Mi enemiga la reina
- Автор: Холт Виктория
- Год: 2008
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Mi enemiga la reina». Краткое содержание книги:
Pese a haber conseguido unas buenas nupcias con el conde de Essex, a Lettice la entristece que el impecable Robert Dudley, el conde de Leicester, solo tenga ojos para la reina. Tras la misteriosa muerte de la primera esposa de Robert, sin embargo, el favor del conde se desplazará de Isabel a la señora de Essex... y de este modo Lettice se verá convertida, a ojos de la reina, en la Loba.
Un romance apasionado y secreto, los celos y la sed de venganza, las ansias de poder y la perpetuación de viejos rencores tienen cabida en esta espléndida novela de Victoria Holt, con la que retrató uno de los períodos más gloriosos de Inglaterra y un triángulo amoroso de calado histórico.
—¿Qué le decís cuando estáis solo con ella? —pregunté—. ¿Cómo explica esta actitud tan coqueta con el príncipe francés?
—Oh, ella siempre ha hecho igual. Cuando la critico, me dice que estoy celoso, y eso le agrada, claro.
—Siempre me he preguntado cómo ella, que es tan lista, puede hacerse tan bien la tonta.
—Nunca os dejéis engañar por ella, Lettice. A veces creo que todo lo que hace tiene una segunda intención. Mantiene la paz entre Inglaterra y Francia fingiendo que va a establecer una alianza. Le he visto hacerlo una y otra vez. Ella cree firmemente en la paz, y ¿quién puede decir que no tiene razón? Desde que ella subió al trono, Inglaterra ha prosperado.
—Pero si se lo confesaseis ahora no podría, en realidad, enfadarse.
—¡Cómo que no! ¡Su cólera sería terrible!
—Pero, ¿por qué? ¿No está ella pensando en casarse con ese príncipe francés?
—A ella no se le puede preguntar por qué. Se pondría furiosa. Ella puede casarse, pero yo no. Yo he de ser su esclavo fiel todos y cada uno de los días que me queden de vida.
—Tarde o temprano descubrirá su error.
—Tiemblo de pensarlo.
—¡Tembláis! Siempre habéis sabido manejarla.
—Nunca he tenido que enfrentarme con ella por algo así.
Deslicé mi brazo en el suyo.
—Lo haréis, Robert —dije—. No tenéis más que recurrir a ese encanto al que ninguna de nosotras puede resistirse.
Pero quizás él no entendiese a la Reina tan bien como creía entenderla.
Era imposible mantener mi matrimonio en secreto con mis hijas.
Penélope tenía una gran vivacidad y se parecía tanto a mí que ella resultaba perceptible de inmediato para los observadores, salvo que muchos de ellos decían (y como no creo en la falsa modestia, diré que tenían razón) que parecíamos hermanas. Dorothy era más tranquila, pero atractiva a su modo; y ambas ya tenían edad para interesarse en lo que ocurría a su alrededor, especialmente si se relacionaba con un hombre.
El conde de Leicester era visitante asiduo de la casa, y como ellas se daban cuenta de sus secretas idas y venidas, les resultaba intrigante.
Cuando Penélope me preguntó si tenía una relación amorosa con el conde de Leicester, le dije la verdad, que me parecía la mejor respuesta.
Las chicas se pusieron muy contentas y se emocionaron mucho.
—¡Es el hombre más fascinante de la Corte! >—gritó Penélope.
—Bueno, ¿y por qué habría eso de impedirle casarse conmigo?
—He oído decir que no hay una sola dama en la Corte que os iguale en belleza —dijo Dorothy.
—Quizá lo dijesen sabiendo que erais mi hija.
—Oh, no. En serio. Parecéis tan joven pese a ser nuestra madre… Y en realidad, aunque sois mayor, también el conde de Leicester lo es.
Me eché a reír y protesté:
—No soy vieja, Dorothy La edad está determinada por el ánimo que se tenga y yo lo tengo tan joven como el vuestro. He decidido no envejecer nunca.
—Yo haré lo mismo —me aseguró Penélope—. Pero habladnos de nuestro padrastro, madre.
—¿Y qué puedo deciros? Que es el hombre más fascinante del mundo, como ya sabéis. Yo llevaba tiempo decidida a casarme con él. Y lo hice.
Dorothy parecía algo inquieta. Es evidente que llegan rumores a las aulas, pensé, y me pregunté inquieta si habrían oído algo del escándalo de Douglass Sheffield.
—Es un matrimonio perfectamente legal —dije—. Vuestro abuelo estuvo presente en la ceremonia. Creo que baste que os diga eso.
