El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– Quizá podamos ofrecerle alguna compensación.
Sobornarla era algo que a Berrington no se le había ocurrido. Dudaba de que diera resultado, pero nada se perdía con intentarlo.
– Buena idea.
– ¿Es numeraria?
– Ingresó este semestre, como profesora auxiliar. Le faltan seis años al menos para alcanzar la permanencia. Pero podemos ofrecerle un aumento de sueldo. Sé que necesita el dinero, ella misma me lo dijo.
– ¿Cuánto gana ahora?
– Treinta mil dólares al año.
– ¿Cuánto crees que deberíamos ofrecerle?
– Tendría que ser una cantidad sustancial. Ocho o diez mil.
– ¿Hay fondos para eso?
Berrington sonrió.
– Creo que podría convencer a la Genético.
– Entonces eso es lo que haremos. Llámala ahora mismo, Berry. Si está en el campus, que se presente aquí enseguida. Zanjaremos este asunto antes de que la policía ética llame otra vez a nuestra puerta.
Berrington descolgó el auricular del teléfono de Maurice y marcó el número del despacho de Jeannie. Contestaron al instante.
– Jeannie Ferrami.
– Aquí Berrington.
– Buenos días.
El tono de Jeannie era cauteloso. ¿Acaso adivinó su intención de seducirla la noche del lunes? Tal vez se estaba preguntando si planeaba intentarlo de nuevo. O quizá se había enterado ya del problema que estaba planteando el New York Times.
– ¿Puedo verte ahora mismo?
– ¿En tu despacho?
– Estoy en el del doctor Obell, en Hillside Hall.
Jeannie dejó escapar un suspiro de indignación.
– ¿Es acerca de esa mujer llamada Naomi Freelander?
– Sí.
– Es una tontería absurda, supongo que lo sabes.
– Lo sé, pero hay que afrontarlo.
– Voy para allá.
Berrington colgó.
– Estará aquí dentro de un momento -transmitió a Maurice-. Parece que ya ha tenido noticias del Times.
Los minutos inmediatos iban a ser cruciales. Si Jeannie se defendía con eficacia, era posible que Maurice cambiase de estrategia. Berrington tendría que ingeniárselas para, sin parecer hostil a Jeannie, lograr que Maurice se mantuviera firme. Era una muchacha de temperamento fogoso, enérgica y segura, no del tipo conciliador, especialmente cuando consideraba que le asistía la razón. Era muy probable que se ganase la enemistad de Maurice sin la ayuda de Berrington. Pero, por si se daba el caso de que Jeannie se manifestase suave y persuasiva, Berrington necesitaba un plan de retirada.
Un golpe de inspiración le indujo a proponer:
– Mientras esperamos a que venga, podemos redactar un borrador de comunicado de prensa.
– Esa es una buena idea.
Berrington tomó un cuaderno de notas y empezó a escribir. Necesitaba algo que Jeannie no pudiera aceptar, algo que hiriese su amor propio y la sacara de sus casillas. Escribió que la Universidad Jones Falls reconocía haber cometido errores. Presentaba sus excusas a todas aquellas personas cuya intimidad hubiera sido violada. Y prometía interrumpir el programa a partir de la fecha de hoy.
Tendió la nota a la secretaria de Maurice y le encargó que la pasara enseguida por el procesador de textos.
Jeannie llegó rebosante de efervescente indignación. Vestía una holgada camiseta verde esmeralda, ceñidos vaqueros negros y la clase de calzado al que tiempo atrás llamaban botas de mecánico y que ahora volvían a estar de moda. Llevaba su aro en la perforada nariz y la espesa cabellera negra recogida detrás de la cabeza. A Berrington le pareció guapísima, pero su indumentaria no impresionaría al presidente de la universidad. A los ojos de este, Jeannie parecería la clase de irresponsable subalterna académica susceptible de crear dificultades a la UJF.
Maurice la invitó a tomar asiento y le informó de la llamada del periódico. Sus modales eran rígidos. Berrington pensó que Maurice se sentía cómodo con los hombres maduros; pero las jóvenes con pantalones vaqueros ceñidos eran algo extraño para él.
– La misma mujer me llamó a mí -dijo Jeannie, sulfurada-. Esto es un disparate.
