El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Un día que Richard fue al Gemini Lounge para dejar un dinero de Roy, su parte de los beneficios con la pornografía, este lo recibió con grandes sonrisas, abrazos y muestras de alegría por verlo. Estaba reunido el grupo habitual de asesinos en serie: Anthony y Joey, Chris y Freddie DiNome, y el primo de Roy, Drácula. Sentados alrededor de la gran mesa redonda, comían bistecs con patatas y bebían vino tinto hecho en casa. En un rincón, a la izquierda, había unas pesas y una bolsa pesada.
A Richard no le caía bien ninguno de aquellos tipos, pero se sentó con ellos como uno más, a comer entre bromas y risas. Roy comía sin modales, hablaba con la boca llena, era un verdadero gavone (un grosero).
Al final de la comida, a Roy le cambió de pronto el humor (lo tenía más variable todavía que el propio Richard) y tomó una metralleta Uzi que llevaba montado un silenciador largo de aspecto temible. Era un arma capaz de disparar quince balas del calibre nueve parabellum en un segundo
– Una buena pieza, joder -dijo, apuntando de pronto con el arma a Richard y montándola con un ruido metálico espeluznante: clic-clic.
Todos los que estaban sentados a la mesa retrocedieron repentinamente, como obedeciendo a una señal. Ya nadie sonreía ni reía ni estaba alegre. Richard sabía que podía encontrarse en un abrir y cerrar de ojos con el pecho lleno de grandes orificios de bala. Miró a Roy con curiosidad.
– ¿Por qué me amenazas de este modo, Roy? ¿Qué coño pasa? -le dijo.
– Me han contado que andas diciendo porquerías de mí le dijo Roy.
– Eso es mentira. Si tengo que decir algo de ti, te lo digo a la cara. Que me pongan delante al cabrón que ha dicho eso: quiero oírselo decir yo mismo. ¡Es mentira! -dijo Richard, acalorándose. Roy lo miró fijamente con sus ojos negros de tiburón blanco, sin dejar de apuntarle al pecho con la Uzi. Richard parecía duro y desafiante exteriorménte, pero estaba muy tenso por dentro. Sabía bien que Roy era un asesino psicótico; que la Uzi podía destrozarlo, literalmente, en cuestión de segundos. Veía que Roy tenía el dedo en el gatillo. El silencio en la sala (en El Matadero) se hizo denso y pesado. A Richard le vinieron a la cabeza imágenes vividas del cadáver que había visto puesto a desangrar sobre la bañera.
– Sí, serías capaz -dijo Roy por fin, bajando la Uzi-. Tienes huevos, grandullón. Sé que tienes huevos -añadió, y se rió con esa risa suya desagradable de hiena; y todos volvieron a acercarse a la mesa. El momento había pasado tan aprisa como había llegado. Roy dejó la Uzi como si no hubiera pasado nada. Al poco rato, Roy y Richard salieron juntos. Roy se disculpó, a su manera. Richard le aseguró su amistad. Los dos se dieron un abrazo. Al rato, Richard salió de vuelta a Nueva Jersey. Por el camino iba maldiciendo a DeMeo entre dientes. DeMeo le había amenazado dos veces con un arma de fuego; lo había querido intimidar… lo había puesto en evidencia. Richard pasó todo el camino de vuelta a Dumond jurando que mataría a aquel desgraciado.
Cuando Richard llegó a su casa, Barbara advirtió inmediatamente que estaba de mal humor, y tanto ella como las chicas procuraron quitarse de en medio. Barbara se encargó de que Dwayne no saliera de su cuarto. Richard encendió el televisor y vio una película del Oeste (sus favoritas) mientras bufaba de rabia pensando en Roy DeMeo. Sí: mataría a Roy. Pero esperaría, tendría paciencia; lo haría cuando llegara el momento oportuno. Hasta entonces, se aprovecharía de él.
Tal como había temido Richard, Barbara se ocupaba constantemente del hijo de ambos. No se cansaba de prestarle atención, y Richard, en efecto, daba muestras externas de su resentimiento contra el pequeño Dwayne. Jamás había sentido aquello con sus hijas, pero sí que lo sentía con Dwayne. Barbara intentó quitar importancia a los celos de Richard, pero por dentro temía que Richard llegara a hacer daño a Dwayne; temía que Richard estallara por cualquier tontería y que descargara su ira sobre el pequeño Dwayne.
– Si haces daño a mi hijo, date por muerto -dijo a Richard en muchas ocasiones.
