El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
La única manera que tenía Barbara de defenderse, de no perder su propia identidad, su propia personalidad, era plantar cara a su marido; y lo hacía, y sufría a menudo las consecuencias.
Así lo explicaba su hija Chris: Mi padre se cuso con la mujer que no debía. Yo diría que si mamá hubiera sido más mansa, quiero decir, si no hubiera tenido la lengua tan suelta, los arrebatos habrían terminado mucho antes. Pero ella no cerraba la boca, y la verdad es que empeoraba las cosas. Hasta cuando él le estaba pegando, cuando le estaba dando golpes, mi madre seguía provocando a mi padre, insultándolo y despreciándolo. Mi madre… mi madre incitaba aquello.
Pero Barbara no es de la misma opinión: Yo no iba a consentir de ninguna manera que me pisoteara, callándome y dejando que me maltratara. No podía acudir a ninguna parte, no podía recurrir a nadie, y por eso le decía a él… le decía lo que sentía. Es posible, o sea, ahora, volviendo la vista atrás, me parece que es posible que lo estuviera incitando, provocando; pero yo no estaba dispuesta a dejarme pisotear como una estera sin decir esta boca es mía; ni pensarlo.
Después, Richard siempre se sentía enfadado consigo mismo por haber aterrorizado a sus hijas. Pero nunca dijo que lo sentía ni que no volvería a pasar. Se portaba como si no hubiera pasado nada; todo iba bien y todo estaba arreglado. Era como si hubiera pasado una tormenta terrible, como si los daños no fueran más que las consecuencias naturales de la tormenta. Nada más. Aquello no había tenido nada que ver con él. La culpa había sido de la tormenta.
Su hija Chris tomó por costumbre llamar a la operadora telefónica tras los arrebatos de su padre y colgar cuando oía la voz de la operadora; la consolaba y la tranquilizaba de alguna manera saber que había alguien al otro lado del teléfono, alguien que podría ayudarla. Chris y su hermana empezaron a preparar una «bolsa de fuga», como la llamaban. Guardaban en ella algo de ropa, un par de juguetes queridos, un par de zapatos de repuesto para cada una. Pensaban que solo era cuestión de tiempo hasta que su padre matara a su madre de verdad, y querían tener un equipo de fuga preparado para poder salir corriendo por la puerta cuando llegara el momento.
Barbara repitió a Richard con toda claridad que si llegaba a poner la mano encima a sus hijas, ella le cortaría el cuello cuando estuviera dormido. Le dijo esto con tal sinceridad fría y tranquila que él lo creyó. Por otra parte, él mismo habría preferido cortarse las manos a llegar a hacer hecho daño físico a cualquiera de sus dos hijas.
Pero Barbara… Barbara era una cuestión muy distinta.
A veces, cuando Richard estaba perdiendo el control, cuando contraía los labios y se ponía pálido y producía aquel chasquido terrible con los labios, él mismo se daba de puñetazos, con tal fuerza que se dejaba sin sentido a sí mismo. Según reconoció hace poco, aquel era el único medio que tenía para evitar hacer daño a Barbara y aterrorizar a sus niñas: dejarse sin sentido a sí mismo; y así lo hacía.
El espectáculo de Richard dejándose sin sentido a sí mismo a golpes era terrible, espeluznante, pavoroso. No solo se daba puñetazos, sino que se daba de cabezadas contra la pared hasta caer sin sentido. Después, al cabo de un rato, volvía en sí y se marchaba de la casa en silencio, como un tornado que se alejaba y se perdía de vista calladamente por el horizonte.
Es verdad que Richard no pegaba a sus hijas ni las maltrataba físicamente de ninguna manera, pero les estaba produciendo una angustia y un dolor interior muy grandes… cosa que, al parecer, Barbara no tenía en cuenta. Ambas niñas parecían equilibradas y felices exteriormente, pero dentro tenían una gran agitación. No obstante, hacían amigos con facilidad, eran animadas y sociables, y obtenían resultados escolares relativamente buenos.
