El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
El joven Roy DeMeo siempre admiró a los mafiosos del barrio, que no escaseaban. Estaban por todo Canarsie, y eran en su mayoría miembros de la familia Lucchese, con sus coches de lujo, sus mujeres de lujo, su ropa de lujo y sus fajos enormes de billetes de cien dólares. Eso era lo que quería Roy; ese era el sueño de Roy; ese era el futuro con el que soñaba Roy. Los héroes de Roy eran Lucky Luciano, Al Capone y Albert Anastasia, asesinos infames todos ellos. Esas eran las personas que Roy admiraba y que quería emular. Quería que lo respetaran y lo temieran como a ellos.
Aunque Roy era un chico listo, con facilidad para las matemáticas, no le fue bien en la escuela. La escuela no le interesaba lo mas mínimo. El sabía que lo que quería él no se podía conseguir en ningún aula. Lo que él quería solo se podía aprender en la calle; de modo que allí era donde pasaba su tiempo Roy; aquella era su escuela; allí fue donde estudiaba con aplicación DeMeo.
Lo primero que tenía que hacer era perder peso y adquirir músculo, y el joven DeMeo se puso a hacer régimen y a levantar pesas con furia, y al cabo de poco tiempo perdió las grasas infantiles y el vientre prominente y sus músculos se desarrollaron y se volvieron duros como piedras. Ahora, cuando alguien molestaba a Roy, él tenía mucho gusto en hacerlo trizas. Luchaba de manera muy sucia, mordía a sus rivales y les atacaba a los ojos, y pronto se ganó la fama que pretendía de tipo duro, de hombre atrevido, peligroso, con el que no convenía meterse… cosa difícil en Canarsie.
Siendo un joven adolescente, DeMeo empezó a hacer préstamos con interés de usurero con el dinero que ganaba trabajando en un supermercado. Cuando alguien no le pagaba a tiempo, él le daba una paliza, al parecer con gran deleite. No tardó en convertirse en un matón bocazas, maligno y sádico, que iba pavoneándose con la boca torcida como si hubiera estado chupando un limón. Tenía una actitud provocativa, como desafiando a todo el mundo. Era como una bomba de relojería.
DeMeo prestó dinero a un chico llamado Chris Rosenberg, que vendía bolsitas de marihuana a cinco centavos. Con el dinero que le prestó Roy, Chris pudo comprar cantidades más importantes, y al poco tiempo ya vendía por onzas, e incluso por libras. Roy hizo a Chris socio suyo, lo absorbió a él y su negocio de venta de marihuana. Este sería un tema repetido en la vida criminal, infame y sangrienta de DeMeo: hacía socios suyos a las personas que le debían dinero y no le podían pagar a tiempo. Aquel era, de hecho, un sistema de trabajo clásico de la Mafia desde los inicios mismos de esta. La palabra mafia, en minúsculas, designa a una persona respetable, a un individuo con honra y buena fama, que puede andar con la cabeza bien alta. Se ha llamado Mafia con mayúsculas a la empresa criminal que surgió en Sicilia a mediados del siglo XIX y que extendió por todo el mundo sus insidiosos tentáculos. La Mafia fue durante muchos años una empresa criminal muy secreta y de gran éxito como no se había conocido nunca en el mundo. Todos sus miembros hacían un juramento de sangre de fidelidad a la familia en la que ingresaban. Las fuerzas policiales no tuvieron una idea general de lo que era la Mafia siciliana hasta que Joe Valachi refirió en Washington al comité McClellan del Senado, en 1963, los detalles sobre esta (sus inicios, su funcionamiento, su estructura). De hecho, en Italia existen tres organizaciones criminales distintas: la Camorra de Nápoles, la 'Ndrangheta de Calabria y la Mafia de Sicilia. La Camorra era (y sigue siendo) la más violenta y feroz de las tres.