Según dice Barbara ahora, si ella hubiera sabido con quién estaba hablando, habría hecho las maletas y habría puesto pies en polvorosa con sus hijos. Pero ella sabía que, se escondiera donde se escondiera, él la encontraría, jamás la dejaría marchar. Se inquietó tanto por Dwayne, que empezó a dejarlo en casa de su madre durante los fines de semana, para que «no corriera peligro», como decía ella.
El distribuidor de pornografía Paul Rothenberg, socio de Tony Argrila, estaba dando problemas. Rothenberg era un tipo descarado, insolente, pendenciero y cortante; era un hombre rechoncho con una nariz como una patata. Lo habían detenido en muchas ocasiones por hacer y distribuir pornografía. Esto no era ilegal de por sí, pero Rothenberg forzaba los límites y vendía películas de zoofilia, películas en las que intervenían menores, películas de sadismo fuerte en las que corría la sangre, películas de «lluvias doradas», y lo detenían por distribuir este tipo de productos.
– Yo no las podría vender si la gente no quisiera verlas -solía decir; y seguía vendiendo estas producciones de hardeore extremo, perversas, que generaban grandes beneficios. Cuanto más perversas y aberrantes eran, más vendían; de hecho, se vendían como rosquillas en las tiendas a lo largo y ancho de los Estados Unidos.
Richard sentía resquemor hacia Rothenberg: lo culpaba de sus primeros problemas DeMeo, y esperaba el momento de vengarse. Richard creía en la venganza, con firmeza, con obsesión. Era incapaz de poner la otra mejilla. Esta idea no tenía nada que ver con él. Si alguien lo trataba mal, él no se sentía íntegro hasta haber hecho daño a esa persona.
El Departamento de Policía de Nueva York hizo una redada en el laboratorio cinematográfico y confiscó camiones enteros de pornografía, que el ahogado de Rothenberg valoró en un cuarto de millón de dólares. El Departamento de Policía sabía bien que el crimen organizado se había apoderado del negocio de la pornografía, y tanto la Policía como el fiscal del distrito, Robert Morgenthau, estaban decididos a desmontar aquel negocio insidioso. Estaban seguros de que la familia Gambino estaba muy metida en el negocio (era cosa que sabía todo el Mundo en la calle), pero necesitaban pruebas, pruebas tangibles que pudieran presentar ante un tribunal. Era tarea difícil, pues sería preciso que alguien se atreviera a declarar en calidad de testigo.
La Policía confiscó también los libros de contabilidad de Argrila y de Rothenberg, y encontraron cheques a nombre de Roy DeMeo, que los habría cobrado por medio del banco Credit Union de Brooklyn: se trataba de la primera vinculación directa con la familia Gambino.
La Policía sospechaba que Roy tenía relaciones con el crimen organizado, pero no tenían pruebas. Los detectives empezaron a seguir a DeMeo por todas partes, aunque él solía conseguir darles esquinazo, << era astuto como un zorro el primer día de la temporada de caza», según contó hace poco un detective del Departamento de Policía de Nueva York.
Evidentemente, Roy sabía que si Argrila y Rothenberg colaboraban con la Policía, él tendría problemas; y no solo él, sino también Nino Gaggi: Gaggi había estado presente el día en que Roy había impuesto su voluntad a Rothenberg. Roy sabía que tenía que proteger a Gaggi a todo trance: si a Gaggi lo detenían por aquel asunto, Roy se encontraría hundido en la mierda, era muy fácil que tuvieran que matarlo. Nino Gaggi había asesinado a gente por mucho menos.
DeMeo no creía que Tony Argrila hablara, pero no se fiaba de Rothenberg. Se puso en contacto con Rothenberg y lo invitó a una buena cena en un restaurante italiano en Flatbush, para sondearlo, y la impresión que se llevó no le gustó. Roy, como mucha gente que había salido de la calle y se había criado en ella, tenía muy desarrollado el sentido del peligro, y percibía que Paul Rothenberg no era de fiar, que estaba resentido por el dinero que Roy le había estado sacando; que le parecía que sus problemas con la justicia se estaban agravando de manera desproporcionada por sus tratos con Roy DeMeo. Roy, como amigo dispuesto a echar una mano, dio a Rothenberg unos cuantos miles de dólaes al contado para ayudarle a pagar a sus abogados y le dijo que, si le hacía falta más dinero, podría contar con él. Para Rothenberg, no se trataba de una cuestión de dinero. Siempre había guardado a Roy el resentimiento por la paliza que le había dado y no sentía la menor amistad ni vinculación hacia DeMeo.