Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]

Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:

Tras ser herido en un campo de batalla de la Segunda Guerra Mundial, Holger deja de ser un moderno soldado para encarnarse en un caballero armado, exiliado en un mundo de brujería y magia donde se libra una sangrienta guerra. La hechicera Le Fay utilizará su espada contra Caos; la doncella-cisne querrá que ayude a su apacible pueblo. Al principio, él se negará a servir a ambas en un intento de retornar a la realidad, pero la Tierra era su exilio: es aquí, bajo el ardiente aliento del dragón, donde deberá luchar y morir…
1 ... 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53
Перейти на страницу:

El rostro de Carahue era un contorno ovalado y borroso, su armadura tenía un brillo apagado, pero Holger pudo ver que meditaba sus palabras.

—No sé. Cuando Morgana se lance a perseguirnos, sus caballos son como una tempestad. Pero, sin embargo… —se encogió de hombros—. Como deseéis.

Se deslizaron por la hierba, Alianora iba cogida firmemente de la mano de Holger. El hizo una señal a Carahue, esperando que su gesto no fuera demasiado presuntuoso. El sarraceno pareció sorprendido un momento y después se echó a reír.

—Buena suerte, amigo mío —dijo. Se estiró cuan largo era sobre el suelo y se quedó silbando una melodía al cielo.

Holger siguió un trecho a Alianora. Se había olvidado de su dolor y su fatiga. El corazón le latía, pero no violentamente, sino con un tono alegre y fuerte que recorría todo su cuerpo. Cuando se detuvieron, se cogieron de las manos y permanecieron mirándose uno al otro.

La luz de la luna fluía sobre el montículo, grisáceo, cubierto por las sombras, destellando sobre la escarcha. Las nubes que quedaban tenían los bordes luminosos; las estrellas brillaban entre ellas. El viento seguía siendo fuerte, pero Holger no le prestaba atención. Veía a Alianora como una especie de azogue, de sombra deslizante de luz blanca y fría. Las gotas de rocío centelleaban en el pelo de ésta y la luz de la luna estaba en sus ojos.

—Quizá no tengamos oportunidad de hablar de nuevo —dijo ella tranquilamente.

—Quizá no —respondió él.

—Entonces déjame que te diga ahora que te amo.

—Y yo te amo a ti.

—Ay, querido mío… —se acercó a él y él la abrazó.

—He sido un estúpido —dijo él entonces, deseando poder encontrar palabras mejores—. No sabía lo que quería. Pensé que cuando esto terminara podría irme y dejarte. Estaba equivocado.

Ella le perdonó con las manos, los labios y los ojos.

—Si de alguna manera seguimos con vida —dijo él—, nunca nos separaremos. Pertenezco a este mundo. Al mundo en que tú vives.

Las lágrimas de ella captaron la luz de la luna, pero su risa era baja y feliz.

—Basta por ahora —dijo ella.

—El la besó de nuevo.

El grito de Carahue los apartó. El ruido volaba con el viento, sonoramente, y moría en ese lago de la luz de la una.

—¡Rápido, venid rápido, los montañeses!

24

Lejos y débilmente, en el límite mismo de la audición, sonaron los cuernos. Transmitían el ruido del viento, el mar, de grandes alas batientes, una voz de halcón, una voz de cuervo. Y Holger supo que la caza salvaje de su ser había comenzado.

De un salto subió sobre Papillon. Cuando el semental se puso en movimiento levantó a Alianora y la colocó tras él. Carahue ya había partido. La yegua blanca y las desgarradas ropas blancas de su jinete parecían espectrales bajo la pálida luna. Podía escuchar los cascos. Se dispusieron a la larga huida.

La luna era un brillo plateado en el ojo izquierdo de Holger. El montículo se deslizaba hacia atrás, bajo los pies tenía la oscuridad, las piedras resbaladizas y el susurro de los matorrales, un repiquetees de ramas que se asemejaba a una risa. Bajo los muslos, sentía el movimiento y la palpitación de los músculos del caballo; en la cintura sentía las manos de Alianora, que le guiaban en la dirección que había espiado. El hierro que llevaba encima resonaba, el cuero crujía, el viento gritaba. Pero más fuerte era la respiración del esforzado caballo.

Por todas partes a su alrededor había estrellas, pero impensablemente remotas en un cielo negro. El Cisne centelleó sobre su cabeza, la Vía Láctea derramaba los soles en su oscuro arco, bajo la Estrella Polar giraba el Carro Mayor; todas las estrellas eran frías. Hacia el norte comenzó a ver las cumbres de la cordillera, como una espada afilada envainada en un hielo que brillaba bajo la luna. Tras él aumentaba la falta de luz.

