La Odisea De Troya
- Автор: Cussler Clive
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Odisea De Troya». Краткое содержание книги:
Había comenzado a caer una lluvia fina que no tardó en empaparlos. Una lluvia fina en el trópico era como estar bajo la ducha abierta al máximo en el baño de casa. La temperatura del agua era cálida.
En cuanto estuvieron preparados, Pitt, seguido por Giordino, trepó a un jatobá que tenía más de treinta metros de altura y un tronco de metro veinte de diámetro. El árbol se alzaba a unos pasos de la cerca que rodeaba la fortaleza -que estaba coronada con una espiral de acero afilada como una navaja-, y sus ramas bajas se extendían por sobre ella. Giordino enlazó una gruesa rama que estaba a unos tres metros por encima de su cabeza y subió hasta otra más alta antes de arrastrarse por las ramas más pequeñas hasta pasar la verja, a poco más de tres metros del suelo. Hizo una pausa y observó el terreno a través de las gafas de visión nocturna.
Pitt cogió la cuerda y comenzó a subir caminando por el tronco. Llegó a la rama y avanzó cautelosamente hasta casi tocar las botas de Giordino.
– ¿Alguna señal de guardias y perros? -susurró.
– Los guardias son unos vagos -respondió Giordino-. Han soltado a los perros para que campeen a su aire.
– Es un milagro que no nos hayan olido.
– No hables antes de hora. Veo a tres que miran en nuestra dirección. Ay, ay, ya vienen…
Antes de que los perros comenzaran a ladrar, Pitt metió la mano en la mochila, cogió los filetes que había comprado en el restaurante y los arrojó a una rampa que llevaba al bastión más cercano. Golpearon contra el suelo con un ruido característico que los perros captaron de inmediato.
– ¿Estás seguro de que funcionará? -murmuró Giordino.
– En las películas siempre da resultado.
– No sabes cuánto me tranquiliza -gimió Giordino.
Pitt se descolgó de la rama y permaneció de pie. Giordino lo siguió, sin perder de vista a los perros, que devoraban la carne cruda con gran placer sin prestar la menor atención a los dos intrusos.
– Nunca más volveré a dudar de ti -prometió Giordino.
– No olvidaré que lo has dicho.
Pitt encabezó la marcha hacia una de las rampas de piedra. Utilizó las gafas de visión nocturna para ver cuándo la cámara de vigilancia más cercana llegaba al extremo de su recorrido. Silbó para avisarle a Giordino y su compañero corrió por el lado ciego de la cámara y roció el objetivo con pintura negra.
Continuaron avanzando, hicieron una pausa delante del edificio del museo -que estaba cerrado y a oscuras- y permanecieron atentos a cualquier ruido sospechoso. Escucharon el rumor de unas voces al otro lado de las almenas, en el patio de armas, donde habían instalado los barracones de los guardias. Entraron en lo que había sido una vez un almacén. Los muros de piedra se mantenían en pie; en cambio, el tejado y las vigas habían desaparecido.
Pitt señaló una torre que se alzaba por encima del resto de la fortaleza. Tenía la forma de una pirámide truncada.
– Si aquí sale uno de los pozos de ventilación, tiene que estar allí -dijo con voz queda.
– Es el único lugar lógico -asintió Giordino. Entonces escuchó con atención-. ¿Qué es ese ruido?
Pitt escuchó, con todos los sentidos alertas, mientras miraba hacia el lugar del que parecía proceder. Luego señaló de nuevo hacia la torre.
– Ese sonido parece ser el de unos extractores.
Sin apartarse de la zona de sombra, subieron por una angosta rampa de piedra construida en la pared de la torre, que acababa en una puerta. La corriente de aire fresco que salía por la pequeña abertura los golpeó con la fuerza de un vendaval. Pitt se agachó para protegerse del viento y, en cuanto entró en la torre, se encontró sobre la base de una gran jaula de tela metálica. El sonido de las paletas de los extractores al batir el aire era ensordecedor hasta el punto de hacerles doler los oídos.
– Menudo ruido -gritó Giordino.
– Eso es porque estamos directamente encima -respondió Pitt-. Sería mucho peor si no tuviesen instalados los silenciadores. Tal como suena, el nivel de ruido en el exterior es muy reducido.
– Pues a mí no me hace ninguna gracia encontrarme en medio de un huracán -manifestó Giordino, que ya se ocupaba de observar el grosor del alambre.
– Los ventiladores están diseñados para producir un volumen de aire calculado por ordenador a una presión adecuada.
– Ya te ha salido de nuevo el maestrillo. No me digas que has hecho un curso básico de construcción de túneles de viento.
– ¿Te has olvidado de que en una de las vacaciones de verano en la academia de la Fuerza Aérea trabajé en una mina de plata en Leadville, Colorado? -replicó Pitt.
– Lo recuerdo. -Giordino sonrió-. Yo pasé aquel verano como salvavidas en Malibú.
Miró entre los huecos de la tela metálica. Había un resplandor que llegaba desde abajo. Caminó alrededor de la jaula hasta que encontró el cerrojo.
