El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– No lo había comprendido -dijo Maurice.
El tono era ya peligrosamente amistoso. En aquel momento entró la secretaria de Maurice y entregó a su jefe una hoja de papel. Era la nota de prensa que Berrington había esbozado. Maurice se la pasó a Jeannie, a la vez que manifestaba:
– Es preciso que formulemos hoy mismo una declaración de este tipo, si queremos eliminar el reportaje.
Jeannie leyó la nota y su cólera se reavivo.
– ¡Pero esto es una barbaridad! -estalló-. No se ha cometido ningún error. No se ha violado la intimidad de nadie. ¡Hasta el momento nadie se ha quejado!
Berrington disimuló su delectación. No dejaba de ser paradójico que fuese tan apasionada y, sin embargo, tuviese la infinita paciencia y perseverancia que se requería para llevar a cabo la tediosa investigación científica que estaba desarrollando. La había visto trabajar con los sujetos seleccionados: nunca parecían irritarla ni fatigarla, ni siquiera se mostraba molesta cuando embrollaban las pruebas. Con ellos, las malas conductas le parecían tan interesantes como las buenas. Jeannie tomaba nota de cuanto decían y al final les daba sinceramente las gracias. Sin embargo, fuera del laboratorio, la menor provocación la convertía en una traca.
Berrington interpretó el papel de pacificador desasosegado.
– Pero, Jeannie, el doctor Obell considera que debemos hacer una declaración firme.
– No pueden decir que se interrumpe mi programa de ordenador -dijo Jeannie-. ¡Eso equivaldría a cancelar todo mi proyecto!
La expresión de Maurice se endureció.
– No puedo permitir que el New York Times publique un reportaje en el que se afirme que los científicos de la Jones Falls invaden la intimidad de las personas -dijo-. Nos costaría millones de dólares en donativos perdidos.
– Dé con un camino intermedio -rogó Jeannie-. Diga que está estudiando el problema. Nombre un comité. Si es necesario, crearemos un sistema de seguridad perfeccionado que garantice la intimidad.
Oh, no, pensó Berrington. Eso era alarmantemente razonable.
– Tenemos un comité de ética, naturalmente -dijo. Trataba de ganar tiempo-. Es un subcomité del claustro. -El claustro era la junta rectora de la universidad y la formaban todos los profesores numerarios, pero el trabajo lo realizaban los comités-. No puedes anunciar que les traspasas a ellos el problema.
– No vale -dijo Maurice bruscamente-. Todo el mundo sabrá que es un subterfugio.
– ¡No quiere darse cuenta -protestó Jeannie- de que al insistir en la acción inmediata está descartando prácticamente cualquier debate reflexivo!
Berrington decidió que aquel era un buen momento para dar por concluida la reunión. Maurice y Jeannie estaban a matar, ambos atrincherados en sus posiciones. Había que cortarlo antes de que empezaran a pensar de nuevo en un compromiso.
– Buen punto, Jeannie -dijo Berrington-. Déjame hacer una proposición… Si me lo permites, Maurice.
– Claro, oigámosla.
– Tenemos dos problemas independientes. Uno consiste en dar con el modo de que siga adelante la investigación de Jeannie sin que el escándalo caiga sobre la universidad. Eso es algo que tiene que resolver Jeannie, y que debatiremos luego largo y tendido. El segundo es como presentarán esto al mundo el departamento y la universidad. Ese es un asunto del que tenemos que tratar tú y yo, Maurice.
– Muy razonable -dijo Maurice, aparentemente aliviado.
– Gracias por reunirte con nosotros tan deprisa, Jeannie -manifestó Berrington.
La muchacha comprendió que aquello era una despedida. Se puso en pie, fruncido el ceño con perplejidad. Se daba cuenta de que le habían tendido una trampa, pero no conseguía imaginar en qué consistió.
– ¿Me llamarás? -preguntó a Berrington.
– Desde luego.
– Muy bien. -Jeannie titubeó unos segundos antes de salir.
