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La Odisea De Troya

Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:

Una marea gigante de agua contaminada amenaza la costa de Nicaragua. Al tiempo, un enorme y misterioso hurac?n se forma en el Caribe y avanza con una velocidad asombrosa.
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– Un lugar donde una mujer en biquini no tiene muchas posibilidades de sobrevivir -opinó McGee, desde la puerta.

– Por favor, cierren el camarote y no toquen nada-dijo Ortega

– ¿No podemos al menos vestirla? -preguntó Pitt.

– No hasta que llegue el equipo forense y analice la escena del crimen.

– ¿Cuándo podremos repatriar el cadáver?

– Dentro de dos días -contestó Ortega cortésmente-. Mientras tanto, les ruego que permanezcan aquí y disfruten de la hospitalidad del señor McGee hasta que les tomemos declaración y acabemos con el papeleo. -Miró a Renée con una expresión indiferente-. ¿Era norteamericana?

Dodge le dio la espalda a la cama porque no soportaba ver el cadáver de su compañera.

– Vivía en Richmond, Virginia -murmuró con la voz ahogada por la emoción.

Pitt miró a Gunn.

– Creo que lo mejor será informar al almirante.

– No se lo tomará a la ligera. Lo conozco. Es muy capaz de pedirle al Congreso que declare la guerra y envíe a la infantería de marina.

Por primera vez, en el rostro de Ortega apareció una expresión de asombro.

– ¿Es capaz de hacerlo, señor?

– Es una forma de hablar -le explicó Pitt y, sin hacer caso de la orden del inspector, cubrió a Renée con una manta.

Rita avanzó a paso rápido a través de la selva, sin alejarse mucho de la ribera, hasta que llegó al puerto deportivo del río Colorado. Siguió los carteles del sendero que llevaba a la piscina. Vestida con el biquini, no llamó la atención entre las otras mujeres que tomaban el sol alrededor de la piscina mientras sus maridos se divertían pescando tarpones y róbalos en el río.

Sin hacer caso de las miradas de admiración de los salvavidas y los camareros, cogió una toalla de una tumbona desocupada y se la echó al hombro. Luego se alejó por el camino entre las habitaciones del hotel. Entró en la primera que vio con la puerta abierta, donde una de las camareras estaba haciendo la limpieza.

– Tómese su tiempo -le dijo en español a la mujer, como si fuese la verdadera ocupante de la habitación.

– Ya he acabado -respondió la camarera. Se llevó las toallas sucias al carrito que había dejado en el camino y cerró la puerta.

Rita se sentó a la mesa, cogió el teléfono y pidió una línea exterior. En cuanto atendieron la llamada, dijo:

– Aquí Flidais.

– Un momento.

Luego se escuchó otra voz:

– La línea es segura. Ya pueden hablar.

– ¿Flidais?

– Sí, Epona, estoy aquí.

– ¿Por qué me llamas por una línea abierta desde un hotel?

– Ha surgido un problema.

– ¿Sí?

– Un barco de la NUMA que buscaba el origen del légamo marrón no se dejó engañar por el holograma y destruyó nuestro yate.

– Entiendo -declaró la mujer llamada Epona, con la más absoluta frialdad-. ¿Dónde estás?

– Después de hundir el yate, me capturaron los de la NUMA. Conseguí escapar y ahora me encuentro en una habitación del puerto deportivo del río Colorado. No creo que la policía tarde mucho en rastrearme hasta aquí.

– ¿Qué hay de nuestra tripulación?

– Unos cuantos murieron. Los demás escaparon en el helicóptero y me dejaron abandonada.

– Ya nos ocuparemos de ellos. -Hubo una pausa-. ¿Te interrogaron?

– Lo intentaron. Me inventé una historia y les dije que me llamaba Rita Anderson.

– Espera ahí. No cuelgues.

Flidais, alias Rita, fue al armario y encontró un vestido estampado de la talla cuarenta. Ella usaba una treinta y ocho, pero se dijo que era preferible que le fuese grande antes que pequeño. Se lo puso encima del biquini. Luego cogió un pañuelo y se lo ató en la cabeza para ocultar los cabellos rojos. No le preocupaba en lo más mínimo robar las prendas de otra mujer y cargarla con una abultada cuenta de teléfono, después de haber asesinado a Renée. A continuación se calzó unas sandalias que le quedaban un poco apretadas. Unas gafas de sol que estaban en la mesa de noche completaron su atuendo.

Sonrió para sus adentros cuando encontró el bolso de la ocupante en un cajón de la cómoda. La razón de que las mujeres no pensaban en un escondite más adecuado para sus objetos de valor era un misterio para Flidais. Todos los rateros de hotel sabían que las mujeres siempre ocultaban sus bolsos, incluidos los monederos, debajo de las prendas en un cajón. Encontró ochocientos dólares norteamericanos y un puñado de colones. Como el cambio era de 369.000 colones por dólar, los turistas acostumbraban pagar con dólares.

Barbara Hacken era el nombre que aparecía debajo de la foto del carnet de conducir y la foto del pasaporte. Excepto por el color de los cabellos y unos años de diferencia, podrían haber pasado por hermanas. Flidais entreabrió la puerta para ver si aparecía la ocupante, cuando se escuchó la voz de Epona en el teléfono.

– Ya está arreglado, hermana. Mi avión privado irá a recogerte al aeropuerto. Te estará esperando cuando llegues. ¿Tienes algún medio de transporte?