– Pero usted accede a bases de datos médicos -señaló Maurice.
– Yo no miro las bases de datos, eso lo hace el ordenador. Ningún ser humano ve historial clínico alguno. Mi programa se limita a sacar una relación de nombres y direcciones, agrupados por parejas.
– A pesar de todo…
– No vamos mas allá sin antes pedir permiso a los sujetos potenciales. Ni siquiera les decimos que son gemelos hasta que han aceptado ser parte de nuestro estudio. ¿Qué intimidad se invade, pues?
Berrington simuló que la respaldaba.
– Ya te lo dije, Maurice -terció-. El Times está equivocado de medio a medio.
– Ellos no lo ven así. Y debo pensar en la reputación de la universidad.
– Créame si le digo que mi trabajo acrecentará esa reputación -aseveró Jeannie. Se había inclinado hacia delante y Berrington captó en su voz la pasión por los descubrimientos que impulsa a todos los buenos científicos-. Este es un proyecto de importancia trascendental. Soy la única persona que ha encontrado el modo de estudiar la genética de la criminalidad. Cuando publiquemos los resultados, será algo sensacional.
– Tiene razón -confirmó Berrington.
Era cierto. El estudio de Jeannie hubiera sido fascinante. Destruirlo constituía un acto desgarrador. Pero él no tenía otra opción.
Maurice denegó con la cabeza.
– Mi obligación es proteger del escándalo a la universidad.
– También es su obligación defender la libertad académica -replicó Jeannie con insensata temeridad.
Era una táctica equivocada. De pascuas a ramos, en otra época, sin duda hubo algunos presidentes de universidad que combatieron en defensa del derecho a difundir libremente la cultura, pero aquellos tiempos habían concluido. Ahora, los presidentes de universidad eran recaudadores de fondos, pura y simplemente. Lo único que conseguiría Jeannie mencionando la libertad académica era ofender a Maurice.
El doctor Obell se erizó.
– Jovencita, no necesito que me dé usted ninguna lección respecto a mis deberes presidenciales -dijo, sofocado.
Con gran satisfacción por parte de Berrington, Jeannie pasó por alto la puntada.
– ¿Ah, no? -contestó a Maurice, sin apartarse del tema-. Aquí tenemos un conflicto directo. De una parte, una periodista al parecer con una historia mal orientada; de otra, una científica en pos de la verdad. Si un presidente universitario va a plegarse a esa clase de presión, ¿qué esperanza hay?
Berrington exultaba de júbilo. Jeannie estaba maravillosa, arreboladas las mejillas y fulgurantes las pupilas, pero cavaba su propia tumba. Cada palabra hacía aumentar la inquina de Maurice.
Luego, Jeannie pareció percatarse de lo que estaba haciendo, porque, de pronto, cambió de táctica.
– Por otra parte, ninguno de nosotros desea publicidad perniciosa para la universidad -observó en tono más apacible-. Comprendo perfectamente su preocupación, doctor Obell.
Maurice se suavizó automáticamente, al tiempo que crecía la disgustada desilusión de Berrington.
– Me hago cargo de que esto la sitúa en una posición difícil -dijo el presidente- La universidad está dispuesta a ofrecerle una compensación, en forma de una subida de salario de diez mil dólares anuales.
La sorpresa apareció en el rostro de Jeannie.
– Eso te permitirá -intervino Berrington- sacar a tu madre de esa residencia que tanto te preocupaba.
Jeannie titubeó sólo unos segundos.
– Se lo agradezco profundamente -dijo-, pero eso no resolvería el problema. Subsiste el hecho de que debo conseguir gemelos para mi investigación. De no ser así, no habrá nada que estudiar.
Berrington ya pensaba que Jeannie no iba a dejarse comprar.
– Seguramente habrá algún otro sistema para encontrar sujetos convenientes para su estudio, ¿no? -aventuró Maurice.
– No, no lo hay. Necesito gemelos idénticos, que se hayan criado separadamente y uno de los cuales sea un delincuente. Lo cual parece demasiado pedir. Mi programa informático localiza personas que ni siquiera saben que tienen un hermano gemelo. No existe otro método para hacerlo.