– Una mujer difícil -comentó Maurice.
Berrington se inclinó hacia delante, entrelazadas las manos y, baja la mirada en actitud humilde.
– Creo que la culpa es mía, Maurice. -Maurice denegó con la cabeza, pero Berrington continuó-: Yo contraté a Jeannie Ferrami. Naturalmente, no tenía idea de que iba a desarrollar ese método de trabajo… pero, no obstante, la responsabilidad es mía y creo que soy yo el que tiene que sacarte de ésta.
– ¿Qué propones?
– No puedo pedirte que te abstengas de difundir ese comunicado de prensa. No tengo derecho a hacerlo. No puedes poner un proyecto de investigación por encima del bienestar de toda la universidad. Eso lo comprendo. Alzó la cabeza.
Maurice vaciló. Durante una fracción de segundo Berrington temió que sospechara que le estaba manipulando, arrinconando mediante una maniobra. Pero si tal idea cruzó por la mente del doctor Obell, no se asentó allí.
– Agradezco tus palabras, Berry. Pero ¡qué harás respecto a Jeannie?
Berrington se relajó. Parecía haberlo conseguido.
– Me parece que Jeannie es mi problema -confesó-. Déjamelo, pues, a mí.
22
Steve se desplomó en brazos del sueño durante las primeras horas de la madrugada del miércoles.
La sección de celdas estaba tranquila, Gordinflas roncaba y Steve llevaba ya veinticuatro horas sin pegar ojo. Hizo cuanto pudo por mantenerse despierto, pero todo lo que consiguió fue una duermevela en cuyo transcurso soñó que un juez benévolo le sonreía y decretaba: «Solicitud de fianza concedida, pongan en libertad a este hombre». Y el salía del tribunal a una calle inundada de sol. Sentado en el suelo de la celda, en su postura de costumbre, apoyada la espalda en la pared, se sorprendió varias veces dando cabezadas y despertándose bruscamente, hasta que, por último, la naturaleza se impuso a la fuerza de voluntad.
Dormía profundamente cuando un doloroso golpe en las costillas le obligó a despertarse sobresaltado. Jadeó y abrió los párpados. Gordinflas le había propinado un puntapié y se inclinaba sobre él, rezumantes de locura los ojos, mientras vociferaba:
– ¡Me birlaste la droga, hijoputa! ¿Dónde la escondiste, dónde? Si no me la sueltas enseguida, date por fiambre!
Steve reaccionó sin pensar. Se levantó del suelo como impulsado por un resorte, extendido y rígido el brazo derecho, e introdujo dos dedos en los ojos de Gordinflas. Éste soltó un grito de dolor y retrocedió. Steve siguió con su acoso, intentando atravesar con los dedos el cerebro de Gordinflas hasta llegar a la nuca. En alguna parte, muy lejos, sonó una voz que le pareció era la suya y que profería insultos.
Gordinflas retrocedió un paso más y cayó sentado violentamente sobre la taza del retrete. Se cubrió los ojos con las manos.
Steve pasó ambas manos por detrás del cuello de Gordinflas, le empujó la cabeza hacia delante y le asestó un rodillazo en la cara. Brotó la sangre por la boca de Gordinflas. Steve le agarró por la camisa, lo levantó de la taza del retrete y lo dejó caer contra el suelo. Se disponía a patearle, cuando la cordura volvió a él. Vaciló, con la vista sobre el sangrante Gordinflas tendido en el piso de la celda, y la roja neblina de la cólera empezó a aclararse.
– ¡Oh, no! -articuló-. ¿Qué es lo que he hecho?
Se abrió de golpe la puerta de la celda e irrumpieron dos guardias, enarboladas las porras.
Steve alzo las manos frente a sí.
– Tranquilízate -dijo uno de los agentes.
– Ahora ya estoy tranquilo -respondió Steve.
Los policías lo esposaron y sacaron de la celda. Uno de ellos le propinó un puñetazo en el estómago, con todas sus fuerzas. Steve se dobló sobre sí mismo, boqueante.