Mi enemiga la reina
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
—¡Secreto! ¿Qué es esto? ¡Vais a tener un hijo! —me miró horrorizado—. He oído mencionar un nombre unido al vuestro y esto me estremece. El conde de Leicester…
—Es mi esposo —dije yo.
—¡Dios del cielo! —gritó mi padre y era como si rezase en voz alta, pues no podían tener otro sentido aquellas palabras en su boca—. No permitáis, Señor, que esto sea cierto.
—Es cierto —dije, pacientemente—. Robert y yo estamos casados. ¿Qué hay de malo en ello? Me alegró mucho casarme con Walter Devereux. Robert Dudley es un hombre muy superior a lo que pudiera ser nunca Walter.
—Es un hombre mucho más ambicioso.
—¿Y qué tiene de malo la ambición?
—Dejemos las discusiones —dijo con firmeza mi padre—% Quiero saber qué es todo esto.
—No soy una niña, padre —le recordé.
—Sois mi hija. Decidme la verdad.
—Ya os la he dicho. No es ninguna tragedia. Es una gran noticia. Robert y yo nos amamos y por eso nos casamos y pronto tendremos un hijo.
—Sin embargo, vos tenéis que ocultaros, ocultar vuestro matrimonio. Lettice, ¿es que no os dais cuenta? ¡Su primera esposa murió misteriosamente! Lleva años esperando casarse con la Reina. He oído cosas inquietantes sobre él y Lady Sheffield.
—Son falsas.
—Según dicen, ella fue su amante y luego su esposa.
—Jamás fue su esposa. Esa historia se propagó porque ella tuvo un hijo con él.
—¿Y os parece aceptable?
—Yo aceptaría muchas cosas de Robert.
—Y ahora os habéis puesto en situación similar a la de Lady Sheffield.
—No es así. Yo estoy casada con Robert.
—Eso creía ella. Mi niña… una niña eres, puesto que pueden engañaros tan fácilmente… Es evidente que él fingió una ceremonia matrimonial con Lady Sheffield. Una ceremonia falsa. Luego, cuando quiso, pudo deshacerse de ella. ¿Es que no os dais cuenta de que os ha puesto en similar situación?
—¡Eso es falso! —grité, pero era difícil impedir que mi voz temblara. Había sido una ceremonia secreta, y Douglass Sheffield había sido sin duda engañada, porque era evidente que era una mujer incapaz de inventar semejante mentira.
—He de ver a Leicester —dijo mi padre con firmeza—. He de descubrir qué es exactamente todo esto y quiero que esa ceremonia se realice ante mis propios ojos y con testigos. Si habéis de ser la esposa de Robert Dudley, debéis de serlo sin dudas, para que no pueda deshacerse de vos cuando desee dedicarse a otra mujer.
Mi padre me dejó luego y quedé preguntándome cuál sería el desenlace.
Pronto lo descubriría.
Mi padre vino a Durham House y con él el hermano de Robert, el conde de Warwick, y un íntimo amigo, el conde de Pembroke.
—Preparaos para viajar de inmediato —dijo mi padre—. Vamos a Wanstead. Allí os casaréis con el conde de Leicester.
—¿Ha aceptado Robert esta segunda ceremonia? —pregunté.
—Está deseoso de celebrarla. Me ha convencido de que os ama y de que su único deseo es que vuestra unión sea legal.
Por entonces, yo estaba en avanzado estado de gestación, pero de todos modos me sentí muy satisfecha de emprender aquel viaje. Cuando llegamos a Wanstead, allí estaba Robert esperando con Lord North, que siempre había sido uno de sus mejores amigos.
Me abrazó y me dijo que mi padre estaba decidido a celebrar aquella ceremonia y que él, por su parte, nada tenía que objetar. No tenía la menor duda de que su máximo deseo era hacerme su esposa y vivir conmigo como mi marido.
A la mañana siguiente, se nos unió mi hermano Richard, y uno de los capellanes de Robert, un tal señor Tindall, que era quien había de celebrar la ceremonia. Y allí, en la galería de Wanstead, mi padre me entregó al conde de Leicester, y se realizó la ceremonia de tal modo y con tales testigos que no pudiera afirmarse de ningún modo que no había tenido lugar.