Dorothy pareció aliviada. La acerqué a mí. La besé en la mejilla.
—No temáis, hijas queridas. Todo irá bien. Robert me ha hablado muchísimo de vosotras. Va a prepararos magníficos matrimonios a ambas.
Ellas escucharon con ojos resplandecientes mis explicaciones de que la posición de su padrastro era tal que las familias más encumbradas del reino se sentirían orgullosas de establecer una alianza con la suya.
—Y vosotras, hijas mías, estáis unidas a él por una relación de parentesco, porque se ha convertido en vuestro padrastro. Ahora vais a empezar a vivir. Pero debéis recordar que de momento, nuestro matrimonio es un secreto.
—Oh, sí —gritó Penélope—. La Reina está enamorada de él y no podría soportar que se casase con otra.
—Así es —confirmé—. Por tanto, recordadlo y chitón.
Las chicas asintieron vigorosamente, encantadas de la situación.
Yo me preguntaba si debíamos seguir adelante con el propuesto enlace entre el sobrino de Robert, Philip Sidney y Penélope, que Walter y yo habíamos pensado que podría ser ventajoso, pero antes de que tuviese tiempo de tratar el asunto con Robert, recibí un mensaje suyo en el que me decía que tenía que dejar la Corte e irse a Wanstead y que quería que yo también fuera allí sin dilación.
Era un viaje de menos de diez kilómetros, así que salí de inmediato preguntándome qué le habría forzado a dejar la Corte tan de improviso.
Cuando llegué a Wanstaead, estaba esperándome muy furioso. Me dijo que, pese a su consejo, la Reina había concedido a Simier el pasaporte que éste había estado solicitando.
—Eso significa que ahora vendrá el duque de Anjou —dijo.
—Pero ella hasta ahora nunca había visto a ninguno de sus pretendientes… Salvo a Felipe de España, si es que puede considerársele pretendiente. Y él nunca vino a cortejarla.
—No puedo entenderlo. Lo único que sé es que está mofándose de mí deliberadamente. Le he dicho una y mil veces que es una necedad traerle aquí. Cuando le mande luego marchar y le rechace, se creará en Francia un gran resentimiento contra Inglaterra. Mientras finja considerar la proposición y coquetee por carta, el asunto es distinto… aunque sea peligroso, como le he dicho repetidas veces. Pero traerle aquí… es una locura.
—¿Y qué le ha impulsado a hacerlo?
—Parece como si hubiese perdido el control. La idea del matrimonio ya ha ejercido antes el mismo efecto en ella, pero nunca con tanta intensidad.
Yo sabía lo que Robert estaba pensando, y quizá tuviese razón. Él era el hombre al que ella amaba, y si sospechaba que se había casado con otra, tenía que estar realmente furiosa. Aquel exabrupto de que no podía rebajarse casándose con un súbdito al que ella había encumbrado, muy bien podía ser el signo externo de una ira interna. Ella quería a Robert exclusivamente para sí. Ella, por su parte, podía coquetear, pero él debía entender que nunca era nada serio. Él era el único. Ahora Robert se preguntaba si ella habría oído rumores de lo nuestro, porque resultaba cada vez más difícil guardar el secreto.
—Cuando me enteré de lo que había hecho —me dijo. Fui a verla y delante de algunos de sus ayudantes me exigió que explicara cómo me atrevía a ir allí sin solicitar primero licencia para hacerlo. Le recordé que lo había hecho muchas veces sin que me lo reprochase, y me dijo que fuese más prudente. Estaba muy extraña. Le dije que dejaría la Corte, pues ése parecía ser su deseo, a lo que ella repuso que si lo hubiera deseado no habría vacilado en decírmelo pero que, ya que yo lo sugería, le parecía buena idea. Así pues, me incliné y estaba a punto de irme cuando me preguntó por qué había irrumpido allí sin respetar el protocolo. Indiqué que no quería hablar ante sus consejeros y ella les despidió.
—Entonces le dije: «Majestad, creo que es un error traer aquí al francés». «Por qué», dijo ella. «¿Creéis que voy a casarme con un hombre sin verle?» Y yo contesté: «No, Majestad, pero deseo fervientemente que no os caséis fuera del país, y rezo por ello».
»Entonces ella se echó a reír y soltó varios juramentos. Dijo que entendía muy bien aquello, pues yo siempre había tenido grandes pretensiones. Me había permitido incluso que debido a que ella me había mostrado cierto favor, podría llegar a compartir conmigo la corona.