El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Es un puto desgraciado, y yo no voy a correr ningún riesgo por él -dijo a una de las chicas que trabajaban en el laboratorio. Cuando le preguntaron si sentía que corría peligro, dijo: «Sé demasiado como para que alguien me haga daño».
Fue un grave error de juicio por su parte. Estas palabras no tardaron mucho en llegar a oídos de DeMeo.
La fiscalía del distrito de Rothenberg pidió al abogado de este que convenciera a su cliente para que contara cómo lo estaba extorsionando la Mafia. A la fiscalía del distrito le importaba un pito la pornografía que hacían y distribuían Rothenberg y Argrila; lo que les interesaba era la Mafia; allí era de donde salían los titulares de prensa, y a todos los fiscales de todas partes les gustan los titulares. Un claro ejemplo de ello sería el de Rudolph Giuliani, que fue fiscal general. Los periodistas que cubrían su guerra al crimen organizado, de la que se hizo tanta publicidad, solían comentar que «jamás veía una cámara que no le gustara».
Se celebraron varias reuniones entre el abogado de Rothenberg, Herb Kassner y fiscales adjuntos. DeMeo, que tenía muchos contactos en el Departamento de Policía de Nueva York (policías corruptos que le vendían información) no tardó en enterarse de lo que se estaba cociendo. Convocó inmediatamente a Richard a una reunión en Brooklyn.
Cuando llegó Richard, estaba allí Nino Gaggi en persona. Llevaba una camisa amarilla de mangas cortas y gafas grandes de aviador. Se hicieron las presentaciones. Lo que quería Roy, el asesinato de Rothenberg, no podía confiárselo a sus hombres. Rothenberg los conocía a todos, y Roy quería poner aquel encargo en manos de un profesional. Sus hombres eran muy hábiles a la hora de matar y descuartizar en la trastienda del Gemini, pero Roy sabía que no podía confiarles un encargo que requería delicadeza, una planificación cuidadosa… discreción.
Roy fue directamente al grano, como de costumbre.
– Este puto judío de Rothenberg está dando problemas -dijo-. ¿Te has enterado de lo que dijo, que sabía demasiado como para que pudiésemos hacerle daño? -preguntó con incredulidad.
– Me había enterado -dijo Richard.
– Nuestro amigo aquí presente está preocupado. Si podemos ganar algo, es gracias a él; si no nos molesta nadie, es gracias a él.
Richard asintió con la cabeza respetuosamente. lo había entendido.
Gaggi tomó la palabra por primera vez.
– Cometí el error de dejar que me viera aquel kike [5]. Sabe quién soy. Es un problema. Ese mamón es capaz de meterme a la sombra.
Nino Gaggi tenía un miedo atroz a ir a la cárcel. El se consideraba a sí mismo un hombre de negocios, en cuyo negocio había que robar y matar, pero la cárcel no entraba nunca en sus cálculos. La mayoría de los mafiosos saben y no olvidan nunca que la cárcel forma parte inseparable de su terreno de actividad; pero Nino Gaggi no. Él estaba por encima de aquello. La cárcel no era para él.
– Yo me haré cargo de este problema -se ofreció Richard. Ya sabía para qué lo habían llamado a Brooklyn, y se daba cuenta de que era una buena oportunidad para entablar buenas relaciones con Gaggi y los Gambino-. Tendré mucho gusto en ir a verlo -añadió Richard.
– Bien -dijo Roy; e informó a Richard de dónde vivía Paul Rothenberg, el coche que llevaba, hasta el número de la matrícula. No hacía falta decir nada más. Ahora, ya todo era cuestión de tiempo.
Cuando Richard salía a hacer «un trabajo» solía llevarse su furgoneta de vidrios oscurecidos. Se llevaba una provisión de gaseosa y un recipiente de plástico que le servía de orinal.
Para ser un asesino a sueldo eficaz lo fundamental era la planificación y la paciencia, ser capaz de sentarse a vigilar y a esperar el momento oportuno para dar el golpe. Aquella era la parte del trabajo que a Richard más le gustaba, la que dominaba a la perfección: la planificación y el acecho.
El domingo 29 de julio hacía un día caluroso y húmedo. Richard aparcó discretamente su furgoneta a una manzana de la casa de Rothenberg y se sentó allí a esperar. Roy había dicho a Richard que Rothenberg estaba casado y que solía llevar a su mujer de compras. Además, Rothenberg tenía una amante negra. Richard la había visto varias veces. Aquel día, Richard llevaba una 38 con silenciador. Con calma y paciencia se puso a esperar a Rothenberg allí sentado, aguantando el calor de julio, oyendo música country.
Cuando Rolhenberg salió por Fin de la casa, sacó un trapo del maletero y se puso a limpiar los cristales del coche. Roy había pedido a Richard que le llamara cuando viera a Rothenberg, y Richard así lo hizo desde una cabina de teléfonos que había en la esquina. Marcó el número por el «busca». Roy le devolvió la llamada inmediatamente.
– ¿Qué hay? -le preguntó Roy.
– Lo estoy viendo ahora mismo. Está delante de su casa, limpiando los cristales de su coche -dijo Richard-. Parece que va a alguna parte.
– Llámame y dime dónde ha ido. Quiero ver yo mismo cómo acaba esto, si es posible.
– Roy, eso lo complicaría todo…
– Tú llámame, Rich -insistió Roy, siempre en su papel de jefe, de mandamás.
Richard colgó el teléfono. No le gustaba la idea de que Roy supiera cuándo se iba a producir el golpe; pero haría lo que le había dicho Roy.
La mujer de Rothenberg salió de la casa al poco rato. Los dos subieron al coche y se pusieron en marcha seguidos por Richard. Richard no conocía bien la zona, pero consiguió seguir a Rothenberg hasta que llegaron a un centro comercial. Como era fin de semana, había mucha gente de compras. Rothenberg aparcó, y su mujer salió del coche y entró en una tienda. Rothenberg se puso a leer la sección de deportes del Daily News. Richard llamó a Roy y le dijo dónde estaba, que pensaba acabar con él allí mismo. Gracias al silenciador, podría hacer el trabajo si se presentaba el momento adecuado.
– Voy para allá -dijo Roy-. ¡Espérame! -añadió.
– ¿Estás loco? -replicó Richard; pero Roy colgó. Enfadado, Richard se volvió a su furgoneta. Se quedó allí sentado, sacudiendo la cabeza con desagrado, mientras veía a Rothenberg leer el periódico. Sabía que cuando volviera a salir de la tienda la mujer de Rothenberg, habría pasado el momento. Él no pensaba matarlo delante de su mujer. Rothenberg estaba aparcado hacia el extremo izquierdo del gran aparcamiento, cerca de un callejón entre dos edificios de bloques de cemento donde se descargaban mercancías de los camiones.
En efecto, Richard vio que el Lincoln blanco de DeMeo entraba en el aparcamiento a toda velocidad, con chirrido de neumáticas. Richard levantó los ojos al cielo en gesto de consternación. En el coche venían tres tipos, Freddie, Drácula y Chris. Richard vio que Freddie se fijaba en su furgoneta y la señalaba con el dedo. Se dirigieron hacia donde estaba Richard. Roy se bajó del coche y se acercó a la furgoneta.
– ¿Dónde está? -preguntó Roy.
– Allí; pero, no entiendo… ¿a qué viene todo esto? ¿Para qué te has traído a tu ejército?
[5] Kike (pronunciado kaik): despectivamente, judío. (TV. del T.)