Pero Merrick seguía sufriendo problemas de riñón y de vejiga, fiebres altas, infecciones y convulsiones; pasaba mucho tiempo ingresada en el hospital y, en consecuencia, faltaba mucho a la escuela, varios meses al año.
Cuando Merrick estaba hospitalizada, su padre estaba siempre a su lado, llevándole lo que le hacía falta y asegurándose de que estaba cómoda y de que recibía buenos cuidados médicos. No solo se ocupaba de su hija, sino de todos los demás niños de la planta donde estaba ingresada. Siempre llevaba muñecas, juguetes y caramelos a los niños de la planta. Sentía una compasión tremenda hacia aquellos niños enfermos y estaba dispuesto a hacer de buena gana cualquier cosa por ellos, hasta a pagarles tratamientos y medicación que los padres no podían permitirse. Una niña de siete años que estaba en la habitación contigua a la de Merrick se estaba muriendo de cáncer, solo le quedaban unos días de vida. Sus padres no podían permitirse pagar el televisor del hospital, y se lo desconectaron. Cuando Richard fue a visitar a Merrick y se enteró de lo sucedido, se indignó porque hubieran desconectado la televisión de la niña, fue a buscar al técnico, le pagó y le hizo conectar inmediatamente el televisor. Richard era un verdadero doctor Jekyll y míster Hyde. Pero hiciera lo que hiciera, por muchos arrebatos que tuviera, por mucho miedo que le tuviera ella, Merrick perdonaba siempre a su padre, nunca le guardaba ningún rencor. Richard y Merrick estaban unidos por unos lazos especiales que no tenían Barbara ni Chris con Richard.
Tanto Chris como Barbara guardaban rencor a Richard por sus arrebatos, no le perdonaban ni olvidaban lo que hacía. Pero Merrick no. Hasta ahora, después de todo lo sucedido, Merrick no tiene una sola mala palabra para su padre, no le guarda el menor rencor. Es su sol y su luna, y ella estará a su lado hasta el final, pase lo que pase, donde sea, contra viento y marea.
Barbara se quedó embarazada otra vez, y este quinto embarazo fue relativamente fácil. Barbara quería y anhelaba tener un chico. Richard quería otra niña. Prefería a las niñas.
Contó en confianza que no quería tener un chico porque sentía muy dentro de sí que este le disputaría la atención de Barbara, e incluso la de sus hijas. A Richard le producían grandes celos todos los varones. Al fin, Barbara dio a luz un niño sano de tres kilos y medio al que llamaron Dwayne, en recuerdo de un cantante de música country del que Richard era aficionado.
30
– ¿puedes venir a verme a la casa de comidas que está junto al puente Tappan Zee, de mi lado del puente? -le preguntó DeMeo.
– Claro, estaré allí dentro de una hora -dijo Richard, y no tardó en ponerse en camino en su nuevo y ostentoso Cadillac El Dorado blanco, para reunirse con Roy. Roy y Richard habían desarrollado y perfeccionado aquella manera clandestina sencilla de ponerse al habla. Roy llamaba a Richard por su «busca» y le marcaba el número de una cabina de teléfonos de Brooklyn. Richard salía a una cabina próxima a su casa para devolverle la llamada, y así conseguían hablar sin miedo a los teléfonos intervenidos por el FBI, un temor constante y muy realista entre la gente de la Mafia. Estaban cayendo mafiosos como moscas por culpa de la ley de Organizaciones Corruptas e Influidas por el Crimen Organizado (OCICO), de reciente creación y que se aplicaba con habilidad. Para ser condenados bajo la ley OCICO e ir a la cárcel bastaba con hablar de cometer un delito, conspirar, como lo definía el texto de la ley; no era preciso haber llegado a cometer ningún delito.
Camino de su reunión con Roy, Richard se preguntaba qué trabajo tendría este entre manos. Desde el día que Richard había volado la cabeza al hombre que paseaba con el perro en el Village, había sufrido una metamorfosis radical. Se había comprometido por entero al asesinato, a matar por dinero.