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El Prisionero Enmascarado

Электронная книга - «El Prisionero Enmascarado». Краткое содержание книги:

A la muerte de su esposo en duelo con François de Beaufort, Sylvie, duquesa de Fontsomme, jura no volver a ver nunca a éste y se retira a las propiedades de su familia a criar a su hija 1tilarie y al pequeño Philippe, el secreto de cuyo nacimiento guarda celosamente. Entre los amigos que la visitan está Nicolas Fouquet, que se ha convertido en superintendente de las Finanzas del reino.Es entonces cuando el joven rey Luis XIV, que no olvida, ordena a Sylvie que se incorpore a la corte en Saint-Jean-de-Luz: va a casarse con la infanta Marie-Thérése y ella debe formar parte de las damas de la nueva reina. Durante las fiestas de celebración de la boda tiene la oportunidad de sacar de una situación comprometida a un mosquetero enamorado pero pobre, y ello le vale la amistad de D`Artagnan.. .De nuevo en París, no puede evitar a Beaufort, que parece haber recuperado el favor real, y que también ha trabado amistad con el superintendente. La ayuda de ambos resultará inestimable al sobrevenir un peligro que amenaza la vida del pequeño Philippe. Para colmo, Fouquet cae en desgracia, y el vengativo ministro Colbert se dedica a perseguir a los amigos del vencido.El peso de los secretos de Estado se hace sentir de nuevo. ¿Guardará el último de ellos una esperanza de felicidad para Sylvie?
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Pero María Teresa no quería separarse de quienes le recordaban con tanta fuerza su infancia en el silencio enrarecido por el incienso de los palacios castellanos, y Ana de Austria le daba la razón, decidida a ayudarla con toda la influencia que aún conservaba.

Cada vez más debilitada por el cáncer que le roía interiormente, la anciana reina no ignoraba a sus sesenta y tres años que se aproximaba a un final doloroso, y se preparaba multiplicando las estancias en su querido Val-de-Grâce, o bien en las Carmelitas de la Rue du Bouloi, donde también acudía con frecuencia su nuera. Su querida Motteville no la abandonaba, y ella recibía casi todos los días la visita de su confesor, el padre Montagu, antes lord Montagu, amante de la duquesa de Chevreuse y confidente de los bellos amores de antaño. Madame de Fontsomme, que ahora la compadecía de todo corazón, iba también siempre que podía: su amistad con Motteville se iba estrechando cada vez más, y la enferma la recibía siempre con alegría, y aún le llamaba a veces «gatita», con una sonrisa…

La tarde del regreso a Fontainebleau, una vez instalada María Teresa en sus grandes aposentos del Louvre, Sylvie, liberada momentáneamente de sus tareas, se hizo conducir a casa de Perceval de Raguenel, como lo hacía en cada ocasión en que la corte aterrizaba en París entre dos desplazamientos. Aquello le permitía reencontrar a su padrino y la atmósfera agradable de la Rue des Tournelles, y dejar cerrado la mitad del año su hôtel de la Rue Quincampoix, de modo que la mayor parte del personal marchaba a Fontsomme o a la casa de Conflans, la preferida de Sylvie. Además, allí tenía más oportunidades que en cualquier otro lugar de ver a su hija, porque el afecto que ésta mostraba hacia Perceval crecía cada vez más, en tanto que el que sentía por su madre parecía disminuir.

No es que hubiese habido entre ellas ningún incidente, pero, después de la noche de Fontainebleau en que Marie había declarado su amor a François, y sobre todo después de la marcha de su hermano con el hombre que ella se obstinaba en amar, la joven había cambiado mucho. Aparte de sus encuentros en la corte, nunca iba a la casa de su madre más que de paso, con la esperanza, muchas veces en vano, de tener «noticias de Philippe», aunque entre líneas era otro el nombre que se leía. Su afecto ya no tenía el calor de antes: era superficial, distraído, y parecía depender de la costumbre más que brotar espontáneamente del corazón. En cambio, profesaba a Madame una especie de devoción, y únicamente a su lado encontraba soportable la vida; no paraba de proclamar cuánto le gustaba vivir en las Tullerías o en Saint-Cloud, y rechazaba con magnífica regularidad todos los partidos que se le presentaban. Entre sus pretendientes, Lauzun no había sido más que un meteoro: muy pronto le había dado a entender que, como no ignoraba la pasión que él sentía por la princesa de Mónaco, no veía ninguna razón para representar a su lado el papel poco glorioso de esposa eternamente engañada, a la que únicamente se le piden tres cosas: reflotar unas finanzas depauperadas, hacer hijos, y sobre todo callar. Pero sucedió lo contrario de lo que pretendía, y aquel lenguaje directo le valió un amigo.

— ¡Caramba, mademoiselle, me gustáis aún más de lo que yo creía! Y me dais un gran disgusto: habría sido agradable pasar la vida junto a una esposa tan inteligente como bonita… Entonces ¿de verdad no queréis convertiros en condesa de Lauzun?

— Con sinceridad, no niego que, aunque no sois guapo, tenéis mucho encanto; por desgracia, no soy sensible a él. Pero eso no debería apenaros: ¡tantas damas os encuentran irresistible!