El tristemente célebre John Gotti fue uno de los pocos napolitanos a los que se les permitió ingresar en las filas de la Mafia siciliana, en la familia Gambino, cosa que muchos consideran un grave error de cálculo por parte de Carlo Gambino. Carlo Gambino, hombre de enorme astucia, era un siciliano pequeño, frágil, de aspecto modesto, que vestía y aparentaba ser un sencillo campesino natural de Sicilia, cuando en realidad dirigía la mayor y la de más éxito de las cinco familias del crimen organizado de Nueva York. Carlo abrió la puerta a John Gotti porque Gotti había matado a un hombre que cometió la estupidez de secuestrar al sobrino de Carlo, Sal, y asesinarlo después de que se hubiera pagado un rescate. Naturalmente, esto equivalía a un billete de ida al cementerio, y John Gotti mató con mucho gusto al imbécil que había concebido aquel secuestro y asesinato estúpido.
Carlo cometería más tarde un segundo error grave de juicio, el de nombrar a su cuñado, Paul Castellano, cabeza de la familia tras su muerte, en octubre de 1976.
Paul Castellano era un hombre alto, flaco, cetrino y de ojos oscuros que tenía una carnicería en la Avenida Dieciocho, cerca de la calle Ochenta y Seis, en el barrio de Bensonhurst, en Brooklyn, otro barrio muy duro y ocupado por la Mafia. Si la Mafia tenía una universidad, esta era sin duda el barrio de Bensonhurst, en Brooklyn. Los «hombres hechos», soldados, tenientes, capitanes, subjefes y jefes de las cinco familias, vivían en Bensonhurst. Allí se compraban sus casas, allí celebraban los bautizos y las bodas de sus hijos, allí hacían sus fiestas y vivían sus vidas. Las escuelas públicas de Bensonhurst estaban llenas de niños que eran hijos de hombres hechos.
Paul Castellano era un buen hombre de negocios, pero era muy mal jefe mañoso. Amplió su carnicería hasta llegar a convertirla en un gran negocio de venta de carne y de aves al por mayor que lo convirtió en hombre adinerado. Paul se casó con Kathy, hermana de Carlo, y este matrimonio bastó para que Paul ascendiera rápidamente en la jerarquía de los Gambino.
Paul era un hombre de notable codicia; no había salido de la calle propiamente dicha, y la mayoría de los veintiún capitanes de la familia Gambino le tenían antipatía. El malestar que suscitaba la codicia de Castellano desembocó por fin en la muerte de este, al que mataron ante el restaurante Asador de Sparks en diciembre de 1985. Los mataron a él y a su guardaespaldas y chófer, Tommy Bilotti, por encargo de John Gotti y de Sammy Gravano, el Toro. El encargo fue obra de un equipo de tres, y uno de estos tres hombres era, precisamente, Richard Leonard Kuklinski.
En teoría, Roy DeMeo debía haberse tratado con la familia Lucchese e ingresar en ella: esta familia tenía su base en Canarsie y poseía en la zona docenas de desguaces y de talleres de manipulación de coches robados. Pero Roy quería algo más para sí mismo; quería formar parte de la familia Gambino, que eran la realeza de la Mafia: allí era donde quería «hacerse» Roy. DeMeo era un gran negociante; tenía intereses en los sindicatos, en los coches y las tarjetas de crédito robadas, en las drogas y en la usura; era socio de restaurantes y bares, tenía mucho dinero en la calle. Pero DeMeo era un tipo ruidoso, alborotador, que llamaba la atención enseguida, rasgos que solían evitar siempre los tipos de la Mafia; y, además, tenía muy mal humor… gritaba, chillaba y sacaba la pistola por menos de nada. Creía que la mejor manera de conseguir el respeto de la gente era amedrentarla, pegarle, hacerla sangrar.
«Me importa una leche si a la gente le caigo bien o no; lo que me importa es que me tengan miedo.» Este era uno de sus dichos favoritos, y la gente le tenía miedo, en efecto, y con razón, pues Roy DeMeo era un psicópata furioso con todas las de la ley. Además del resto de sus actividades, mataba a personas por diversión y por dinero. Realizaba ejecuciones aprobadas por la Mafia, así como otras que le encargaba gente no del hampa. En esencia, vendía asesinatos al por menor. Roy había trabajado de carnicero en Key Food, una tienda de alimentos de Brooklyn, y dominaba especialmente bien el arte de descuartizar los cadáveres para librarse de ellos.