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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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La muerte también creaba nuevos huecos. Se había llevado a Elisabeth de Vendôme, duquesa de Nemours, la amiga de la infancia, la casi hermana, víctima de la viruela en el momento en que la corte saboreaba en Versalles las delicias de «la isla encantada». El miedo al contagio hizo que se prohibiera a Sylvie ir a consolarla durante su enfermedad. Únicamente su madre, la duquesa de Vendôme, que no temía nada, y sobre todo no temía a la muerte, y una criada abnegada se habían ocupado de ella. Entre los amigos de la familia, el joven «Péguilin», convertido en conde de Lauzun a la muerte de su padre, fue también el único en saltarse todas las prohibiciones para ir a saludar a la que durante algún tiempo pensó que sería su suegra. Tuvo que guardar la cuarentena encerrado en su casa, pero no por ello se declaró menos satisfecho de haber ido a rendir homenaje a una dama a la que estimaba. Para entonces estaba ya descartado, por lo demás, su matrimonio con una de las pequeñas Nemours, que tan locas habían estado por éclass="underline" la mayor se casaba con el duque de Saboya, y se decía que la pequeña lo haría muy pronto con aquel rey de Portugal que con tanta energía había rechazado Mademoiselle, ahora exiliada una vez más en Saint-Fargeau. ¡Otra amiga alejada de Sylvie! En cambio, aunque Lauzun se había visto obligado a renunciar a sus proyectos respecto de Marie de Fontsomme, la original forma con que la muchacha había dado calabazas a su pretendiente había hecho que entre éste y su suegra frustrada naciera una amistad ciertamente episódica, pero sólida y divertida.

Finalmente, la primavera anterior había tenido que renunciar a la compañía de Suzanne de Navailles, exiliada a consecuencia de una peripecia semiburlesca, bastante poco honorable para el rey, y que sobre todo mostraba a una luz inquietante el carácter rencoroso de éste.

El suceso tuvo como marco el castillo de Saint-Germain, en el que, a pesar de su pasión por La Vallière y de la asiduidad con que frecuentaba por las noches a su esposa, el rey se había encaprichado de Mademoiselle de La Mothe-Houdancourt, una de las más bellas doncellas de honor de María Teresa. Le hizo la corte de modo tan visible que Madame de Navailles, responsable en tanto que dama de honor de aquel alegre escuadrón, se creyó autorizada por su cargo a dar una ligera, muy ligera, advertencia al joven monarca, sugiriéndole que buscara sus amantes en otro lugar que no fuera la casa de su esposa. Luis XIV aceptó el reproche sin rechistar, pero a la noche siguiente, en lugar de utilizar el camino habitual hacia la alcoba de la muchacha, se dedicó a escalar los tejados del castillo, en los que se abrían unos tragaluces muy oportunos. Al saberlo, la duquesa de Navailles hizo colocar el día siguiente unas rejas interiores, de modo que llegada la noche el rey tuvo que volverse insatisfecho, y ahora decididamente furioso. Como no se atrevió a exteriorizar su cólera para no ofender a su mujer, Luis XIV se tragó su rencor y esperó una ocasión. O mejor dicho, la recuperó.

Se trataba de una falsa carta del rey de España para informar a María Teresa de los amores de su esposo con La Vallière. Sus autores eran la condesa de Soissons, su amante el conde de Vardes y el conde de Guiche, que lo era de Madame. Pero la falsificación era tan burda, que al llegar a manos de Molina, ésta, sin decir nada a su ama, la entregó directamente al rey. Este se enfureció, pero le fue imposible encontrar un culpable. Ocurrió entonces el suceso de las rejas y Madame de Soissons, siempre venenosa, se apresuró a sugerir con mucho aplomo a su antiguo amante que tal vez la dama de honor tenía algo que ver en aquel feo asunto. Feliz por la ocasión que se le presentaba, Luis XIV ya no se preocupó de buscar más lejos. La venganza estaba servida, y aquella misma tarde los Navailles, marido y mujer, recibieron una orden de exilio que les envió a sus tierras del Béarn, con escasas esperanzas de regresar pronto. Aquello provocó la cólera de la reina madre: «¿Ahora castigáis la virtud?»Madre e hijo riñeron, pero la pelea no duró mucho: Luis fue a implorar perdón e incluso lloró, pero no ocultó que le era imposible «controlar sus pasiones» y que, en último término, mejor sería que se acostumbraran, tanto su madre como los demás.

