¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]
- Автор: Пратчетт Теренс Дэвид Джон
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1720-0
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
—Agente Zanahoria, quiero que ataques a estos hombres —dijo Vimes. Zanahoria se puso firme.
—Muy bien, señor —dijo.
Y echó a correr en dirección contraria, por la calle por donde habían venido.
—¡Eh! —gritó Vimes cuando el chico desapareció tras una esquina.
—Eso es lo que me gusta —le aseguró el primer guardia, apoyándose en la lanza—. Un joven con iniciativa, sí señor. Un muchacho listo. No quiere quedarse aquí para que le arranquen las orejas. Ese joven llegará muy lejos, tiene lo que se dice sentido común.
—Es sensato, sí —asintió el otro guardia. Apoyó la lanza contra la pared.
—Vosotros, los de la Guardia Nocturna, me dais ganas de vomitar —dijo con tono amable—. Siempre de aquí para allá, sin dar ni golpe, dándoos aires como si tuvierais alguna importancia. Así que Clarence y yo te vamos a demostrar lo que hacen los guardias de verdad, ¿te parece bien?
Puedo encargarme de uno, pensó Vimes mientras daba unos pasos hacia atrás. Al menos, si se pone de espaldas.
Clarence dejó la lanza contra la puerta y se escupió en las manos.
Se oyó un aullido largo, aterrador. Vimes se sorprendió al descubrir que no lo estaba lanzando él.
Zanahoria apareció doblando la esquina, corriendo a toda velocidad. Llevaba un hacha arrojadiza en cada mano.
Sus grandes sandalias de cuero volaban sobre las losas, acelerando a medida que se acercaba. Y sin dejar de lanzar aquel grito, matarmatarmatarmatarmatarmatar, como si se hubiera quedado atrapado en un eco interminable.
Los dos guardias de palacio se quedaron rígidos de asombro.
—Yo en vuestro lugar me agacharía —les advirtió Vimes, casi desde el nivel del suelo.
Las dos hachas abandonaron las manos de Zanahoria y silbaron como látigos por el aire. Una de ellas se estrelló contra la puerta del palacio y se clavó casi hasta el mango. La otra golpeó el mango de la primera y lo partió en dos. Luego, llegó Zanahoria.
Vimes se sentó un rato en un banco cercano, y se puso a liarse un cigarrillo.
—Creo que ya es suficiente, agente —dijo al final—. Ahora nos acompañarán sin problemas.
—Sí, señor. ¿De qué están acusados, señor? —preguntó Zanahoria, sosteniendo en cada mano un cuerpo inerte.
—De atacar a un oficial de la Guardia durante el cumplimiento de su deber y de…, ah, sí, y de resistencia al arresto.
—¿Según la Sección (vii) del Acta de Orden Público de 1457?
—Sí —asintió Vimes con solemnidad—. Sí. Supongo que sí.
—Pero no se resistieron demasiado, señor —señaló Zanahoria.
—Bueno, pero intentaron resistirse al arresto. Yo los dejaría ahí apoyados contra la pared hasta que volvamos. Supongo que no querrán ir a ninguna parte.
—Tiene razón, señor.
—Pero no les hagas daño. No se debe hacer daño a los prisioneros.
—Es verdad, señor —asintió Zanahoria con seriedad—. Los prisioneros, una vez acusados, tienen Derechos, señor. Lo dice el Acta sobre la Dignidad del Hombre (Derechos Civiles) de 1341. Siempre se lo recuerdo al cabo Nobbs. Tienen Derechos, le digo. Eso significa que no hay que Pegarles Patadas.
—Haces muy bien en decírselo. Zanahoria bajó la vista.
—Tienen derecho a permanecer en silencio —recitó—. Tienen derecho a no producirse heridas al caer por las escaleras cuando los lleven a las celdas. Tienen derecho a no saltar por la ventana desde un piso alto. No están obligados a decir nada, claro, pero si dicen algo pues lo siento, tendré que apuntarlo y podrá ser utilizado como prueba.
Sacó su libreta de notas y lamió la punta del lápiz. Se inclinó aún más.
—¿Perdón? —dijo. Miró a Vimes—. ¿Cómo se escribe «Aaaay», señor?
