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Mi enemiga la reina

Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:

Desde pequeña, Lettice Knollys tuvo que oír historias fabulosas sobre su prima, la futura reina Isabel I. Cuando esta subió al trono, Lettice pudo descubrir de primera mano los encantos, y las intrigas, de la corte inglesa de la segunda mitad del siglo xvI, un lugar en que la batalla por el poder se libraba también en alcobas, gabinetes y mazmorras.
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
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—Alguien en cuyo camino se interpone.

—¿Y quién puede ser?

La mujer apretó los labios y se encogió de hombros.

—Se dice que ha tenido un hijo de un hombre muy importante. Podría ser él quien la considerase un obstáculo.

Esperé noticias de la muerte de Douglass Sheffield, pero no llegaron.

Algún tiempo después, supe que se había ido al campo a reponerse.

Así, pues, Douglass seguía viva.

Y llegó el Año Nuevo, la época en que se hacían regalos a la Reina. Ella había estado quejándose de su pelo, que raras veces quedaba peinado a su satisfacción, y yo le llevé dos pelucas para que las probase: una negra y otra rubia, junto con dos gorgueras tachonadas de pequeñas perlas.

Examinó las pelucas y, sentada ante el espejo, se las probó, preguntando cuál le sentaba mejor. Y como la Reina debía parecer perfecta en toda ocasión, era imposible decir la verdad.

Pensé que la negra le hacía parecer mayor, y como sabía que tarde o temprano le desagradaría, y se acordaría de quién se la había regalado, aventuré:

—Majestad, tenéis la piel tan blanca y delicada, que el contraste del negro resulta demasiado fuerte.

—Pero, ¿no resulta agradable el contraste? —preguntó.

—Sí, Majestad, atrae la atención hacia vuestro cutis inmaculado, pero probemos la rubia, por favor.

Lo hizo y se declaró muy satisfecha con ella.

—Pero también utilizaré la negra —me dijo.

Luego se puso el regalo de Robert. Era un collar de oro tachonado de diamantes, ópalos y rubíes.

—¿No es magnífico? —me preguntó.

Le dije que lo era realmente.

Lo acarició con ternura.

—Qué bien conoce mi gusto en cuanto a joyas —comentó; y pensé lo irónico que resultaba que me llamase para alabar el gusto de mi amante al elegir los costosos regalos que le hacía a otra mujer.

Durante los meses siguientes, se mostró perversa, y de nuevo cruzó mi pensamiento la idea de que sabía algo. Me pregunté si recordaría que Robert la había convencido para que enviase a Walter de nuevo a Irlanda y que éste había muerto poco después. Parecía estar vigilándome y quería tenerme siempre a su lado.

Supuse que Robert se daba cuenta de su actitud. Solía hablarle a ella de sus piernas hinchadas (padecía ya de gota) e insinuaba que su médico le aconsejaba más visitas a Buxton. Supuse que deseaba estar en disposición de escapar si se presentaba la ocasión en que fuese necesario hacerlo.

Ella no le dejaba en paz y estaba pendiente de lo que comía a la mesa y le decía con cierta aspereza que debía comer más y beber menos.

—¡Fijaos en mí! —gritaba—. No estoy ni demasiado flaca ni demasiado gorda. ¿Y por qué? Porque no me atraco como un cerdo, ni bebo hasta que se me va la cabeza.

A veces, le quitaba la comida del plato y afirmaba que si él no se cuidaba más de su salud, lo haría ella.

Robert no sabía si mostrarse complacido o inquieto, pues había un indudable tono de aspereza en la actitud de la Reina hacia él. Sin embargo, cuando iba a Buxton, ella deseaba saber cómo se encontraba allí y se ponía triste e irritable con todos nosotros.

Robert no estaba en Buxton cuando yo acompañé a la Reina en uno de sus viajes de verano por el país y por fin llegamos a Wanstead, donde los sirvientes de Robert nos recibieron con toda la pompa que su amo habría deseado.

—Pero no es lo mismo, Lettice —dijo la Reina—, ¿Qué habría sido Kenilworth sin él?

