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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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El capitán dejó caer su casco sobre el escritorio de Wonse, con un gesto que el secretario consideró de lo más ofensivo, y se sentó.

—Siéntate —sugirió Wonse.

—¿Has desayunado ya? —preguntó Vimes.

—Aún no…

—No te preocupes —lo interrumpió el otro alegremente—. El agente Zanahoria irá a ver qué tenéis por la cocina. Este muchacho le mostrará el camino.

Cuando hubieron salido, Wonse se inclinó sobre la marea de papeles.

—Más vale que haya un buen motivo para…

—El dragón ha vuelto —dijo Vimes. Wonse lo miró. Vimes le devolvió la mirada.

Los sentidos de Wonse volvieron del remoto rincón donde se habían refugiado.

—Has estado bebiendo, ¿verdad?

—No. El dragón ha vuelto.

—Oye, mira…

—Yo lo he visto —señaló Vimes con certidumbre.

—¿Has visto un dragón? ¿Estás seguro? Vimes se inclinó sobre el escritorio.

—¡No! ¡Puede que me haya equivocado como un imbécil! —gritó—. ¡Puede que haya visto alguna otra cosa gigantesca con zarpas enormes, alas cubiertas de escamas y aliento de fuego! ¡Debe de haber millones de bichos que respondan a esa descripción!

—¡Pero si vimos cómo lo mataba! —exclamó Wonse.

—No sé qué vimos —replicó Vimes—. Pero sé muy bien lo que vi yo.

Se echó hacia atrás, temblando. De repente, se sentía muy, muy cansado.

—De cualquier manera —siguió, tratando de controlar su tono de voz—, hay una casa quemada en la calle Casilimpia. Igual que las otras.

—¿Ha sobrevivido alguno?

Vimes apoyó la cabeza entre las manos. Se preguntó cuánto tiempo hacía que no dormía, que no dormía bien, con sábanas. O cuánto hacía que no comía bien. ¿Había sido la noche anterior, o hacía ya dos noches? Ahora que lo pensaba, ¿había dormido bien alguna vez en toda su vida? Tenía la sensación de que no. Morfeo se había arremangado y le estaba estrujando el cerebro. Pero algunas células grises se rebelaban ¿Que si había sobrevivido…?

—¿Alguno? —preguntó.

—Alguno de los habitantes que hubiera en la casa, por supuesto —dijo Wonse—. Es de suponer que habría gente dentro. Como es de noche…

—¿Eh? Ah. Sí. No era una casa normal. Creo que se trataba de una sociedad secreta, o algo por el estilo —consiguió responder Vimes.

Algo le estaba cosquilleando al fondo de la mente, pero estaba demasiado cansado como para prestarle atención.

—¿Magia, quieres decir?

—No sé. Es posible. Unos tipos vestidos con túnicas. Me va a decir que he estado trabajando demasiado, pensó. Y encima tendrá razón.

Mira —dijo Wonse con amabilidad—, la gente que se dedica a trastear con la magia y no sabe controlarla…, bueno, puede volar por los aires y…

—¿Volar por los aires?

—Y tú llevas unos días muy ajetreados —siguió Wonse, tranquilizador. Si a mí me hubiera derribado un dragón, y hubiera estado a punto de achicharrarme, yo también los vería por todas partes.

Vimes lo miró con la boca abierta. No se le ocurría nada que decir. La banda elástica que lo había mantenido en pie durante los últimos días se había roto ya.

—¿No te parece que has estado trabajando demasiado ? —preguntó Wonse.

Ah, pensó Vimes. Menos mal. Y se derrumbó hacia adelante.

El bibliotecario se inclinó cautelosamente para mirar los libros, y extendió un brazo en la oscuridad.

Allí estaba.

Sus gruesas uñas rascaron el lomo del libro. Lo sacó cuidadosamente del estante y lo levantó. Alzó la lámpara para verlo.

No había duda. La invocación de dragones. Ejemplar único, primera edición, ligeramente maltratado por el tiempo y muy maltratado por los dragones.

Puso la lámpara a un lado y empezó a leer por la primera página.

—¿Mmm? —masculló Vimes al despertarse.

—Te he traído una buena taza de té, capitán —dijo el sargento Colon—. Y un trozo de bizcocho. Vimes lo miró sin comprender.

