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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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Pitt añadió otro ingrediente al enigma cuando supo que el avión estaba pintado de color lavanda. Este hecho situaba a Rita directamente en el bando de Odyssey. Ortega juró que perseguiría a la asesina por todo el mundo y que solicitaría la cooperación de la policía norteamericana.

Pitt se había instalado cómodamente en un sillón elevado delante del timón, y pilotaba la embarcación con un pie mientras pasaban por unas tranquilas y pintorescas lagunas que se comunicaban con el río. Giordino se había hecho con una tumbona y un cojín de McGee, y ahora estaba tumbado, con los pies colgados por encima de la proa, con un ojo atento a los cocodrilos de seis metros de largo que se calentaban al sol en las orillas.

Buen conocedor de la selva, Giordino se protegía con una mosquitera. Aunque era algo que no se mencionaba en los folletos de viaje, en esa parte del mundo los condenados chupasangres abundaban como las gotas de lluvia. Pitt, que no quería verse impedido en sus movimientos, había optado por rociarse con repelente.

Los primeros treinta kilómetros los habían llevado por el río Colorado hacia el noroeste hasta que llegaron a las fangosas aguas del río San Juan, que servía de sinuosa frontera entre Nicaragua y Costa Rica. A partir de allí habían recorrido otros ochenta kilómetros río arriba hasta la ciudad de San Carlos, situada en el lago Cocibolca, más conocido como lago de Nicaragua.

– Sigo sin ver el menor rastro de que aquí estén construyendo -dijo Giordino, que miraba la costa a través de los prismáticos.

– Ya lo has visto -replicó Pitt, sin apartar la mirada de los centenares de aves multicolores que anidaban en las ramas que se extendían sobre el agua.

Giordino se giró en la tumbona, se bajó las gafas de sol y miró a Pitt por encima de la montura como un apostador que ofrece cien a uno para el favorito en la siguiente carrera.

– ¿Qué quieres decir?

– Tu amiga Micky Levy, ¿la recuerdas?

– El nombre me suena -murmuró Giordino, sin entender a qué se refería su compañero.

– Durante la cena habló de los planes para construir un “puente subterráneo”, un túnel ferroviario que atravesaría Nicaragua de un océano al otro.

– También dijo que el proyecto no llegó a ponerse en marcha porque Specter lo había abandonado.

– Una mentira.

– Una mentira -repitió Giordino, como un loro.

– Después de que los ingenieros y los geólogos, como tu amiga Micky, acabaron los estudios, los ejecutivos de Odyssey insistieron en que firmaran unos acuerdos de confidencialidad por los que se comprometían a no revelar ninguna información sobre el proyecto. Specter amenazó con no pagarles si no firmaban. Luego anunciaron que, tras el estudio de los informes, habían decidido abandonar el proyecto por inviable y por tener un coste prohibitivo.

– ¿Cómo sabes todo esto?

– Llamé a tu amiga Micky poco antes de salir de Washington y después de que me enviaran los planos del lugar -respondió Pitt con toda naturalidad.

– Continúa.

– Le hice unas cuantas preguntas más respecto a Specter y el puente subterráneo. ¿No te lo dijo?

– Se le habrá olvidado -contestó Giordino pensativamente.

– En cualquier caso, tal como hemos comprobado, Specter nunca tuvo la intención de abandonar el proyecto. Los ingenieros de Odyssey llevan cavando furiosamente desde hace dos años. Esto se deduce del puerto que vimos, con los barcos portacontenedores descargando lo que probablemente era maquinaria pesada para las excavaciones.

– ¿No fui yo acaso quien dijo que sería un truco fantástico si consiguieran esconder millones de toneladas de roca y fango?

– Acertaste de lleno: es un truco fantástico.

Una luz se encendió de pronto en la mente de Giordino.

– ¿El légamo marrón?

– Exactamente -manifestó Pitt-. En las fotografías tomadas desde los satélites nunca ha aparecido indicio alguno de las obras porque no los hay. La única manera de esconder millones de toneladas de roca y tierra era construir una cañería submarina, mezclar el material excavado con agua y bombearlo al mar a un par de kilómetros de la costa.

Giordino abrió una lata de cerveza costarricense y se enjugó el sudor de la cara con una toalla debajo de la mosquitera. Se pasó la lata fría por la frente.

– Vale, tío listo, ¿por qué el secreto? ¿Qué motivo puede tener Specter para llegar a semejantes extremos en su deseo de ocultar el proyecto? ¿Cuál es el beneficio que obtiene si se proyectó para el transporte de mercaderías y materiales de un océano a otro y nadie sabe que está allí?

Pitt cogió al vuelo la lata que le arrojó Giordino y la abrió.

– Si lo supiera, no estaríamos ahogándonos en nuestro propio sudor mientras nos dedicamos a contemplar la fauna y la flora tropical.

– ¿Qué esperas encontrar?

– Una entrada. Es imposible que oculten a los hombres y las máquinas que entran y salen de los túneles.

– ¿Crees que la encontraremos atravesando esta selva en la Reina de África?

Pitt se echó a reír.

