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La tercera virgen

Электронная книга - «La tercera virgen». Краткое содержание книги:

La tercera virgen es sin duda alguna una de las mejores novelas de Fred Vargas, no tanto por la trama, que como en todas las novelas de esta autora de género negro resulta envolvente y convincente en su desarrollo, sino por los personajes, trazados de una manera tal que, aunque extravagantes, incomprensibles a veces y llenos de secretos, resultan más cercanos que el vecino de la puerta de al lado con el que nos cruzamos todas las mañana a la misma hora. El comisario Adamsberg sigue siendo un hombre extraño, no sólo para nosotros los lectores, sino también para su propio equipo, con el que mantiene una relación de amor-odio, reflejo muy conseguido de micro-sociedad fruto del ambiente opresor del lugar de trabajo. La extravagancia no es propiedad exclusiva del comisario, casi todos sus subordinados tienen una característica especial, un defecto, una marca que les hace especiales y diferentes al resto de los humanos, un deje que les infiere una particularidad propia, tan bien creada, que les hace ser universales. En esta novela Adamsberg se enfrenta, al mismo tiempo que con la resolución de los asesinatos de las jóvenes vírgenes, con su pasado. Un pasado que se presenta en forma de subordinado, el teniente Veyrenc, que con su presencia en el equipo pretende saldar una cuenta pendiente de su infancia. Así Fred Vargas nos hace dudar de la bondad del comisario, creando una incertidumbre que lastra la confianza ciega que el lector siempre otorga al bueno, al policía, al salvador, y creando un juego fascinante del que queremos saber la resolución lo antes posible, para poder restablecer nuestra confianza ciega en la justicia y la bondad de quienes la manejan. La trama y los personajes implicados nos atrapan sin remedio, llegando tal vez a una resolución final un poco decepcionante, tal vez demasiado increíble, que no consigue aun así, desmerecer en nada el resto de esta magnífica novela.
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No, contaría a Tom la continuación de la historia del bucardo.

Adamsberg subió los siete pisos y llamó con diez minutos de retraso.

– Si te acuerdas, ponle gotas en la nariz -dijo Camille pasándole un frasco.

– Claro que me acordaré -dijo Adamsberg metiéndose el frasco en el bolsillo-. Vamos, corre. Que toques bien.

– Sí.

Elemental conversación de colegas. Adamsberg se puso a Tom en el vientre y se tumbó en la cama.

– ¿Recuerdas por dónde íbamos? ¿Te acuerdas de ese bucardo bueno, a quien le gustaban mucho los pájaros, pero que no quería que el otro bucardo colorado viniera a provocarlo en su trozo de montaña? Pues vino igualmente. Se acercó, y sus grandes cuernos barrían el espacio. Y le dijo: «Tú me jodiste a base de bien cuando era crío, y lo vas a lamentar, chaval». «Son bromas», respondió el bucardo pardo, «son historias de niños. Vuelve a tu casa y déjame en paz». Pero el bucardo colorado no quiso saber nada. Porque había venido de muy lejos para vengarse del bucardo pardo.

Adamsberg hizo una pausa, y el niño señaló, con un movimiento del pie, que no dormía.

– Entonces, el bucardo que había viajado mucho le dijo: «Pobre idiota, te arrebataré la tierra, te arrebataré el trabajo». Entonces, un rebeco muy sabio que pasaba por allí y que había leído todos los libros dijo al bucardo pardo: «Ten cuidado con ése, que ya ha matado dos bucardos y va por ti». «No quiero escucharte», dijo el bucardo pardo al rebeco sabio, «estás perdiendo la cabeza, estás celoso». Pero nuestro bucardo pardo no las tenía todas consigo. Porque el colorado era muy listo, y bastante apuesto. El pardo decidió encerrar al colorado en un parafuegos y ponerse a reflexionar en serio. Dicho y hecho. Para lo del parafuegos, todo fue bien. Pero el bucardo pardo tenía un defecto, no sabía reflexionar en serio.

Por el peso del niño, Adamsberg supo que Tom se había quedado dormido. Le puso una mano en la cabeza, cerró los ojos, aspiró su olor a jabón, a leche, a sudor.

– ¿Tu madre te perfuma? -susurró Adamsberg-. Es una tontería, no hay que perfumar a los bebés.

No, el olor delicado no venía de Tom. Venía de la cama. Adamsberg dilató las fosas nasales en la oscuridad, como el bucardo pardo en estado de alerta. Conocía ese perfume. No era el de Camille.

Se levantó con mucha suavidad y dejó a Tom en su cama. Caminó por la habitación, nariz avizor. El perfume era localizado, habitaba las sábanas. Un hombre, maldita sea, un hombre se había acostado allí, dejando su olor.