—Con hache, creo.
—Gracias, señor.
—Esto…, ¿agente?
—¿Sí, señor?
—¿Para qué quenas las hachas?
—Ellos estaban armados, señor. Las cogí de la herrería de la Calle del Mercado, señor. Dije al dueño que usted las pagaría luego.
—¿Y el aullido? —preguntó Vimes débilmente.
—El grito de guerra de los enanos, señor —replicó Zanahoria con orgullo.
—Es un grito muy bueno —dijo Vimes, eligiendo cuidadosamente las palabras—, pero te agradecería que, la próxima vez, me avisaras antes, ¿de acuerdo?
—Por supuesto, señor.
—Mejor por escrito.
El bibliotecario siguió avanzando. Lo hacía lentamente, porque había cosas con las que no quería tropezarse. Algunas criaturas evolucionaban hasta llenar todos los huecos, y muchas de las que se encontraban en la polvorienta inmensidad del Espacio-B eran poco recomendables. Eran mucho más inusuales que las criaturas inusuales habituales.
Por lo general, podía adelantarse a los acontecimientos sólo con vigilar a las inofensivas arañas que se arrastraban por el polvo. Cuando huían espantadas, era un buen momento para esconderse. En varias ocasiones tuvo que aplastarse contra los estantes como un diccionario gigantesco. Aguardaba con paciencia hasta que la manada de Criaturas pasaba de largo, devorando el contenido de libros selectos y dejando tras ellas montoncitos de delgados volúmenes de crítica literaria. Y había otras cosas, cosas que esquivaba a toda velocidad y trataba de no mirar…
Por encima de todo, debía esquivar los tópicos.
Se terminó de comer los cacahuetes subido en una escalerilla de mano, que paseaba sin rumbo fijo por los estantes más elevados.
Aquel territorio le resultaba familiar, o al menos tenía la sensación de que tarde o temprano le resultaría familiar. El tiempo no se mide de la misma manera en el Espacio-B.
Había estanterías cuyo perfil le parecía reconocer. Los títulos de los libros, aunque seguían siendo ilegibles, tenían un tentador atisbo de legibilidad. Hasta le parecía reconocer el olor del aire polvoriento.
Se metió rápidamente por un pasillo lateral, dobló la esquina y, sin apenas desorientarse, entró en el juego de dimensiones que la gente que no conoce otra cosa considera «normal».
Notaba un terrible calor, y tenía el espeso vello de punta mientras la energía temporal se descargaba gradualmente.
Estaba en la oscuridad.
Extendió una mano y exploró los lomos de los libros que tenía al lado. Áh. Ahora sabía dónde estaba.
Estaba en casa.
Estaba en casa una semana antes.
Era esencial que no dejara huellas. Pero eso no era problema. Se subió al estante más cercano y, bajo la luz que entraba por la cúpula, empezó a trepar.
Lupine Wonse alzó los ojos enrojecidos del montón de papeleo que se acumulaba sobre su escritorio. En la ciudad nadie sabía nada sobre coronaciones. Había tenido que inventarlo todo sobre la marcha. Al menos, sabía que había que agitar montones de cosas.
—¿Sí? —dijo bruscamente.
—Eh…, un tal capitán Vimes quiere ser recibido —dijo el criado.
—¿Vimes, de la Guardia?
—Sí, señor. Dice que es de la mayor importancia.
Wonse bajó la vista hacia la lista de otras cosas que también eran de la mayor importancia. Coronar al rey, por ejemplo. Los Sacerdotes Supremos de cincuenta y tres religiones reclamaban el honor. Iba a ser un caos. Y luego estaban las joyas de la corona.
Mejor dicho, no estaban las joyas de la corona. En algún momento de las generaciones anteriores, las joyas de la corona habían desaparecido. En aquellos instantes, un joyero de la calle de los Artesanos Hábiles hacía lo que podía en tan poco tiempo con cristalitos y brillantina.
Vimes podía esperar.
—Dile que vuelva otro día —replicó Wonse.
—Eres muy amable al recibirnos —dijo Vimes, apareciendo en la puerta. Wonse lo miró.
—Ya que estás aquí… —suspiró.