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Mi enemiga la reina

Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:

Desde pequeña, Lettice Knollys tuvo que oír historias fabulosas sobre su prima, la futura reina Isabel I. Cuando esta subió al trono, Lettice pudo descubrir de primera mano los encantos, y las intrigas, de la corte inglesa de la segunda mitad del siglo xvI, un lugar en que la batalla por el poder se libraba también en alcobas, gabinetes y mazmorras.
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
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—Sólo tiene catorce años Majestad, según tengo entendido.

—Lo sé, pero dentro de uno o dos años podremos casarla.

He pensado en Henry Herbert, ahora conde de Pembroke. He considerado oportuno buscarle esposa. Me atrevería a decir que su candidatura complacería a los Sidney… y al tío de la joven, al conde de Leicester.

—Eso creo yo —dije.

Poco después, María Sidney fue a la Corte Era una bella muchacha de pelo color ámbar y rostro ovalado. Todos comentaban su semejanza con su hermano, Philip, a quien se consideraba uno de los hombres más apuestos de la Corte. Le faltaba, ciertamente, la sensual virilidad de hombres como Robert. Su atractivo era de un tipo distinto, era una belleza casi etérea. También la poseía la joven María Sidney, y no me pareció que fuese difícil buscarle marido.

La Reina la favorecía mucho y yo estaba segura de que esto reportaría cierto consuelo a la familia. En cuanto a mí, Isabel seguía dedicándome aquella atención especial, pero de todos modos yo no estaba segura de lo que había tras ella. Me mencionaba a menudo al conde de Leicester… a veces con burlón afecto, como si se diese cuenta de ciertas fragilidades de su carácter pero no le estimase menos por ello.

Yo estaba muy próxima a ella por esta época, pues era una de sus ayudas de cámara, y me hablaba a menudo de los vestidos que llevaría. Le gustaba que yo los sacase y me los pusiese por encima, para que ella pudiese hacerse su idea.

—Sois una hermosa criatura, Lettice —me decía—. Recordáis a los Bolena.

Y se quedaba pensativa. Supongo que pensaba en mi madre.

—Os casaréis de nuevo sin duda, a su debido tiempo —me dijo una vez—. Pero aún es prematuro. Sin embargo, pronto saldréis del luto.

Como yo no contestaba, continuó.

—Toda la moda es ahora blanco sobre negro… o negro sobre blanco. ¿Creéis que es adecuado, Lettice?

—Para algunas, Majestad. Para otras, no.

—¿Y para mí?

—Vos, señora, tenéis la fortuna de que no tenéis más que poneros una prenda para transformarla.

¿Demasiado? No, sus cortesanos le habían condicionado a aceptar hasta la más grotesca adulación.

—Quiero mostraros los pañuelos que me trajo mi lavandera. Vamos a ver. ¡Mirad! Tejido negro español rematado con encaje de Venecia en oro. ¿Qué os parece? Y tela de Holanda adornada con seda negra y rematada con seda en plata y negro.

—Muy bonito, Majestad —dije, sonriendo y mostrando mis perfectos dientes, de los que estaba muy orgullosa. Ella frunció levemente el ceño. Los suyos mostraban signos de decadencia.

—La señora Twist es un alma de Dios —comentó—. Hay mucho trabajo en estos artículos. Me agrada mucho que mis súbditos trabajen para mí con sus propias manos. Mirad estas mangas que me hizo mi sedera, la señora Montague, que me regaló muy orgullosa. Ved qué trabajo tan exquisito, qué capullos y qué rosas.

—Otra vez blanco sobre negro, Majestad.

—Como decís, esto a algunas nos favorece. ¿Visteis la túnica que me regaló Philip Sidney por Año Nuevo?

Me la mostró y la examiné. Era de batista con seda negra v la completaba un equipo de gorgueras rematadas con hilo de oro y plata.

—Una prenda exquisita —murmuré.

—Me han hecho unos regalos maravillosos de Año Nuevo —dijo—. Y ahora voy a enseñarte el que más me gusta.

Lo llevaba puesto. Era una cruz de oro con cinco esmeraldas perfectas y hermosas perlas.

—Es soberbio, Majestad.

Se lo llevó a los labios.

—Confieso que le tengo un cariño especial. Me lo regaló alguien cuyo afecto valoro más que el de ninguna otra persona de este mundo.

Bajé la cabeza, sabiendo perfectamente a quién se refería.

Ella sonrió, casi pícaramente.

—Me parece, sin embargo, que está muy preocupado últimamente.

—¿A quién os referís, Majestad?

—A Robin… Leicester.

—Oh, ¿de veras?