A veces, pensaba que ella consideraba de nuevo la posibilidad de casarse con él, pese a todo. Pero suponía que, al hacerse mayor, aquellas emociones que podría haber experimentado de joven, eran menos intensas, y cada vez estaba más enamorada de su corona y del poder que le proporcionaba. Sin embargo, siempre que Robert estaba ausente se producía en ella un cambio de actitud. Christopher Hatton, pese a su buena planta y a su destreza como bailarín, no podía ser para ella lo que Robert. Yo estaba segura de que Isabel utilizaba a Hatton para despertar los celos de Robert, pues tenía que saber que había mujeres en la vida de Robert, dado que ella jamás le había dado la satisfacción que un hombre normal necesita y estaba decidida a demostrarle que era sólo su apasionada devoción por el mantenimiento de la virginidad lo que le impedía tener tantos amantes como él.

Al irme dando cuenta de lo mucho que Robert significaba para ella, me fui sintiendo cada vez más inquieta.

Robert había convertido uno de los aposentos de Wanstead en lo que pasó a llamarse la Cámara de la Reina. En toda la casa se hacía manifiesto el amor de Robert por el esplendor, pero el aposento destinado a la soberana debía, naturalmente, superar a todos los demás. La cama estaba pintada de oro y las paredes cubiertas de tela de oropel, de modo que relumbraba con la luz. Y, sabedor de la pasión de Isabel por la limpieza, había hecho instalar una cámara especial para que pudiese bañarse cuando estuviese allí.

—Es un lugar magnífico, Lettice —me dijo—. Pero de todos modos resulta aburrido sin la presencia de su amo.

Le envió recado comunicándole que estaba en Wanstead y la respuesta de él le encantó. Me la leyó.

—Pobre Robin —exclamó—, se siente muy frustrado, le resulta insoportable pensar que yo esté aquí y no estar él para organizar a sus actores y preparar los fuegos de artificio para entretenerme. Te diré algo: su aparición significaría para mí más que todas las comedias y fuegos de artificio de mi reino. Dice que si hubiese sabido que iba a venir aquí, él habría dejado Buxton sin importarle lo que dijesen los médicos.

Dobló la carta y se la guardó en el pecho.

Deseé fervientemente que le tuviese menos devoción. Sabía que cuando (o quizá si) nos casáramos, sería un grave problema; y había algo más que me inquietaba. Creía estar embarazada. No estaba segura de si esto era bueno o no, pero veía en ello una oportunidad de precipitar las cosas.

No volvería a abortar, si podía evitarlo. El último aborto me había deprimido mucho, pues había un aspecto de mi carácter que me sorprendía. Amaba a mis hijos, y significaban para mí más de lo que hubiera creído posible, y cuando pensaba en los que tendría con Robert me sentía muy feliz. Pero si íbamos a tener una familia, era el momento de empezar.

Los ministros de la Reina nunca habían dejado de instarla a casarse, pues el problema de la sucesión era un motivo constante de inquietud. Afirmaban que de casarse de inmediato, aún habría posibilidad de que diese un heredero al país. Tenía cuarenta y cinco años. Sin duda, era un poco tarde para ser madre por primera vez, pero se conservaba muy bien. No se había entregado jamás a excesos en la comida ni en la bebida; había hecho ejercicio de modo regular; agotaba bailando a la mayoría; cabalgaba y caminaba y estaba llena de energía, tanto física como mental. Creían, en consecuencia, que aún había tiempo.

De cualquier modo, resultaba para ellos una cuestión delicada y difícil de analizar con ella, pues se enfurecía si le sugerían que ya no era joven; así, pues, había mucha actividad secreta y las damas que estaban en íntimo contacto con ella eran a veces objeto de interrogatorios exhaustivos.

Empezaron las negociaciones con Francia. El duque de Anjou se había convertido en Enrique III y su hermano menor, que como duque de Alençon había sido en tiempos pretendiente de la Reina, había tomado de su hermano el título de duque de Anjou al tomar éste el de Rey de Francia. El duque aún estaba soltero y su madre, Catalina de Médicis, consideraría sin duda que un enlace con la corona de Inglaterra sería sumamente ventajoso para su hijo y para Francia.

Cuando había hecho su proposición anteriormente, Isabel tenía treinta y nueve años y él diecisiete, y la diferencia de edad no le había incomodado a ella en modo alguno. ¿Por qué habría de incomodarle ahora que el duque era más maduro y, según había oído yo, un auténtico libertino, y ella quizá sentía la necesidad de darse prisa?

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