¡Galopar, galopar y galopar! Holger escuchó entonces que los cuernos salvajes estaban más cercanos, gritando y gimiendo. Nunca había oído tal angustia como la que soplaba en los cuernos de los condenados. En el aire aromático pudo escuchar cómo resonaban los cascos en los cielos y el sonido de los perros inmortales. Se inclinó hacia adelante. Su cuerpo se sacudía con la prisa de Papillon, había soltado la mano de las riendas, poniéndolas sobre el cuello arqueado, y con la 3tra sujetaba a Alianora.

Velozmente, sobre el montículo de borde grisáceo, bajo las últimas nubes tormentosas y la luna que se hundía, tenía que galopar, galopar y galopar. La pena de los cazadores aullaba en su cabeza. Se movió y puso en tensión para ver su objetivo. Pero sólo podía ver la llanura, y las montañas glaciales más allá.

Carahue comenzó a quedarse atrás. Su yegua resbaló. De ma sacudida le levantó la cabeza y la acarició. Holger pensó que podía escuchar las patas de los perros de pesadilla. Un ^rito lunático le llegó.

Miró hacia atrás, pero el pelo agitado de Alianora ocultaba la visión de los que le seguían. Creyó haber visto un brillo metálico. ¿Ese era el rechinar de los huesos de los muertos?

—¡Deprisa, deprisa, el mejor de los caballos! Corre, camarada, corre como no lo ha hecho nunca ningún caballo lasta ahora, pues seguramente todos los hombres nos persiguen. Apresúrate, caballo mío, pues cabalgamos para saltar sobre el tiempo, cabalgamos marchando contra Caos. ¡Que Oíos sea contigo, que Dios te fortalezca para tu carrera!

Los sonidos de los cuernos llenaban su cráneo. Las pezuñas y perros y huesos vacíos estaban a su espalda. Holger sintió la vacilación de Papillon. Alianora casi cae al suelo. La cogió por la muñeca y la volvió a subir. Siguieron cabalgando.

Hacia arriba, hacia adelante, ¿qué era aquello que se elevaba hacia el cielo? La iglesia de San Grimmin… pero la cacería salvaje aullaba por abajo. Pudo escuchar el clamor de los fuertes vientos, y vio la oscuridad ante sus ojos. Jesucristo, no soy digno, pero ayúdame.

Un muro se alzó en su camino. Papillon cobró fuerzas y lo saltó. Cuando los cazadores se acercaban a él, Holger sintió tal frío como no había soñado que existiera, recorriendo su corazón. Creyó haber oído el viento silbando entre sus costillas.

El corcel negro tomó tierra con un golpe tal que casi lo derriba de la silla. Después venía Carahue. La yegua blanca no salvó el muro. Cayó hacia atrás, pero su jinete saltó y se libró. Se cogió a la parte de arriba del muro y consiguió caer al patio de la iglesia. Holger escuchó a la yegua relinchar una vez, breve y horriblemente, antes de que los rugidos fueran más fuertes.

Y entonces desapareció. También el viento desapareció. El silencio se extendió como una pantalla.

Holger se inclinó. Su mano temblaba, pero cogió la de Carahue, como había cogido ya la de Alianora. Miraron a su alrededor.

El patio estaba cubierto de hierba y matorrales y de lápidas desvencijadas que circundaban el perfil ruinoso de la iglesia. La niebla se movía lentamente, a jirones, con un brillo blanco donde la tocaba la luz de la luna, y un olor húmedo a corrupción. Holger pudo percibir el estremecimiento frío de Alianora.

Escuchó el sonido que venía desde las sombras que había tras la iglesia. Era el sonido de un caballo moviéndose entre las tumbas. Un caballo viejo, cojo, exhausto hasta el borde de la muerte, que tropezaba entre las tumbas mientras le buscaba, y su garganta lanzó un gemido. Pues sabía que era el caballo del infierno, y que quien lo viera moriría.

Papillon no podía ya apresurarse, pues las lápidas surgían de las hierbas como dedos que tiraban de él. Carahue lo tomó de las riendas para dirigirlo. Caminaban entre las losas, que se inclinaban en su olvido, con los nombres borrados hacía tiempo de sus caras. El sonido del caballo viejo y cojo se fue haciendo cada vez más fuerte, trastabillando entre las sombras hacia ellos.

1 ... 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)