La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
– El paraíso del pescador -afirmó Gunn desde la timonera-. La construyó un viejo compañero mío de la academia, Jack McGee. Si os gusta el pescado, aquí encontraréis los más deliciosos y preparados de las maneras más exóticas. Ha acumulado miles de recetas de todo el mundo y ha escrito varios libros de cocina.
Pitt saltó al embarcadero, cogió los cabos que le arrojó Giordino y los amarró a los norayes. Para cumplir con la ley, permanecieron en el embarcadero hasta que se presentó la policía aduanera. Los agentes se sorprendieron al ver el estado del Poco Bonito. Renée utilizó su español para contarles un fantástico relato sobre cómo habían escapado de una flotilla de piratas traficantes de drogas, tan sanguinarios como sus antepasados, que habían saqueado las ciudades costeras.
Dado que el incidente se había producido en aguas territoriales nicaragüenses, los policías no les pidieron una declaración por escrito. Rita Anderson, en cambio, podía plantearles problemas. No tenía documentos, y dado que Pitt y Gunn no deseaban explicar su presencia a bordo, Renée la había atado y amordazado y luego junto a Giordino la había encerrado en un armario de la sala de máquinas. Los agentes hicieron una inspección de compromiso, y no quisieron mancharse sus impecables uniformes en la sala de máquinas después de haber visto a Giordino, que rememoraba a James Dean tras el estallido del pozo de petróleo en Gigante.
Dodge esperó a que se marcharan los agentes para dirigirse a Pitt.
– ¿Por qué tratamos a la señora Anderson como si fuese una criminal y la tenemos prisionera? A su marido lo asesinaron y los piratas se hicieron con su yate.
– Esa mujer no es lo que crees -le respondió Renée escuetamente.
Pitt observó a los agentes mientras subían a un Land Rover y salían del embarcadero para seguir por un camino enfangado por ía lluvia.
– Renée tiene razón. La señora Anderson no es una víctima. Está metida hasta las orejas en asuntos a cuál más turbio. El almirante Sandecker se ha puesto en contacto con las autoridades de Costa Rica, quienes han aceptado ponerla bajo custodia y realizar una investigación. Llegarán en cualquier momento.
Renée se acercó a la escalerilla para ir al camarote.
– Será mejor que prepare a la princesa para que la encarcelen.
No había acabado de desaparecer de la vista cuando un hombre se acercó caminando con paso enérgico. Jack McGee era un hombre de rostro rubicundo a punto de cumplir los cincuenta. No había una sola cana en sus cabellos rubios, ni en su bigote a lo Wyatt Earp. Los ojos color castaño rojizo, muy separados, le daban el aspecto de un animal siempre atento a la presencia de un depredador. Vestía un pantalón corto azul marino, una camisa estampada y una vieja gorra de oficial que parecía de la Segunda Guerra Mundial.
Gunn salió a su encuentro y se dieron la mano antes de abrazarse.
– Jack, muchacho, pareces diez años más viejo cada vez que nos encontramos.
– Eso es porque nos vemos cada diez años -replicó McGee, con voz de bajo.
Gunn se encargó de las presentaciones. Giordino se limitó a saludar desde la escotilla de la sala de máquinas.
– Le queda por conocer a alguien más de la tripulación: Renée Ford. Ahora mismo está ocupada con un pequeño asunto.
McGee sonrió con aire comprensivo.
– ¿La visitante inesperada?
– Así es -dijo Gunn-. Rita Anderson, la mujer que te mencioné cuando hablamos para avisarte de que vendríamos.
– El inspector Gabriel Ortega es un viejo amigo. Os pedirá que vayáis a la comisaría para hacer una declaración, pero creo que será tan cortés y considerado como de costumbre.
– ¿Tenéis piratas en estas aguas? -preguntó Pitt.
McGee se echó a reír al tiempo que sacudía la cabeza vigorosamente.
– No los hay en Costa Rica, pero crecen como la mala hierba hacia el norte, en Nicaragua.
– ¿Por qué allí y no aquí?
– Costa Rica es el país que más destaca en Centroamérica. Su nivel de vida está por encima de la mayoría de las otras naciones hispanoamericanas. Aunque su economía es en gran parte agrícola, el turismo es una industria en constante crecimiento, y además exporta artículos de electrónica y microprocesadores. En cambio, Nicaragua ha pasado por una etapa revolucionaria de treinta años que dejó en ruinas las infraestructuras. Cuando finalmente consiguieron un gobierno estable, la mayoría de los rebeldes, que no tenían más arte y oficio que el de la guerra de guerrillas, se negaron a convertirse en agricultores o a desempeñar otros trabajos de menor categoría. Descubrieron que era mucho más rentable dedicarse al narcotráfico. Eso los llevó a convertirse en piratas, dado que tuvieron que construir una flota de barcos para transportar la cocaína.
– ¿Has escuchado algún rumor referente al légamo marrón?
McGee sacudió la cabeza para expresar su negativa.
– Solo que aparece al norte y al este en el Caribe. Entre los piratas, los barcos desaparecidos y la contaminación, la industria pesquera nicaragüense se ha hundido. -McGee se interrumpió y se quitó la gorra cuando un oficial de policía bajó desde la casa y entró en el embarcadero-. Ah, Gabriel, ya estás aquí.