– Está asegurado por dentro -comentó-. Tendremos que cortar los alambres.
Pitt sacó un cortaalambres pequeño de la mochila.
– Me pareció oportuno traerlo por si teníamos que cortar el alambre de espino.
Giordino cogió la herramienta y le echó una ojeada a la luz del resplandor.
– Tiene buen apecto. Servirá. Ahora apártate un poco mientras el maestro crea una entrada.
Parecía sencillo, pero no lo fue. Giordino sudaba a mares cuando al cabo de veinticinco minutos consiguió practicar un agujero lo bastante grande para abrirse paso. Le devolvió el cortaalambres a Pitt, retiró el trozo cortado y espió al interior del pozo de sección cuadrada, de unos cinco metros de lado, que servía como paso para el aire extraído de un túnel que estaba mucho más abajo. Un tubo circular de metal ocupaba una de las esquinas. Se trataba del túnel de acceso, con una escalerilla que parecía desaparecer en un pozo sin fondo.
– Es para las tareas de mantenimiento, por si hay que hacer alguna reparación en los extractores -gritó Pitt, para hacerse escuchar por encima del estruendo-. También sirve como salida de emergencia para los trabajadores si se produce algún incendio o derrumbe en el túnel principal.
Giordino entró en el tubo con los pies por delante para apoyarse en los escalones. Hizo una pausa para mirar a Pitt con una expresión agria.
– ¡Espero no tener que lamentarlo! -gritó por encima del ruido de los extractores, y comenzó a descender.
Pitt agradeció que el tubo estuviese iluminado. Después de bajar unos quince metros, se detuvo y miró hacia abajo. Todo lo que vio fueron los peldaños que se perdían en el infinito, como las vías de un ferrocarril. No se veía el fondo.
Sacó un pañuelo de papel del bolsillo, cortó dos trozos pequeños, los hizo una bolita y se los metió en los oídos a modo de tapones, para protegerse del ruido. Además de los extractores principales, habían instalado otros secundarios cada treinta metros a fin de mantener la presión necesaria para sacar el aire viciado a la superficie.
Después de lo que pareció una eternidad, y que Giordino calculó había sido un descenso de ciento cincuenta metros, se detuvo y agitó una mano. Se veía el final de la escalerilla. Lenta, cuidadosamente, invirtió su posición hasta quedar cabeza abajo. Luego continuó bajando hasta ver lo que parecía ser el techo de un pequeño centro de control que dirigía los gases, la temperatura y el funcionamiento de los extractores.
Pitt y Giordino estaban mucho más abajo de los extractores principales y ahora podían conversar en voz baja. Giordino había vuelto a la posición normal y se dirigió a Pitt, que había bajado hasta situarse a su lado.
– ¿Cuál es la situación? -preguntó Pitt.
– La escalera pasa a través de un centro de control de los sistemas de ventilación, que está a unos cinco metros por encima del suelo del túnel. Hay un hombre y una mujer sentados delante de las consolas. Afortunadamente, están de espaldas a la escalera. Creo que podremos dejarlos fuera de combate antes de que se den cuenta de nuestra presencia.
Pitt miró los oscuros ojos de Giordino, que estaban a solo un palmo de los suyos.
– ¿Cómo quieres hacerlo?
En el rostro de Giordino apareció una sonrisa burlona.
– Yo me encargaré del hombre. Tú eres mucho mejor que yo cuando se trata de dejar incapacitada a una mujer.
– Menudo gallina -replicó Pitt.
No perdieron más tiempo y continuaron bajando hasta la sala de control, en el más absoluto silencio. Los encargados del sistema -el hombre vestido con un mono negro y la mujer con otro blanco- vigilaban atentamente los aparatos y no vieron el reflejo de sus asaltantes en las pantallas hasta que fue demasiado tarde.
Giordino atacó por un costado y descargó un tremendo gancho de derecha contra la mandíbula del hombre. Pitt optó por golpear a la mujer en la nuca. Ambos se desplomaron con un leve gemido.
Agachado para que no lo vieran a través de la ventana, Pitt sacó un rollo de cinta adhesiva de la mochila y se lo arrojó a Giordino.
– Átalos mientras yo les quito los monos.
Tardaron menos de tres minutos en desnudar, atar y amordazar a los dos encargados inconscientes, tras lo cual los empujaron debajo de las mesas para que no los vieran desde el exterior. Pitt se vistió con el mono negro, que le iba holgado, mientras que Giordino reventó las costuras del mono blanco de la mujer. Encontraron dos cascos a juego en un estante y se los pusieron. Pitt se echó la mochila al hombro, y Giordino se hizo con una tablilla y un lápiz para completar el disfraz. Luego, bajaron la escalera hasta el túnel.
En cuanto se orientaron y miraron en derredor, Pitt y Giordino se quedaron boquiabiertos ante el increíble espectáculo, con los ojos entrecerrados para protegerlos del brillo de las luces.
Aquel no era un túnel ferroviario cualquiera. No era un túnel ferroviario en absoluto.