El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Cuando Richard se disponía a marcharse para volver con su familia, pidió hablar a solas con Roy. Salieron a la calle. El sol ya se estaba poniendo. Llegaba una brisa agradable de Jamaica Bay.
– Mira, Roy -dijo Richard-; no me entiendas mal, pero el caso es que yo preferiría trabajar a solas contigo en los trabajos especiales.
– Me has leído el pensamiento -dijo Roy-. Grandullón, tú eres mi arma secreta. No voy a hacer que te trates con mi cuadrilla. No te preocupes. Son todos muy buenos, unos tipos legales de cojones; Chris es como si fuera hijo mío; pero no voy a hacer que te trates con ellos.
– De acuerdo -dijo Richard. Se abrazaron y se besaron en la mejilla, y Richard se volvió a Nueva Jersey con su familia. Y, de este modo, Richard Kuklinski se convirtió en el «arma secreta» de Roy DeMeo.
La Policía no pudo encontrar ningún testigo del asesinato del hombre que paseaba a su perro en el Village; ningún sospechoso lógico, ningún motivo para el asesinato: un nuevo homicidio sin resolver en Nueva York que había sido obra de Richard Kuklinski.
29
Richard procuraba escrupulosamente ocultar sus actividades a su familia. Barbara no tenía idea de a qué se dedicaba en realidad; ella no se lo preguntaba, y él no se lo decía.
Además de distribuir pornografía, Richard tenía alquilado un almacén en North Bergen que le servía de base para vender artículos falsificados: jerséis, bolsos, pantalones vaqueros, incluso perfumes. Compraba grandes partidas de esos artículos a precio de saldo; tenía mujeres que les cosían etiquetas de marcas conocidas, y después los vendía en los mercadillos de todo el país. El dinero llegaba a espuertas. Richard seguía dedicándose a los asaltos a camiones, en calidad de intermediario entre los asaltantes y los compradores, obteniendo siempre un beneficio. Dejó de beber licores fuertes y procuraba no jugar. Quería mucho a su familia y no quería hacer nada que la perjudicara. Por una parte era marido y padre ideal, atento, cariñoso y generoso hasta la exageración. Llevaba con mucho gusto a sus hijas y a las amigas de estas a ver las películas que querían y a comer en los restaurantes que les gustaban; le encantaba comprar ropa bonita a sus hijas, siempre dos prendas de cada clase: todo era poco para sus hijas. Compraba constantemente para Barbara ropa, zapatos, joyas, abrigos de visón… lo que quisiera. Iban a restaurantes de lujo todos los fines de semana. Richard se encargaba siempre de que, cuando llegaran, ya les estuviera esperando en la mesa, en un cubo de hielo, el vino favorito de Barbara, el Montrachet. Le abría las puertas. Le sujetaba amablemente la silla cuando se iba a sentar.
Por otra parte, podía perder los estribos por cualquier tontería y volverse tiránico, maligno, una amenaza. La casa de los Kuklinski podía ser en un momento dado un edén apacible, para convertirse al cabo de un instante, en un islote azotado por los embates de un mar proceloso y turbulento.
Cuando mi papá estaba normal, tenía un corazón de oro. Cuando se enfadaba, era… era un maníaco, explicó hace poco su hija Chris.
Richard se compró un Cadillac blanco nuevo. La familia empezó a buscar una casa nueva en una parte mejor de Nueva Jersey. West New York, en el condado de Hudson, estaba cambiando; se instalaban allí miembros de muchas minorías, y Richard y Barbara querían mudarse a un barrio mejor.
Acabaron comprándose un dúplex, estilo rancho, en Dumont, Nueva Jersey, con tres dormitorios y garaje. Era un barrio agradable de clase media alta, un buen lugar para criar niños; un pedazo bastante jugoso del sueño americano hecho realidad. Barbara quiso tener una piscina y que el jardín se cubriera de buen césped, sano y de buen color. Ningún problema: Richard estaba deseoso y encantado de dar a Barbara todo lo que quería. Seguía sin tener una idea clara del valor del dinero, y se lo gastaba alegremente en cuanto le venía a las manos.