– Jack, viejo amigo… -respondió Ortega-. ¿En qué nuevo lío te has metido ahora?
– Yo no -replicó McGee alegremente-. Son mis amigos de los Estados Unidos.
Aunque no había dudas de que era un latinoamericano, Ortega se parecía a Hercule Poirot, el detective creado por Agatha Christie: los mismos cabellos negros peinados con gomina, un bigotillo perfectamente recortado, y unos ojos castaños de mirada amable pero que no dejaban escapar detalle. Hablaba inglés con muy leve acento. Cuando sonrió se vieron por un momento sus dientes, de un blanco puro.
– El almirante Sandecker me comunicó su situación. Espero que tengan la bondad de ofrecerme un informe detallado de sus aventuras con los piratas.
– Cuente con ello, inspector.
– ¿Dónde está la mujer que rescataron del barco pirata?
– En uno de los camarotes. -Pitt frunció el entrecejo, preocupado. Miró a Giordino-. Al, ¿por qué no bajas y averiguas qué retiene a Renée y a nuestra invitada?
Giordino se limpió las manos con un trapo roñoso sin hacer comentarios y bajó la escalerilla. Reapareció en menos de un minuto, con el rostro contraído por la ira y los ojos negros que echaban chispas.
– Rita ha desaparecido y Renée está muerta -informó a los demás-. Asesinada.
26
Durante aquellos primeros instantes de asombro, todos permanecieron inmóviles, incapaces de reaccionar. Miraron a Giordino pasmados, sin comprender lo que había dicho.
Tardaron otros cinco segundos en aceptar la verdad. Entonces Dodge exclamó:
– ¿Qué has dicho?
– Renée está muerta -repitió Giordino sencillamente-. Rita la asesinó.
Pitt se sacudió de cólera.
– ¿Dónde está? -preguntó.
– ¿Rita? -En el rostro de Giordino se reflejaba la expresión de alguien que acaba de despertar de una horrible pesadilla-. Se ha largado.
– Imposible. ¿Cómo ha podido escapar del barco sin ser vista?
– Pues aquí no está -afirmó Giordino.
– ¿Puedo ver el cuerpo? -preguntó Ortega, con el tono calmo del profesional.
Pitt ya estaba bajando la escalerilla, y estuvo a punto de arrollar a Giordino, que se apartó bruscamente.
– Por aquí, inspector. Las mujeres estaban en mi camarote.
A Pitt le remordía la conciencia por no haberse dado cuenta de que Rita era una mujer capaz de cometer un asesinato. Se maldijo por no haber acompañado a Renée, por haberla enviado sola a ocuparse de su asesina.
– Oh, no -exclamó.
Renée, desnuda, estaba tendida en la cama con las piernas juntas y los brazos extendidos para formar una cruz. La imagen del logo de Odyssey, el caballo blanco celta de Uffington, aparecía dibujada en su vientre.
Rita se comportó dócilmente cuando Renée le quitó las ligaduras de las muñecas. Sin embargo, cuando Renée, sin pensar en absoluto que su vida estaba en peligro con cinco hombres a menos de tres metros de distancia, se agachó para cortar la cinta adhesiva de las piernas y los tobillos de Rita, la arpía unió las manos y las descargó como si fuesen un martillo contra la nuca de la científica. Renée se desplomó sin emitir ni un sonido.
Después le quitó las prendas, la tendió sobre la cama y apretó una almohada contra su rostro. No hubo ningún amago de resistencia. Inconsciente, Renée murió asfixiada sin sufrimiento. A continuación, Rita cogió las tijeras del neceser de Pitt, que estaba en el baño, y trazó la imagen del caballo celta en el vientre de Renée. Desde el principio hasta el final, no tardó más de cuatro minutos.
Sin perder ni un segundo, Rita fue hasta la sección de proa y salió a cubierta por la escotilla de proa, protegida por la timonera. Fuera de la vista de los hombres que conversaban en la cubierta de popa, se descolgó por la borda y se sumergió en el agua silenciosamente. Nadó por debajo del agua hasta el lado opuesto del embarcadero, llegó a la costa y se arrastró entre la densa vegetación que cubría la ribera. En el mismo momento en que Giordino descubrió el cadáver de Renée, Rita desaparecía en la selva.
– La mujer no podrá llegar muy lejos -manifestó Ortega-. No hay carreteras en el río Colorado. No podrá escapar con vida de la selva. Mis hombres la detendrán antes de que pueda conseguir un avión o una lancha.
– Solo va vestida con un biquini -le informó Pitt.
– ¿Se ha ido sin ropa?
– El armario de Renée está cerrado y las prendas que vestía están desparramadas en cubierta -dijo Gunn. Señaló las prendas, que estaban donde Rita las había tirado.
– ¿Lleva dinero? -preguntó el inspector.
– No lo creo -respondió Pitt-. A no ser que Renée llevara algo encima, cosa que dudo.
– Sin dinero ni pasaporte, no tiene más alternativa que la de intentar escapar a través de la selva.