— ¿Tampoco os tienta una asociación franca y leal? Yo respetaré las apariencias, vos me daréis un heredero o dos, y, como soy muy ambicioso, os convertiréis en una gran dama.

— Pero es que espero llegar a serlo sin vuestra ayuda. Habéis de saber que he decidido casarme con un príncipe. ¡Nada menos!

— ¡Muy bien, eso es hablar claro! Entonces, si os parece bien -añadió con su inimitable sonrisa feroz-, olvidemos todo esto y seamos amigos. Pero amigos de verdad, ¡como pueden serlo dos muchachos! Dado el puesto que ocupamos ambos, vos al lado de Madame y yo junto al rey, creo que podemos sernos muy útiles.

— Eso sí me parece bien -dijo Marie con una amplia sonrisa-. Si me sois leal, yo también lo seré con vos. Así se anudó una amistad cuyas futuras consecuencias Marie no podía prever.

En la «librería» de Perceval, y sentada a su lado delante de la chimenea en que ardían algunos leños y estallaban las piñas difundiendo un olor delicioso, Sylvie saboreó largamente, en silencio, uno de esos momentos de relajación y paz que es difícil encontrar en los castillos reales, siempre poblados de miradas indiscretas, de oídos al acecho, de malevolencia y de corrientes de aire.

Con los ojos cerrados y la cabeza reposando en el respaldo alto de cuero claveteado, Sylvie dejaba decantarse la fatiga del viaje, los nervios de los últimos minutos en Fontainebleau en las habitaciones sin muebles, el enojo de los pequeños incidentes del camino cuando todo el mundo quiere pasar delante de todo el mundo para estar más cerca del rey. Las cortes reales siempre han engendrado cortesanos, pero los surgidos del carácter abrupto y el orgullo intratable del joven Luis XIV disgustaban a Madame de Fontsomme más que los de otras épocas, que a su parecer conservaban al menos una apariencia de dignidad. En pocas palabras, el rey estaba domesticando a la nobleza, y eso la contrariaba hasta el punto de preguntarse si soportaría aún mucho tiempo una atmósfera que le resultaba cada vez más irrespirable. Si no fuese por la pobre pequeña reina, abandonada con tanta facilidad, y de la que se sentía cercana porque la compadecía, sin duda habría dejado su cargo.

— Quizá lo haga -dijo de repente en voz alta-, cuando la reina haya dado a luz.

Perceval, inclinado sobre un libro, levantó la cabeza y vio que sus ojos estaban abiertos de par en par.

— Lo que me asombra -dijo con suavidad- es que hayas aguantado tanto tiempo. No estás hecha para la vida de la corte. Demasiadas trampas, intrigas, hipocresías…

— Intrigas las he tenido de sobras, pero confieso que quiero mucho a nuestra pequeña reina. También quería cuidar del futuro de mis hijos (¡en el fondo no soy tan diferente de las demás!), y ya veis en qué situación me encuentro: no veo nunca a mi hija, y desde hace tres años no he visto a mi hijo. Sólo algunas cartas cuando la flota toca en algún puerto, y la mitad me las escribe el abate de Résigny.

— No las desdeñes. Te informan de la vida y los actos de Philippe mucho mejor que las que él mismo redacta. Cuando ha dicho que está bien de salud, que adora a Beaufort y que te echa de menos, considera que ha hecho ya más que de sobra. Nunca será un hombre de pluma. Y además… están las cartas, admito que bastante raras, que te dirige el propio duque.

Sylvie sonrió al recordarlas.

— Tampoco él será nunca un hombre de pluma. Como al escribirme no recurre a su secretario, sigue maltratando la ortografía.

— Como nunca has sido una amanerada, eso no debe importarte. Lo que cuenta son los sentimientos…

Sonrió con ternura al ver enrojecer aquella bonita cara. No cesaba de dar gracias al Cielo por una aproximación que deseaba desde hacía mucho tiempo, e incluso albergaba esperanzas de que unas bodas acabarían por unir a aquellos dos seres hechos el uno para el otro y que tan bien se conocían. Nada podía ser más conveniente, tanto para ellos como para Philippe, que algún día regresaría de sus viajes y al que no estaría de más proteger de una forma oficial. En efecto, aunque hacía ya tres años que Saint-Rémy no daba señales de vida y su cómplice vivía apartada en un castillo de provincias, el caballero de Raguenel no consideraba definitiva la desaparición del aventurero. Debía de estar oculto en alguna parte, para que lo olvidasen y que la pesada mano del rey, que por muy poco no le había alcanzado, tomara una dirección diferente; pero, a menos que se hiciera matar en alguna pelea, volverían a verle un día u otro… Por otra parte, era éste un tema del que no hablaba nunca con Sylvie, porque prefería que ella expulsara de su memoria uno de los períodos más penosos de su vida. Por la misma razón, se guardaba mucho de informar a su ahijada de lo que sabía por otras fuentes: Beaufort y los suyos se habían atrincherado en Djigelli, una plaza fuerte de la costa argelina, por cuya toma se había cantado un Te Deum en Notre-Dame el pasado 15 de agosto, pero de la que no se tenían noticias desde entonces porque los berberiscos mantenían un asedio tan riguroso que ningún correo podía atravesar sus líneas.

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