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Электронная книга - «La Alcoba De La Reina». Краткое содержание книги:

Francia, junio de 1626.
Una niña de cuatro años vaga por el bosque: su nombre es Sylvie de Valaines y su familia ha sido asesinada. Un muchacho de diez años, François de Borbón-Vendôme, la encuentra y la lleva al castillo de Anet. Oculta tras un nuevo nombre y criada entre los Vendômes, Sylvie se convertirá en doncella de honor de la reina Ana de Austria y compartirá, sin quererlo, el mortal secreto del nacimiento del futuro Luis XIV.
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Ella asintió con un vigoroso movimiento de la cabeza, y luego se alzó sobre la punta de los pies para besar a Perceval.

—No sé qué habría hecho sin vos, padrino. ¡Me sentía tan desgraciada! ¡Quizá me habría tirado al río!

Por la firmeza con que la sujetó por los hombros, Sylvie comprendió que él tenía miedo:

—¡Te prohíbo incluso el pensamiento de semejante abominación! Nadie, entiéndelo bien, nadie vale tanto como para morir por él...

Poco después, Sylvie estaba de nuevo en su habitación y se desvestía a toda prisa para acostarse. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su vestido estaba manchado de sangre.

A la mañana siguiente, su cansancio era tal que apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Sin embargo, nadie se dio cuenta, y tampoco de algunos errores que cometió en el servicio. Marie no paraba de hablar en susurros con la reina, y las dos parecían en un estado de excitación permanente. Ana de Austria, que desde hacía mucho tiempo no aparecía de tan buen humor, resplandecía. Sus mejillas estaban arreboladas y sus ojos verdes brillaban. Tenía hasta tal punto el aspecto de una mujer feliz que Sylvie se preguntó sobre los sentimientos que le inspiraba. Hasta la noche anterior la amaba y la compadecía, pero esa mañana quizás empezaba a detestarla por diversas razones: en tanto que reina, traicionaba al país cuyo trono ocupaba, y en tanto que mujer, le arrebataba el ser al que más amaba ella en el mundo...

Sin embargo, el buen humor de Ana de Austria no resistió a su regreso al Louvre. Aquella tarde, el rey entró en sus aposentos con paso de triunfador, mientras agitaba negligentemente un papel entre sus largos dedos.

—¡Grandes nuevas, señora! —exclamó—. ¡Me dan noticia de la victoria de nuestras tropas en el Cateau-Cambrésis! Las de vuestro hermano han sido expulsadas para siempre, así lo espero, y en cuanto a Landrecies, su caída es cuestión de días.

Las damas presentes aplaudieron, pero la reina palideció y no pudo responder nada.

—¿Y bien? —insistió Luis XIII—. ¿Eso es todo lo que tenéis que decir?

—Vos estáis contento, Sire, y eso basta para que yo lo esté también. También vuestra salud va mejor, por lo que veo.

En efecto, después de la marcha de Louise de La Fayette, el rey había permanecido unos días en Versalles, agobiado bajo el peso de un dolor tan cruel que le había provocado un acceso de fiebre. Su rostro mostraba aún las huellas.

—No os preocupéis por mi salud, señora —sonrió, agitando el mensaje en las narices de su esposa—. Esto me ha curado. Ya lo veis, nada como una victoria sobre España para devolverme las fuerzas; y el comprobar que compartís mi alegría me hace aún más feliz. Lo celebraremos los próximos días, en... ¡eso es, en el castillo de Madrid![24] Me parece de lo más apropiado.

Dicho lo cual, se volvió, prendió fuego al papel en un candelabro y lo arrojó a la chimenea. Después, tomó de la mano a Mademoiselle de Hautefort y la condujo hasta el vano de una ventana, como hacía antes con su querida Louise.

Al día siguiente, todo París comentaba la vuelta de la Aurora al favor real, y Sylvie obtenía un permiso de unos días para cuidar de su padrino.

—¿Creéis que es el mejor momento para abandonar vuestro puesto? —la riñó Marie, que, apoyada en una cómoda de la habitación de Sylvie, observaba sus preparativos de marcha.

—No abandono mi puesto, voy a ayudar a una persona a la que quiero mucho.

—¡Vamos! ¡A mí no me engañáis, pequeña! Yo diría más bien que sois vos quien necesita reponerse. Los dolores del padrino han aparecido muy oportunamente después de nuestra estancia en el Val-de-Grâce, de la que imagino que no guardáis el mejor recuerdo. ¿Me equivoco?