Sylvie vio marchar a su amiga con un pesar que se agudizó al tener que soportar después a la nueva dama de honor, la ex marquesa de Montausier, convertida ahora en duquesa gracias a los eminentes méritos militares de su marido, al que ella no amaba. La nueva duquesa no era otra que la famosa Julie d'Angennes -hija de la no menos famosa marquesa de Rambouillet, reina durante muchos años de las Preciosas-, y Montausier la había conquistado, después de un largo cortejo infructuoso, haciendo componer para ella una asombrosa colección de versos ilustrados, La guirnalda de Julie. El matrimonio se había celebrado cuando la novia había cumplido los treinta y ocho años, lo que era un récord de virginidad. Se trataba de una mujer inteligente, a la que el rey había confiado inicialmente la tarea de gobernanta de los Infantes de Francia, cuando éstos se reducían únicamente al Delfín. Ahora era a la joven reina a quien entregaba de alguna manera a su gobierno, y muy pronto mostró de lo que era capaz, cuando intentó hacer aceptar el asunto La Vallière a la pobre esposa rebelde, que respondía sin cansarse a todos sus argumentos: «Yo le amo, le amo, le amo…»

— Si le amáis, debéis desear complacerle… y aceptar a sus amigas. Los amores de los hombres nunca duran mucho tiempo.

— Eso es fácil de decir, señora, pero esa muchacha es más reina de Francia que yo. Ya veis las fiestas que dan en su honor.

— ¡En honor de Vuestra Majestad y de la reina madre!

— ¿A quién queréis hacer creer eso? -gritó María Teresa, que era mucho menos tonta de lo que se creía-. Los versos de los poetas, las alusiones, los homenajes, van dirigidos a ella, y a nosotras las reinas no nos queda más que mirar… y aceptar.

— Vuestra Majestad se equivoca al ponerse en tal estado. Al rey no le gusta ver llorar. Volvería con más facilidad a Vuestra Majestad si encontrara un rostro sonriente, un poco más de coquetería y una buena relación con las mujeres que elige. Os falta adquirir más experiencia de las cosas del mundo.

Sylvie había intervenido entonces, bastante decepcionada al ver el papel que estaba desempeñando la dama.

— ¡No es culpa de la reina si sufre! Contra eso no pueden nada los razonamientos más sensatos.

Como el rey entró en ese preciso instante, la discusión se interrumpió en seco, pero la emoción de su llegada inesperada fue tan fuerte para María Teresa, que empezó a sangrar en abundancia por la nariz. Aquello disgustó a Luis XIV.

— ¿Ahora sangre? Hasta ahora, querida, no me ofrecíais más que lágrimas… ¡Pensad en el hijo que esperáis!

Y se retiró seguido de Madame de Montausier, que le hablaba al oído. Sylvie, ayudada por Molina y el joven Nabo, necesitó muchos minutos para que la reina recuperara un poco de calma, pero fue el negro quien mejor consiguió distraer a su ama con canciones, risas y una especie de sortilegios murmurados en una lengua incomprensible. Nabo había cambiado mucho en tres años. Ahora era un muchacho de quince años, hermoso como una estatua de bronce. La reina, con sus caprichos de embarazada, le reclamaba continuamente a su lado: se había convertido para ella en algo tan necesario como el chocolate que bebía en tales cantidades que los dientes se le estropeaban. Naturalmente, esa presencia continua, como también la de la enana, incomodó a la nueva dama de honor.

«Llegará un día en que la reina dará a luz un pequeño monstruo -decía a quien quería escucharla-. Convendría apartar de su vista unos objetos tan insólitos, que pueden influirla negativamente.»

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