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Mi enemiga la reina

Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:

Desde pequeña, Lettice Knollys tuvo que oír historias fabulosas sobre su prima, la futura reina Isabel I. Cuando esta subió al trono, Lettice pudo descubrir de primera mano los encantos, y las intrigas, de la corte inglesa de la segunda mitad del siglo xvI, un lugar en que la batalla por el poder se libraba también en alcobas, gabinetes y mazmorras.
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
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»Perdí el control y le contesté que nadie podía ser tan necio como para esperar compartir su corona. Que a lo único que yo aspiraba era a servirla y si había una posibilidad de hacerlo, con carácter confidencial, sería sin duda afortunado.

»Entonces ella me acusó de hacer todo lo posible por impedir que Simier cumpliera su misión, ya que éste se había quejado a ella de la poca afectuosidad con que yo le trataba. Yo me daba excesiva importancia, parecía creerme especialmente importante para ella. Tenía que controlar mis fantasías, pues cuando ella se casase dudaba mucho de que su marido tolerase aquello. Ante lo cual le pedí licencia para abandonar la Corte.

»Entonces, me gritó: "Concedida. Idos, alejaos de aquí. Ya ha habido últimamente en nuestra Corte despliegue excesivo del orgullo y la soberbia del conde de Leicester".

»Así que vine a Wanstead y aquí estoy.

—¿Creéis de veras que se producirá ese matrimonio con el francés?

—No puedo creerlo. Es monstruoso. Ella jamás tendrá un heredero, y, ¿qué otra razón podría haber? Él tiene veintitrés años y ella cuarenta y seis. No lo piensa en serio. No puede pensarlo.

—Yo juraría que considera que se trata de la última oportunidad de interpretar su papel de novia cortejada. Creo que ése es el motivo.

Él movió la cabeza y yo seguí:

—Quizás ahora que habéis perdido su favor, sería un buen momento para hacer público nuestro matrimonio. Después de todo, os ha rechazado. ¿Por qué no habríais de buscar vos consuelo en otra parte?

—En su estado de ánimo, podría ser desastroso. No, Lettice. Dios nos ayude, hemos de esperar un poco más.

Estaba tan furioso con la Reina, que decidí no insistir en el asunto. Hablaba mucho de lo que podría significar para nosotros la pérdida del favor de la Reina, como si tuviese que explicarme a mí lo desastroso que eso podría ser. Un hombre que había gozado de tanto favor tenía inevitablemente que haber provocado muchos rencores. La envidia era la pasión que prevalecía en el mundo y la Corte de Isabel no era ninguna excepción. Robert era uno de los hombres más ricos y poderosos del país… gracias al favor de la Reina Tenía la majestuosa Leicester House del Strand, el incomparable Kenilworth, Wanstead, tierras en el norte, en el sur y en el centro del país, todo lo cual le producía considerables ingresos. Los hombres acudían a él cuando buscaban el favor de la Reina, pues era bien sabido que había habido tiempos en que ella no le negaba nada que le pidiese. Además, encendida por su propia pasión, ella deseaba que todos supiesen la consideración en que le tenía.

Pero ella era una déspota; el parecido con su padre se hacía patente en muchos de sus actos. Cuántas veces había advertido él a un súbdito «yo os encumbré, lo mismo puedo hundiros». Su vanidad era inmensa y jamás perdonaba un ataque contra ella.

Sí, Robert tenía razón al decir que debíamos tener cuidado.

Durante todo aquel día y buena parte de la noche, hablamos de nuestro futuro, y pese a que Robert no podía creer que ella fuese a casarse con el duque de Anjou, aunque lo trajese a Inglaterra, estaba muy inquieto.

Al día siguiente, llegó recado de la Reina. Robert debía volver a la Corte sin dilación.

Lo discutimos.

—No me gusta —dijo Robert—. Temo que cuando vuelva humildemente ella quiera mostrarme lo mucho que dependo de ella. No iré.

—¿Vais a desobedecer a la Reina?

—Utilizaré las tácticas que ella con tanto éxito utilizó en su juventud. Alegaré que estoy enfermo.