—Tiene pretensiones. Siempre ha soñado con la corona, ¿sabéis? Heredó las ambiciones de su padre. En fin, de otro modo, no le tendría a mi lado. Me gustaría que un hombre tenga buen concepto de sí mismo. Sabéis perfectamente, Lettice, el afecto que le tengo.

—Es evidente, Majestad.

—En fin, ¿lo entendéis?

Los ojos oscuros estaban alerta. ¿A qué conducía aquello? Parpadearon advertencias y avisos en mi mente. Ten cuidado. Estás en terreno muy peligroso.

—El conde de Leicester es un hombre apuesto —dije— y sé, como lo saben todos, que él y vos, Majestad, sois amigos desde la niñez.

—Sí, a veces tengo la impresión de que siempre ha formado parte de mi vida. Si me hubiese casado, le habría elegido a él. En una ocasión se lo ofrecí a la Reina de Escocia, y ella, pobre necia, le rechazó. Pero, ¿no muestra esto los buenos deseos de mi corazón? Si se hubiese ido con ella, se habría apagado una luz en mi Corte.

—Vos, Majestad, disponéis de muchos brillantes fanales para compensar esa pérdida.

Me dio de pronto un pellizco.

—Nada podría compensarme la pérdida de Robert Dudley, y vos lo sabéis.

Bajé la cabeza en silencio.

—Así, pues, pienso en su bien —continuó— y me propongo ayudarle a que haga un buen matrimonio.

Estaba segura de que ella tenía que darse cuenta de los ruidosos latidos de mi corazón. ¿Adonde quería ir a parar? Conocía su carácter tortuoso, cómo acostumbraba a decir exactamente lo contrario de lo que en el fondo quería decir. Esto formaba parte de su grandeza, le había permitido ser la astuta diplomática que era; había mantenido a raya a sus pretendientes durante años, había mantenido a Inglaterra en paz. Pero, ¿qué se proponía ahora?

—¿Bien? —dijo, ásperamente—. ¿Bien?

—Vos, Majestad, sois muy buena con todos vuestros súbditos y os preocupáis de su bienestar —dije, protocolariamente.

—Así es, y Robert siempre soñó con una esposa de estirpe real. La princesa Cecilia perdió a su marido, Margrave de Badén, y Robert no ve ninguna razón, siempre que yo lo apruebe, para no pedir su mano.

—¿Y qué decís vos, Majestad, de esta sugerencia? —me oí decir a mí misma.

—Ya os he dicho que deseo lo mejor para él. Le he dicho que tiene mi aprobación para hacer esa propuesta. Debemos desearle felicidad, supongo.

—Sí, Majestad —dije quedamente.

Estaba deseando salir de allí. Tenía que ser cierto. Si no, no me lo habría dicho. Pero ¿por qué me lo contaba a mí? Además, ¿había un malicioso tono triunfal en su voz o me lo había imaginado yo?

¿Qué habría oído ella? ¿Qué sabría? ¿Era aquello pura murmuración o era su modo de decirme que Robert no era para mí?

Me sentía furiosa y asustada. Tenía que ver a Robert sin tardanza y exigirle una explicación. Para mi profunda decepción, me enteré de que había dejado la Corte. Había ido a Buxton, por consejo de sus médicos, a tomar las aguas. Sabía que cuando se encontraba en una situación difícil se fingía enfermo. Lo había hecho varias veces al sentirse en peligro con la Reina. Siempre producía el efecto de aplacarla, pues ella no podía soportar la idea de que estuviese gravemente enfermo. Me puse furiosa. Estaba casi segura de que su partida se debía al hecho de que no se sentía capaz de enfrentarse a mí.

¡Así pues era cierto, estaba esperando casarse con la princesa Cecilia!

Sabía que ella había visitado Inglaterra en una ocasión. Era hermana del Rey Erich de Suecia, que había sido uno de los pretendientes de Isabel; y había corrido por entonces el rumor de que si Robert Dudley lograba convencer a la Reina de que aceptase a Erich, su recompensa sería la mano de su hermana, Cecilia. No debió ser este dilema nada importante para Robert que, por entonces, tenía la certeza de que el esposo de la Reina sería él mismo y era muy poco probable que considerase a Cecilia adecuada sustituta de su amada soberana. Isabel rechazó a Erich igual que a todos sus pretendientes y luego Cecilia se había casado con el Margrave de Badén. Habían visitado juntos Inglaterra, país que Cecilia declaró que ansiaba ver, pero se sospechó por entonces que el motivo de que llevase a su esposo a presentar sus respetos a la Reina era, en realidad, el propósito de instarla a que aceptase a Erich por marido.

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