—Has estado durmiendo —le explicó el sargento Colon—. Cuando Zanahoria te trajo, no había manera de despertarte.

Vimes miró a su alrededor, observando el entorno ya familiar del Yard.

—Oh —dijo.

—Nobby y yo hemos estado detectando —siguió Colon—. ¿Te acuerdas de esa casa que se fundió? Bueno, pues allí no vive nadie. Sólo son habitaciones que se alquilan, así que fuimos a buscar al dueño. Hay un encargado que va todas las noches a guardar las sillas y a echar la llave. No le hizo la menor gracia que se quemara. Ya sabes cómo es esa gente.

Se irguió, aguardando el aplauso.

—Bien hecho —lo complació Vimes al tiempo que mojaba el bizcocho en el té.

—Hay tres sociedades que usan el local —siguió Colon. Sacó la libreta de notas—. Son…, a ver…, La Sociedad Ankh-Morpork de Amantes del Buen Arte, ejem, ejem, el Club de Canciones y Bailes Populares de Morpork, y los Hermanos Esclarecidos de la Noche Ébano.

—¿Por qué ejem ejem? —se interesó Vimes.

—Bueno, ya sabes…, eso del «arte». No son más que tipos que pintan cuadros de jovencitas al natural —explicó Colon, el entendido—. Me lo dijo el encargado. Algunos de ellos ni siquiera llegan a mojar los pinceles, es una auténtica vergüenza.

En esta ciudad debe de haber un millón de historias, pensó Vimes. Entonces, ¿por qué siempre me toca escuchar las de este tipo?

—¿Cuándo se reúnen? —preguntó.

—Los lunes a las siete y media, la entrada cuesta diez peniques —le informó Colon rápidamente—. En cuanto a los de los bailes populares…, bueno, eso no es problema. ¿Nunca te has preguntado qué hacía el cabo Nobbs en sus noches libres?

El rostro de Colon se abrió en una sonrisa como una raja de sandía.

—¡No! —exclamó Vimes, incrédulo—. ¿Nobby? ¡Imposible!

—¡Pues sí! —replicó el sargento, encantado ante el resultado de la información.

—¿Y va por ahí agitando panderetas con cascabeles y dando saltitos?

—Dice que es muy importante preservar las viejas tradiciones —explicó Colon.

—¿Nobby? ¿El señor Patadas-a-la-entrepierna, Sólo-estaba-probando-el-picaporte-y-se-abrió?

—¡El mismo! Qué mundo este, ¿eh? Le dio vergüenza que me enterara.

—Dioses —suspiró Vimes.

—Eso viene a demostrar que las apariencias engañan —siguió Colon—. En fin, sigamos con el tema. El encargado dijo que los Hermanos Esclarecidos siempre dejan el local hecho un asco. Marcas de tiza pisoteadas en el suelo, y todo eso. Y que nunca ordenan las sillas, ni lavan la urna del té. Últimamente se han estado reuniendo a menudo, según él. Los pintores de chicas desnudas tuvieron que buscarse otro local la semana pasada.

—¿Qué habéis hecho con nuestro sospechoso? —preguntó Vimes.

—¿Ése? Oh…, se nos escapó, capitán —respondió el sargento, avergonzado.

—¿Por qué? No parecía en condiciones de ir muy lejos.

—Bueno, cuando llegamos aquí, lo sentamos junto a la chimenea y le echamos una manta por encima, porque no paraba de tiritar —explicó Colon mientras Vimes se ponía la cota de mallas.

—Espero que no os comierais sus pizzas.

—Se las comió Errol. Es por lo del queso, se pone todo…

—Sigue.

—Pues eso —continuó Colon, titubeante—, no dejaba de temblar, de tintar, de gimotear cosas sobre dragones y todo eso. La verdad es que nos dio pena. Y entonces, pegó un salto y salió huyendo, sin ningún motivo.

Vimes clavó una mirada en el rostro abierto y deshonesto del sargento.

—¿Sin ningún motivo?

—Bueeeno…, decidimos comer algo, así que le dije a Nobby que fuera a la panadería, ¿sabes?, y pensamos que al prisionero igual le apetecía comer algo…

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