Apartándose de la cómoda, Marie asió a su amiga por los hombros y la hizo volver.

—¡Miradme, Sylvie! Cuando intentáis mentir, se lee en vuestro rostro como en un libro. Tengo razón, ¿no es así?

—Sí... ¡Oh, Marie, intentad comprenderme! Viví una noche horrible. Ya sé, vais a repetirme que estaba prevenida y que había arriesgado demasiado al entregar mi corazón...

—No, no es eso lo que iba a deciros. Lo que habéis sufrido vos, yo también lo conozco: sé lo que cuesta abrir a quien se ama una puerta que no es la propia.

Los ojos de Sylvie, repentinamente secos, se abrieron desmesuradamente.

—¿He oído bien? ¿Me estáis diciendo que... que le amáis, también vos?

—¡Claro que sí! Os estoy diciendo exactamente eso, y no soy la única. Quiero añadir que él nunca sabrá nada, y que si llegara a saberlo le dejaría indiferente: no tiene ojos más que para la reina, y nosotras somos para él simplemente unas amigas encantadoras que acuden a favorecer sus amores.

—¡Es insensato! ¿Por qué hacéis eso?

—Sería demasiado largo explicároslo. Solamente puedo deciros esto: al no tener mi amor ningún futuro, lo someto al que profeso a mi soberana. No quiero que una infanta de España y una reina de Francia sea expulsada, repudiada por consejo de Richelieu, que la odia tanto más porque nunca ha conseguido que ella lo amara.

—Más parece que estáis procurando lo contrario. ¿Qué creéis que ocurrirá si llega a saberse a quién recibe la reina en su alcoba, en secreto?

—Pero no se sabrá. Sólo estamos en el secreto tres personas: vos, yo y La Porte. Éste es más fiel que un perro, y en cuanto a nosotras, amamos demasiado al señor de Beaufort para querer otra cosa que su bien. Y su bien forma parte del plan que se me ha ocurrido.

—¿Un plan? ¿Por qué?

—Porque gusta a la reina, y es el único nieto de Enrique IV al que mira con ojos de mujer enamorada. ¿Partís a pesar de todo?

—Sí. ¡Concededme estos días! Soy menos fuerte que vos y necesito reponerme. Por lo demás, me parece que podéis bastaros sola para defender a nuestra ama, ya que habéis recuperado toda vuestra influencia en el ánimo del rey.

Hautefort se encogió de hombros:

—¡Toda mi influencia es mucho decir! Digamos que ha sido una suerte, pero que no conviene hacerse demasiadas ilusiones respecto de lo que pueda durar. El cardenal deseaba que el rey dirigiera sus atenciones a Mademoiselle de Chémerault para reemplazar a La Fayette, pero sucede que ella no le gusta. El rey contestó que su cara no le resulta simpática, y que a fin de cuentas prefería «reconciliarse» conmigo. Pero este retorno podría no ser muy sólido.

—¿No depende sobre todo de vos? Antes os causaba placer, me dijisteis, maltratar a vuestro enamorado, y de ahí que prefiriera a Mademoiselle de La Fayette. ¡Sed. más dulce con él!

Marie se echó a reír.

—¡Vaya con la predicadora! Hay que tomarme como soy, gatita, o bien dejarme. Además, si cambiara, el rey lo encontraría extraño. Está acostumbrado a mis maneras.

Sylvie no insistió, pero al alejarse una hora más tarde, en compañía de una Jeannette encantada, experimentó un sentimiento de alivio y liberación. Le resultaba asfixiante el ambiente del viejo Louvre, atiborrado de intrigas, donde continuamente se entrecruzaban odios, amores e intereses de toda índole. En casa de Perceval esperaba recuperar un poco de la alegre despreocupación de la infancia. Un poco tan sólo, porque había tenido buen cuidado de llevarse consigo él frasco de veneno, cuyo contacto le bastaba para echar a perder su alegría, pero que le era imposible abandonar. Por su parte, Jeannette estaba por lo menos tan contenta como ella, porque el contacto diario con la servidumbre del palacio y sobre todo con las camareras de las doncellas de honor, no era precisamente una fuente de felicidad.

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[24] El castillo de Madrid, en el Bois de Boulogne, fue construido por Francisco I en recuerdo de su cautividad en España.

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