vencer, y los que luchan a su lado harán lo mismo. Tal vez tú también tengas que hacerlo. Te guste o no el agresor marca las normas, y tú tienes que seguirlas o morirás sin remedio.

—¿Cómo puede alguien luchar a su lado? Rahl el Oscuro quiere dominar a todo el mundo, convertirse en el amo de todo. ¿Cómo pueden luchar por él?

El mago se reclinó en la roca y dejó que su mirada vagara por las colinas como si pudiera ver más de lo que había. Cuando habló, su tono era apesadumbrado.

—Porque, Richard, muchas personas únicamente prosperan bajo la férula de otro. En su egoísmo y codicia ven a la gente libre como su opresora. Lo que desean es tener un líder fuerte que corte las plantas más altas para que así el sol les llegue a ellas. Creen que debe impedirse que ninguna planta crezca más que la más baja entre ellas, de modo que todas reciban luz. Prefieren que alguien les proporcione una luz que las guíe, sea cual sea el combustible que la alimente, a encender por sí mismas una vela.

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