El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
A Jeannie no se le ocurrió nada más que decir. El misterio seguía tan insondable como siempre.
– Señora Pinker, quiero repetirle mi agradecimiento por su amable colaboración.
– Ya sabe donde me tiene, para lo que guste.
Jeannie volvió al laboratorio.
– Aparentemente -dijo a Lisa-, Steve y Dennis nacieron con trece días de diferencia, en distintos estados. La verdad, no lo entiendo.
Lisa abrió una caja nueva de probetas.
– Bueno, hay una prueba incontrovertible. Si tienen el mismo ADN, son gemelos idénticos, digan lo que digan los demás respecto a su nacimiento.
Sacó dos tubitos de cristal de dentro de la caja. Tenían una longitud de poco más de cinco centímetros. Su fondo era cónico y una tapa cubría la boca de los tubos. Abrió un paquete de etiquetas, escribió «Dennis Pinker» en una y «Steve Logan» en otra, las pegó en los tubos y los colocó en un estante.
Rompió el sello del recipiente de la sangre de Dennis y vertió una gota en una de las probetas. Después cogió del refrigerador un frasquito de sangre de Steve e hizo lo propio. Mediante una graduada pipeta de precisión -un tubo con ampolleta en un extremo- añadió una ínfima cantidad de cloroformo a cada probeta. Después tomó una nueva pipeta y añadió una similar cantidad exacta de fenol.
Cerró las dos probetas y las puso en la batidora, donde se agitaron durante unos segundos. El cloroformo disolvería la grasa y el fenol facturaría las proteínas, pero las largas moléculas en doble hélice del ácido desoxirribonucleico se mantendrían intactas.
Lisa volvió a poner los tubos en el estante.
– Es todo lo que podemos hacer de momento, hasta dentro de unas horas -dijo.
El fenol disuelto en agua se disgregaría del cloroformo despacio. Se formaría un menisco dentro del tubo, en el límite. El ADN sería la parte acuosa, que se podría retirar de la pipeta para la siguiente fase de la prueba. Pero habría que esperar hasta la mañana.
Sonó un teléfono en alguna parte. Jeannie frunció el entrecejo; parecía repicar en su despacho. Cruzó el pasillo y descolgó el auricular.
– ¿Sí?
– ¿Doctora Ferrami?
Jeannie odiaba a las personas que lo primero que hacían al llamar por teléfono era enterarse de quién estaba al aparato, antes de presentarse. Era como llamar a la puerta de una casa y preguntar al que la abre: «¿Quién diablos es usted?». Hizo retroceder garganta abajo las ganas de soltar una respuesta sarcástica y dijo:
– Soy Jeannie Ferrami. ¿Quién llama, por favor?
– Naomi Freelander, del New York Times. -Sonaba como una fumadora empedernida, entrada ya en la cincuentena-. Tengo unas preguntas que formularle.
– ¿A estas horas de la noche?
– Trabajo las veinticuatro horas del día. Y parece que usted también.
– ¿Cuál es el motivo de su llamada?
– Investigo con vistas a un artículo sobre ética científica.
– ¡Ah! -Jeannie pensó de inmediato en la circunstancia de que Steve ignorase que pudiera ser un hijo adoptivo. Era un problema ético, aunque no insoluble… pero seguramente el Times no sabría nada del asunto-. ¿Qué es lo que le interesa?
– Tengo entendido que ha explorado usted bases de datos clínicas en busca de sujetos apropiados para su estudio.
– Oh, sí, vale -Jeannie se tranquilizó. Por aquel lado no tenía motivo alguno de preocupación-. Bueno, he ideado un mecanismo de búsqueda que explora los datos informáticos y localiza parejas cuyos miembros se corresponden. Mi propósito es encontrar gemelos idénticos. Mi programa informático puede utilizarse en cualquier clase de banco de datos.
– Pero usted ha tenido acceso a archivos médicos con el fin de utilizar ese programa.
– Es importante definir qué entiende usted por acceso. He puesto un cuidado especial en no invadir la intimidad de nadie. Jamás he llegado a ver los detalles médicos de ninguna persona. El programa no imprime los historiales.
– ¿Qué imprime?