¿Y qué?, pensó encendiendo la luz. ¿En cuántas camas de cuántas mujeres te has metido antes de que Camille se volviera colega? Levantó las sábanas de golpe, como si conocer mejor al intruso pudiera sofocar su descontento. Luego se sentó en la cama deshecha e inspiró a fondo. Todo eso no tenía importancia. Un hombre más o menos, ¿qué más daba? Nada grave. No había motivo para enfadarse. Las torsiones del alma a la Veyrenc no eran para él. Adamsberg las sabía efímeras, esperaba a que pasaran, mientras él se retiraba a sus refugios privados, allí donde nada ni nadie podía alcanzarlo.

Con gesto pausado, volvió a colocar las sábanas, las estiró pulcramente por ambos lados, alisó las almohadas con la palma de la mano, sin saber muy bien si con ello borraba al hombre o su cólera ya pasada. Encontró unos pelos que examinó bajo la lámpara. Pelos cortos, pelos de hombre. Dos negros y uno rojo. Cerró los dedos brutalmente.

Con la respiración agitada, fue de una pared a otra, mientras las imágenes de Veyrenc se precipitaban a raudales en su cabeza. Un torrente de barro en que veía desfilar sin orden el careto del teniente visto desde todos los ángulos, sentado en ese puto cuchitril, careto silencioso, careto provocador, careto versificante, careto obstinado como un bearnés. Puto cabrón de bearnés. Danglard tenía razón, el montañés era peligroso, había atraído a Camille a su onda. Había venido para vengarse y había empezado allí, en la cama.

Thomas lanzó un grito en sueños, y Adamsberg le puso una mano en la cabeza.

– Es el bucardo colorado, hijo -susurró-. Ha atacado y se ha llevado la mujer del otro. Y es la guerra, Tom.

Adamsberg permaneció inmóvil durante dos horas, sentado junto a la cama de su hijo, hasta el regreso de Camille. Se despidió rápidamente, apenas colega, rayando la descortesía, y se fue bajo la lluvia.

Una vez al volante, repasó su plan. Nada que reprochar, todo silencio y todo eficacia. A cabrón, cabrón y medio. Miró sus relojes a la luz cenital del coche y asintió. Mañana, a las cinco de la tarde, su dispositivo estaría preparado.

XXXV

La teniente Froissy, discreta, silenciosa y dulce hasta el anonimato, rostro bastante banal para un cuerpo tan llamativo, tenía tres particularidades visibles. Por una parte, devoraba desde la mañana hasta la noche sin engordar, por otra parte, practicaba la acuarela, única fantasía que se le conocí.

Adamsberg, que llenaba libretas enteras de dibujos durante los coloquios, tardó más de un año en interesarse por las obritas de Froissy. Una noche de la primavera anterior, había hurgado en el armario de la teniente en busca de comida. El despacho de Froissy estaba considerado por todos como una reserva alimentaria de seguridad, donde podía encontrarse gran variedad de productos -fruta fresca, frutos secos, galletas, lácteos, cereales, paté de campaña, lukums- siempre disponible en caso de hambre imprevista. Froissy no ignoraba esas incursiones y proveía en consecuencia. En su búsqueda, Adamsberg se había interrumpido para hojear un paquete de acuarelas, descubriendo la negrura de los temas y de los colores, siluetas desoladas y paisajes descorazonadores bajo cielos sin salida. Desde entonces, a veces intercambiaban sin decirse nada unos dibujos de un despacho a otro, metidos en algún informe. Como tercera característica, Froissy, diplomada en electrónica, había trabajado ocho años en los servicios de emisión-recepción, o sea en las escuchas, llevando a cabo auténticas hazañas de velocidad y eficacia.

Se reunió con Adamsberg a las siete de la mañana, a la hora de la apertura del pequeño bar un poco cutre que había en frente de la Brasserie des Philosophes. Opulenta y burguesa, la Brasserie no abría el ojo hasta las nueve de la mañana; en cambio, el café proletario levantaba la persiana al alba. Los cruasanes acababan de llegar en una caja, sobre la barra, y Froissy aprovechó para un segundo desayuno.

– La operación es ilegal, evidentemente -dijo Froissy.

– Está claro.

Froissy torcía el gesto, dejando que su cruasán se ablandara en la taza de té.

– Tengo que saber más -dijo.

– Froissy, no puedo arriesgarme a que se introduzca una oveja negra en la Brigada.

– ¿Para hacer qué?

– Eso es lo que no puedo decirle. Si me equivoco, lo olvidamos y usted no sabrá nada.

– Sólo que habré puesto micros sin saber por qué. Veyrenc vive solo. ¿Qué espera captar escuchándolo?

– Sus conversaciones telefónicas.

– ¿Y qué? Si planea algo, no lo contará por teléfono.

– Si planea algo, se trata de algo extremadamente grave.

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