—Mi hija dará pronto a luz un hijo vuestro —dijo mi padre—, Entonces, será necesario hacer público el matrimonio con el fin de proteger su buen nombre.
—Dejad eso de mi cuenta —le aseguró Robert. Pero no era tan fácil disuadir a mi padre.
—Debe comunicarse públicamente que está legítimamente casada y es la condesa de Leicester.
—Mi querido Sir Francis —Contestó mi esposo—¿os imagináis la cólera de la Reina cuando sepa que me he casado sin su consentimiento?
—¿Entonces por qué no pedisteis su consentimiento?
—Porque nunca me lo habría dado. He de disponer de tiempo para decírselo… he de elegir el momento. Si ella anunciase su compromiso con el príncipe francés, entonces yo podría justificadamente decirle que me he casado.
—Oh, padre —dije, impaciente—. Tenéis que entender todo esto. ¿Pretendéis acaso vernos encerrados en la Torre? En cuanto a vos, ¿cuál sería vuestra postura cuando se supiese que habíais asistido a la ceremonia? Conocéis perfectamente el carácter de Su Majestad la Reina.
Así se acordó y, aquella noche, Robert y yo dormimos en la cámara de la Reina y yo no podía dejar de pensar en Isabel durmiendo allí, creyendo que la cámara sólo se reservaba para sus visitas; y allí estaba yo, en aquel lecho soberbio con mi esposo, del que estaba locamente enamorada, y él de mí, e imaginaba cuán furiosa se habría puesto ella de poder vernos.
Se trataba, sin duda, de la suprema victoria.
Creo que Robert experimentaba también una gran satisfacción con esto, pues, a pesar del placer que yo le proporcionaba, debían haberle irritado las ofensivas palabras de ella. No podía haber tomado mayor venganza.
Qué profundamente unidos estábamos los tres, pues incluso en nuestra noche de bodas ella parecía estar allí con nosotros.
Pero fuese cual fuese el desenlace, era indudable que yo era la esposa de Robert.
Al día siguiente, hubo desconcertantes noticias. Llegó un mensajero de la Reina. Ésta había oído que el conde de Leicester estaba en su finca de Wanstead, y había decidido pasar allí dos noches en la última etapa de su viaje a Greenwich. Como él había estado tan triste, debido a que la última vez que ella había visitado Wanstead él estaba en Buxton tomando las aguas, había decidido acortar su viaje para poder pasar dos días en su compañía.
Daba la sensación de que lo sabía. La idea se nos ocurrió a los dos. Ambos pensamos que lo sabía y que había preparado aquello porque lo sabía. Robert estaba muy alterado cuando me lo explicaba, pues cuando llegase la hora de las explicaciones él había de ser quien las diese y tenía que elegir el momento. No podíamos permitir que lo descubriese por terceras personas. Lo más desconcertante era que esto sucediese al día siguiente de nuestra boda, pero al menos había un aviso. Y tras pensarlo, nos pareció que si ella hubiese sabido realmente lo ocurrido, nunca nos habría enviado el aviso que nos permitía disponer de tiempo.
—Hemos de actuar rápidamente —dijo Robert, y los demás le dieron la razón. Yo debería irme inmediatamente y regresar con mi padre a Durham House. Robert debía quedarse en Wanstead con Warwick y North y disponer lo necesario para recibir a la Reina.
Tuve que aceptar. Mi triunfo en la cama de la Reina había terminado. A regañadientes y un tanto decepcionada, dejé Wanstead y volví a esperar con la máxima paciencia posible que Robert volviese a mí.
Imagino que tantos viajes y tantas emociones resultaron excesivos en mi estado, y quizá por el aborto anterior, me castigase la vida. Lo cierto es que di a luz en el máximo secreto posible un niño prematuro que nació muerto.
Robert tardó algún tiempo en poder venir a verme, pues la Reina estaba tan satisfecha de su compañía en Wanstead que insistió en que volviese a Greenwich con ella. Cuando Robert llegó, yo ya me había recuperado y él me consoló diciendo que tendríamos muy pronto un hijo. La Reina no había demostrado la menor sospecha, así que nuestra alarma era infundada.