– El hotel seguramente dispone de un coche para llevar y traer a los huéspedes desde el aeropuerto.

– Quizá te pidan algún documento de identidad en los controles.

– Eso ya está solucionado -respondió Flidais. Se colgó el bolso en un hombro-. Te veré a ti y a las hermanas en la ceremonia dentro de tres días.

Colgó el auricular y se dirigió a la recepción. Pasó junto a dos policías que recorrían el lugar. Como buscaban a una mujer en biquini, solo la miraron de pasada, convencidos de que se alojaba en el hotel. Vio a Barbara Hacken que tomaba el sol junto a la piscina. Parecía estar dormida. Cuando Flidais entró en la recepción, el propietario estaba detrás del mostrador y le sonrió cuando ella le pidió un coche.

– Espero que usted y su marido no hayan decidido marcharse.

– No -respondió, mientras se rascaba la nariz para ocultar el rostro-. Está en el río dispuesto a pescar el ejemplar más grande. Voy al aeropuerto para saludar a unos amigos que hacen una escala técnica en su viaje a la ciudad de Panamá.

– ¿Vendrá a cenar?

– Por supuesto -respondió mientras se alejaba-. ¿En qué otro lugar podría cenar?

Cuando el coche llegó a la entrada del aeropuerto, el conductor se detuvo a la espera de que el guardia de seguridad saliera de la garita.

– ¿Se marcha usted de río Colorado? -le preguntó a través de la ventanilla abierta.

– Sí. Voy a Managua.

– Su pasaporte, por favor.

Le dio el pasaporte de Barbara Hacken y miró en la dirección opuesta.

El guardia cumplió con el reglamento. Se tomó su tiempo para comparar la foto del pasaporte con las facciones de Flidias. Llevaba los cabellos cubiertos con un pañuelo, pero unas pocas puntas rojas asomaban por debajo de la seda. No le preocupó; las mujeres cambiaban de color de cabello de una semana para la otra. El rostro se parecía, pero las gafas de sol le impedían ver los ojos.

– Por favor, abra su equipaje.

– Lo siento, no tengo. Mañana es el cumpleaños de mi marido. He olvidado comprarle un regalo, así que voy a Managua para comprarle uno. Regreso mañana por la mañana.

Satisfecho, el guardia le devolvió el pasaporte y le indicó al chófer que podía pasar.

Cinco minutos más tarde, todos los que se encontraban en un radio de un kilómetro del aeropuerto miraron asombrados cómo un avión color lavanda, que parecía demasiado grande para aterrizar en la pista local, pasó casi rozando las copas de los árboles y se posó con toda suavidad. El piloto invirtió los motores y pisó los frenos. El aparato se detuvo cuando faltaban un centenar de metros para el final de la pista. Luego dio la vuelta y carreteó hasta donde Flidais esperaba en el coche. Al cabo de otros cinco minutos, el Beriev Be210 despegaba rumbo a la ciudad de Panamá.

27

Los dos hombres que parecían dormitar en la cubierta de lo que los lugareños llamaban una panga tenían el mismo aspecto de todos los demás que pescaban en el río San Juan. Vestían unos amplios pantalones cortos blancos, camisetas y gorras de béisbol blancas. Había dos cañas sujetas en la popa de la panga, con los sedales tensos en el agua.

Con la excepción de un pescador experto que se hubiera tomado la molestia de fijarse, nadie más en la orilla habría advertido que los sedales no tenían anzuelo. En un río abarrotado de peces, era imposible que alguno no mordiera el anzuelo a los pocos segundos de entrar en el agua.

La embarcación era propulsada por un motor Mariner fuera de borda de treinta caballos. El timón se accionaba con unos cables que salían de una columna central donde había un volante de coche. La panga, de seis metros de eslora y fondo plano, navegaba por las mansas aguas del río, que atravesaba la selva bajo una suave lluvia. Estaban viajando en mitad de la larga estación lluviosa que comenzaba en mayo y duraba hasta enero. La vegetación en los márgenes era tan espesa que parecía que cada planta luchaba con su vecina para atisbar el sol, que asomaba muy de cuando en cuando entre la gruesa capa de nubes.

Pitt y Giordino habían comprado la panga -que llevaba pintado en la proa el nombre Greek Angel- junto con el combustible y las provisiones, unas pocas horas después de que el avión de la NUMA despegara rumbo a Washington con Rudi Gunn, Patrick Dodge y el cadáver de Renée Ford a bordo. El equipo encargado de la reparación del pesquero había embarrancado al Poco Bonito con la marea baja y ahora trabajaba a toda prisa para dejarlo en condiciones de emprender la travesía de regreso al norte.

Jack McGee los agasajó con una fiesta de despedida e insistió en cargar la lancha con cajones de cerveza y vino más que suficientes para montar un bar. El inspector Ortega fue uno de los invitados. Les agradeció la colaboración en las investigaciones, y manifestó su pesar por el asesinato de Renée. También estaba dolido porque la mujer a la que conocían como Rita Anderson había eludido el cerco policial. En cuanto los hombres de Ortega se enteraron del robo del pasaporte de Barbara Hacken, y después de interrogar al propietario del hotel y al guardia de seguridad del aeropuerto, llegaron a la conclusión de que Rita había escapado de Costa Rica rumbo a los Estados Unidos.

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