– No en la superficie, sino debajo. Según los planos de Micky, la excavación pasa por debajo de una ciudad llamada El Castillo, que está a medio camino del río.

– ¿Cuál es el atractivo de El Castillo?

– Los túneles de gran longitud necesitan pozos de ventilación para suministrar aire a los trabajadores, enfriar o calentar el aire según se necesite, y ventilar los humos de los escapes de las máquinas o de algún posible incendio.

Giordino miró inquieto un enorme cocodrilo que se sumergía en el agua. Luego observó la impenetrable vegetación de la ribera norte.

– Espero que no se te ocurra que caminemos por allí dentro. El hijito querido de mamá Giordino no está hecho para esas cosas.

– El Castillo es una comunidad aislada sobre el río, sin caminos. La principal atracción turística es una vieja fortaleza española.

– ¿Tú crees que han sido capaces de perforar un pozo de ventilación en una ciudad, a la vista de todo el mundo? -preguntó Giordino, que no lo veía claro-. A mí me parece que la selva es un lugar mucho más apropiado para los pozos de ventilación. Es tan densa que ninguna fotografía aérea podría distinguirlos.

– No dudo que la mayoría están ocultos en la selva, pero cuento con la posibilidad de que construyeran alguno cerca de un lugar civilizado por si tienen que utilizarlo para una evacuación de emergencia.

El paisaje a lo largo del río era absolutamente espectacular, y los dos hombres guardaron silencio mientras contemplaban la belleza de la vegetación y la fauna. Era como hacer un safari acuático a través del más increíble esplendor tropical. Vieron monos araña de cara blanca, que se burlaban de los jaguares que rugían al pie de los árboles. Osos hormigueros grandes como gorrinos se movían entre la maleza, a una distancia prudente de la orilla para evitar los ataques de los caimanes y los cocodrilos. Los tucanes y los papagayos multicolores volaban entre un arco iris de mariposas y orquídeas. Mark Twain había hecho este mismo viaje y había descrito la selva que atravesaba el río San Juan como un paraíso terrenal, el lugar más encantador del mundo.

Pitt mantuvo al Greek Angel a una velocidad de cinco nudos. Aquellas no eran aguas para navegar a toda velocidad y provocar un oleaje que perturbara la perfección de la costa. Mil trescientas hectáreas de selva virgen formaban la reserva biológica de Indio Maíz, donde vivían trescientas especies de reptiles, doscientas de mamíferos y más de seiscientas de aves.

Eran las cuatro de la tarde cuando dejaron el río San Juan y entraron en el río Bartola. Atracaron en el muelle del Refugio y Centro de Investigación Bartola. El complejo contaba con once habitaciones con baño privado y mosquiteras. Pitt y Giordino cogieron una habitación cada uno.

Después de asearse, fueron al bar y restaurante. Pitt pidió un tequila con hielo, de marca desconocida. Giordino, que afirmaba haber visto una docena de películas de Tarzán donde aparecían ingleses de safari, se decidió por la ginebra. Pitt advirtió la presencia de un hombre muy gordo vestido con un traje blanco, que ocupaba una mesa cerca de la barra. Tenía todo el aspecto de ser un respetado residente local, alguien que podría ser una mina de información. Pitt se le acercó.

– Perdone, señor, ¿aceptaría tomar una copa con nosotros?

El hombre se volvió hacia él y Pitt vio que era muy mayor, rondando los ochenta. Tenía el rostro arrebolado y sudaba copiosamente, aunque no se veía mancha alguna de sudor en el traje blanco. Se pasó un pañuelo por la calva y asintió.

– Por supuesto, por supuesto. Soy Percy Rathbone. Quizá sería más sencillo si comparten mi mesa -respondió, y con un gesto señaló su corpachón, que ocupaba toda la butaca de mimbre.

– Me llamo Dirk Pitt y mi amigo es Al Giordino.

El apretón de manos fue firme pero sudoroso.

– Encantado de conocerlos. Siéntense, siéntense.

A Pitt le pareció divertido el hábito de Rathbone de repetir las palabras.

– Tiene usted el aspecto de un hombre que conoce y disfruta de la selva.

– Se nota, se nota, ¿verdad? -Rathbone se rió-. He vivido en la costa del río en Costa Rica y Nicaragua desde que era muy joven. Mi familia llegó aquí durante la Segunda Guerra Mundial. Mi padre era un agente británico que vigilaba a los alemanes que intentaban montar instalaciones secretas en las lagunas para reabastecer a sus submarinos.

– Si me permite la pregunta, ¿cómo se gana la vida alguien que vive en un río en medio de ninguna parte?

Rathbone miró a Pitt con una expresión astuta.

– ¿Me creería, me creería si le dijera que vivo del turismo?

Pitt no estaba muy seguro de si debía creerle, pero le siguió el juego.

– Entonces tiene usted una empresa.

– Así es, así es. Me gano un buen dinero con los pescadores y amantes de la naturaleza que vienen a visitar el refugio. Tengo una pequeña cadena de hoteles entre Managua y San Juan del Norte. Tendrían que consultar mi página web cuando regresen a casa.

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