—Así, pues, Robert fingió prepararse para la vuelta, pero antes de que llegase el momento, se quejó de grandes dolores en las piernas diciendo que las tenía muy hinchadas. El remedio que proponían sus médicos cuando sucedía esto era guardar cama, y eso hizo, enviando a la Reina un mensaje en el que acusaba recibo de su recado, pero solicitaba que le disculpase una semana pues estaba demasiado enfermo para viajar y debía guardar cama en Wanstead.

Lo más aconsejable era que permaneciese en sus aposentos, porque teníamos que tener cuidado con quienes nos deseaban mal, no fuesen a ir a la Corte con murmuraciones.

Y, ¿cómo podíamos estar seguros de quiénes eran nuestros amigos?

Yo estaba, venturosamente, en la casa cuando se divisó un grupo de visitantes que se aproximaban. El estandarte real ondeaba al viento, proclamando que se trataba de uno de los viajes de la Reina. Horrorizada, comprendí que venía a visitar al enfermo de Wanstead. Hubo el tiempo justo para procurar que Robert pareciese enfermo y de retirar del aposento todos los indicios que pudiesen indicar que una mujer lo compartía con él.

Luego, sonaron las trompetas. La Reina había llegado a Wanstead.

Oí su voz; estaba exigiendo que la condujesen sin dilación adonde estaba el Conde. Quería asegurarse de su estado, pues se sentía inquieta por su causa.

Yo me había encerrado en uno de los aposentos más pequeños y escuchaba atentamente cuanto sucedía, alarmada ante lo que pudiese significar aquella visita y furiosa porque yo, el ama de la casa, no podía osar salir a la vista de todos.

Tenía algunos criados en los que creía que podía confiar, y uno de ellos me trajo noticias de lo que ocurría.

La Reina estaba con el conde de Leicester, y manifestaba gran preocupación por su enfermedad. No estaba dispuesta a confiar a nadie el cuidado de su querido amigo. Ella se quedaría en la habitación del enfermo, y también debía disponerse el aposento que había reservado para ella en Wanstead.

Me sentí desfallecer. ¡Así que no iba a ser una visita breve!

¡Qué situación! Allí estaba yo, en mi propio hogar, sin derecho a estar en él, por lo que parecía.

Los criados entraban y salían furtivamente de la habitación del enfermo. Oí a la Reina dar órdenes a gritos. Robert no tendría que fingirse enfermo. Debía estar enfermo de angustia preguntándose qué sería de mí y si acabaría descubriéndose mi presencia.

Daba gracias a Dios por el poder de Robert y el miedo que en muchos provocaba, pues lo mismo que la Reina podía humillarle, podía él vengarse de cualquiera que no le complaciese. Además, tenía una sombría reputación. La gente aún recordaba a Amy Robsart y a los condes de Sheffield y Essex. Se decía que los enemigos del conde de Leicester debían procurar no comer a su mesa.

En consecuencia, no tenía por qué temer una traición.

Tenía, sin embargo, un problema. Si me iba y me veían salir, estallaría una auténtica tormenta. Pero, ¿era seguro para mí seguir oculta en la casa?

Decidí esto último y recé para que la estancia de Isabel fuese breve. Ahora, suelo reírme pensando en aquel período, aunque entonces no era, ni mucho menos, divertido. Tenían que subirme la comida furtivamente. Yo no podía salir. Tenía que tener a mi fiel doncella vigilando continuamente.

Isabel estuvo en Wanstead dos días con sus noches, y hasta que no vi desaparecer el cortejo (desde la ventana de un pequeño aposento) no me atreví a salir.

Robert aún seguía en la cama, y con excelente ánimo. La Reina había sido muy atenta. Había insistido en cuidarle ella misma. Le riñó por no cuidarse más de su salud, y dejó en claro que le quería como siempre.

Él estaba seguro de que no habría matrimonio con el francés y de que su propia posición en la Corte seguiría siendo igual de firme que siempre.

Le indiqué que ella se enfurecería cuando se enterase de que él se había casado, dado que no había disminuido en absoluto el amor que por él sentía. Pero Robert estaba tan satisfecho por haber recuperado su favor, que se negaba a aceptar esta desagradable posibilidad.

¡Cómo nos reímos de la aventura una vez pasado el peligro!

Pero seguía alzándose ante nosotros el problema de hacer público nuestro matrimonio. Y un día u otro, ella tendría que saberlo.

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