– Los nombres de los dos individuos, su dirección y número de teléfono.
– Pero imprime los nombres por parejas.
– Naturalmente, ese es el quid.
– De modo que si usted usara, digamos, una base de datos de electroencefalogramas, ésta le informaría de que las ondas cerebrales de John Smith son las mismas que las de Jim Fitz.
– Las mismas o similares. Pero no me daría ningún otro dato relativo a la salud del hombre.
– Sin embargo, en el caso de que usted supiese previamente que John Smith era un esquizofrénico paranoide, llegaría a la conclusión de que Jim Fitz también lo era.
– Jamás sabríamos una cosa así.
– Puede que conozcan a John Smith.
– ¿Cómo?
– Podría ser su conserje o algo por el estilo.
– ¡Oh, venga ya!
– Cabe esa posibilidad.
– ¿Por ahí van a ir los tiros de su reportaje?
– Quizás.
– Muy bien, eso es teóricamente posible, pero las probabilidades son tan ínfimas que cualquier persona razonable lo podría descartar.
– Eso es discutible.
Jeannie pensó que la periodista estaba firmemente decidida a ver un atropello, a pesar de los hechos; empezó a preocuparse. Ya tenía suficientes problemas sin que los malditos profesionales de la noticia se le echaran encima.
– ¿Hasta qué punto es real todo esto? -dijo-. ¿Ha tropezado usted con alguien que considere que se ha violado su intimidad?
– Me interesa la potencialidad.
Una sospecha asaltó a Jeannie.
– De todas formas, ¿quién le ha indicado que me llame?
– ¿Por qué lo pregunta?
– Tiene que haber alguna razón para que me formule esas preguntas. Me gustaría saber la verdad.
– No puedo decírselo.
– Eso es muy interesante -repuso Jeannie-. Le he hablado con cierta amplitud de mi investigación y de mis métodos. No tengo nada que ocultar. Pero usted no puede decir lo mismo. Parece sentirse, bueno, avergonzada, sospecho. ¿Se avergüenza del procedimiento que ha empleado para enterarse de lo referente a mi proyecto?
– No me avergüenzo de nada -replicó, brusca, la periodista.
Jeannie se dio cuenta de que empezaba a enojarse. ¿Quién se creía que era aquella mujer?
– Bueno, pues alguien está avergonzado. De no ser así, ¿por qué no quiere decirme quién es ese hombre? O esa mujer.
– Debo proteger mis fuentes.
– ¿De qué? -Jeannie comprendía que lo mejor era dejarlo correr. Nada se ganaba enemistándose con la prensa. Pero la actitud de aquella mujer era insufrible-. Como ya le he dicho, mis métodos no tienen nada de incorrecto y no amenazan la intimidad de nadie. ¿Porqué, pues, ha de mantenerse en secreto la identidad de su informante?
– La gente tiene motivos…
– Da la impresión de que las intenciones de su informador eran perversas, ¿no le parece?
Al tiempo que lo decía, Jeannie estaba pensando: ¿por qué iba a querer alguien hacerme esta jugada?
– Sobre eso no puedo hacer ningún comentario.
– Nada de comentarios, ¿eh? -la voz de Jeannie rezumaba sarcasmo-. Recordaré esa frase.
– Doctora Ferrami, quisiera darle las gracias por su colaboración.
– De nada -replicó Jeannie, y colgó.
Permaneció un buen rato contemplando el teléfono.
– Y ahora, ¿a qué infiernos viene todo esto? -articuló.
MIÉRCOLES
21
Berrington durmió mal.
Pasó la noche con Pippa Harpenden. Pippa era una secretaria del departamento de Física. Un sinfín de profesores, incluidos varios casados, le habían propuesto salir, pero Berrington fue el único al que no dio calabazas. Berrington se había vestido de punta en blanco, la llevó a un restaurante discreto y pidió un vino de calidad exquisita. Disfrutó de las envidiosas miradas de hombres de su edad que cenaban allí acompañados de sus viejas y nada agraciadas esposas. Se la llevó después a casa, encendió unas velas, se puso un pijama de seda y le hizo el amor despacio, hasta que Pippa jadeó de placer.