Los fines de semana los Kuklinski celebraban barbacoas espléndidas a las que invitaban a todos los vecinos de la manzana. Richard era en general un hombre abierto y amistoso, buen vecino, siempre dispuesto a echar una mano. Se ponía un delantal de cocinero y asaba alegremente hamburguesas y salchichas para sus hijas y para todos sus amigos. Los vigilaba cuando jugaban en la piscina, pendiente de que ninguno se hiciera daño. Repartía amablemente toallas y ayudaba a sus hijas a secarse; ordenaba con gusto el patio trasero después de que los chicos se hubieran pasado el día jugando. Barbara seguía queriendo tener más hijos; quería tener un chico; esperaba que tuvieran un hijo.
Pero cuando Richard se enfadaba, estallaba. Parecía incapaz de controlar su ira, y cuando se enfadaba, su crueldad no conocía límites, era como si se convirtiera en otra persona. Rompía los juguetes y las chucherías de sus hijas; destrozaba las sillas, las mesas y los objetos de a casa. Después de que Barbara hubo reformado la cocina, cuando estuvieron instalados todos los electrodomésticos y los armarios, Richard perdió los estribos y llegó a arrancar de la pared los armarios de cocina, además de sacar de su sitio el fregadero y arrojarlo por una de las ventanas de la cocina.
Después, siempre se sentía muy mal, hasta le repugnaba lo que había hecho. Se enfadaba tanto consigo mismo que no era capaz ni de mirarse al espejo. Cuando estaba así, en uno de sus arrebatos, lo único que podían hacer Barbara y sus hijas era apartarse de su camino, y eso era lo que hacían, en la medida de lo posible.
Además, cuando Richard estaba enfadado con Barbara, no dudaba en maltratarla delante de sus hijas. Era como si ni siquiera se diera cuenta de que estaban delante. Le daba bofetadas, empujones, golpes. Sus hijas, horrorizadas, contemplaban aquel espectáculo suplicándole que lo dejara, llorando, chillando y pidiéndole que no siguiera. Si no hubiera sido por la intervención de sus hijas, por sus súplicas, muy bien podría haber matado a Barbara en un ataque de rabia. Si la hubiera matado en uno de sus arrebatos, habría matado también a sus hijas.
– Si mamá muere, Merrick -llegó a decir a su hija mayor-, tendré que mataros a tu hermana y a ti, ¿sabes? No puedo dejar testigos… ¿lo entiendes?
– Sí, papá -dijo Merrick.
Barbara se sentía atrapada, según dijo. No podía acudir a ninguna parte. Si iba a la Policía y enseñaba sus lesiones, los ojos morados y las contusiones, quizá lo detuvieran; pero ella sabría que no tardaría en salir bajo fianza, y entonces saldría para matarla. Se lo había dicho así de claro en muchas ocasiones.
Y ella lo creía.
Barbara estaba convencida íntimamente, según explicó, de que Richard la destruiría si acudía a las autoridades o si hacía cualquier cosa por la que él pudiera perder a su familia. Antes que eso, los mataría a todos.
Pero, por extraño que pueda parecer, Barbara no estaba amedrentada ante Richard. Le plantaba cara, lo desafiaba, lo señalaba con el dedo retándolo a que volviera a pegarle… cosa que él solía hacer.
– Tío grande, te crees muy duro porque pegas a una mujer… ¡No eres duro! ¡No tienes nada de duro! -le decía ella a la cara.
Las cosas no habrían estado tan mal si mi madre se hubiera callado -explicó hace poco su hija Merrick-. Ella empeoraba las cosas… hacía peor todavía una situación que ya era mala de por sí. Era como si quisiera provocarlo. Yo le decía que se callara, «calla, mamá», que no le replicase, que no le plantara cara, «no digas nada, mamá», pero ella no se callaba.